Madrid vuelve a ser ese asfalto que arde, ese sol del que huyes buscando una sombra, el griterío de las terrazas cuando cae la tarde.
Madrid se tiñe de verano, con su cielo azul, y sus 40 grados al sol, una ciudad que se esconde, para revivir al amanecer y vivir de noche.
Recorro el Retiro, una vez más, a primera hora de la mañana, y ya hay gente, las casetas de la feria de libro están cerradas, hay reuniones de dueños de perros mientras estos corretean felices, corredores, y turistas... y él.
Él está, como siempre, como antes y como lo hará cada vez que lo busque.
No saludamos, esta vez caminamos entre los árboles camino del Ángel Caído.
Me mira.
- Hay algo en tu mirada que no quieres enseñar - me dice.
- No puedo ocultarte nada... aunque lo intente.
- Es lo que tiene llegar a viejo, "sabe más el diablo por viejo que por diablo"
- ¿Sabes...?
Me siento como esos edificios que ahora renuevan, dejan la fachada exterior intacta, como si detrás nada sucediera, pero si te asomas, no queda nada, la fachada mantiene esa imagen, sin enseñar que detrás hay un vacío...
Cumples con el mundo. Das la apariencia correcta. La de alguien entero. La de alguien que sigue. La de alguien que no se ha quedado detenido en un instante que los demás ya olvidaron.
Pero por dentro no hay ruido. Hay derrumbe. Por dentro eres un edificio después del impacto.
Sigues de pie, sí, pero solo porque nadie se ha acercado lo suficiente para ver las grietas.
Algunas personas llegan a tu vida como una bola de demolición: no llaman, no avisan, no piden permiso. Entran, arrasan, rompen muros que tardaste años en levantar y, cuando se marchan, dejan polvo donde antes había hogar.
Y tú te quedas ahí. Vacío. Invisible.
Con la sensación amarga de haber dado ya el último abrazo sin saber que era el último.
El último beso.
La última vez que tu mano buscó la suya.
La última mirada antes del silencio.
Y duele más lo que no se dijo.
Ese te quiero que se quedó atrapado en la garganta.
Esa frase que parecía poder esperar a mañana, hasta que mañana ya no llegó.
Porque a veces uno cree que el amor tiene tiempo, que las personas permanecen, que los caminos no se rompen tan deprisa. Y luego descubres que hay despedidas que no hacen ruido, pero te parten igual. Hay personas que se pierden en mundos que solo existen dentro de su cabeza. Mundos llenos de miedos, dudas, fantasmas, heridas antiguas.
Y mientras miran hacia dentro, no ven lo que tienen delante.
No ven ese gesto pequeño que vale más que mil palabras. No ven al que está siempre. Al de los buenos días y los felices sueños. Al que escucha aunque esté cansado. Al que apoya aunque también esté roto. Al que busca, insiste y elige una y otra vez, incluso cuando no recibe lo mismo.
Y aun así, un día, esa persona se va.
Se va como las aves cuando llega el invierno.
Sin odio.
Sin estruendo.
Sin mirar demasiado atrás.
Solo se va.
Y tú te quedas con el frío.
Te quedas con un dolor que no se apaga del todo, con una cicatriz que parece cerrada hasta que cualquier canción la abre de nuevo.
Te quedas con ese nudo feroz de lo que pudo ser. Con la costumbre absurda de buscar su sombra en cada calle, en cada baldosa de aquellos paseos, en cada esquina donde alguna vez fuiste feliz sin saber que estabas guardando recuerdos para sobrevivir después.
La buscas en una canción.
En el olor del café con porras.
En el hueco frío de la cama.
En el calor que tuvo una piel entre las sábanas.
En una risa parecida.
En una mirada que no es la suya.
En todo.
Porque hay pérdidas que no solo te quitan a una persona.
Te quitan una versión de ti mismo.
Te quitan la ilusión con la que despertabas.
La calma de saber que alguien estaba ahí.
La sonrisa por la que merecía la pena vivir un día más. Esa mirada que decía todo sin necesidad de palabras.
Ese refugio que uno no supo nombrar hasta que se quedó sin él.
Y entonces entiendes algo terrible: no siempre se llora por quien se fue.
A veces se llora por quien eras cuando esa persona estaba. Por la fe que tenías. Por la ternura que entregaste. Por la esperanza que pusiste en unas manos que no supieron sostenerla.
Pero incluso roto, incluso vacío, incluso invisible, sigues aquí. Y aunque ahora no lo parezca, eso también dice algo de ti. Que hubo derrumbe, sí. Pero todavía queda alguien entre los escombros respirando.
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