jueves, mayo 20, 2010

El viaje

Es un día más, ya he perdido la cuenta de cuantos y de cuál es, qué más da. Sólo tengo una cosa que hacer en lo que me queda de vida.

Una cosa y esperar.
Esperar y una cosa.

Como cada mañana tomo el cercanías. Atocha a esas horas es como un hormiguero en ebullición, gente que va y viene, sólo se paran a que llegue el tren, mientras tanto sus ojos se pierden entre el periódico de la mañana o el reloj. Bajo las escaleras despacio, me gusta mirar a los ojos de la gente, aunque en ellos sólo encuentre prisas y cansancio, pero a veces una mirada se cruza y me esboza una sonrisa, sé que eso tiene la edad, aún queda alguien a quien los ancianos despertamos ternura.

Llega el tren, se abren las puertas como si de una presa se tratara y suelta sobre el andén toda su agua, sólo que no es agua lo que desciende de sus entrañas, sino personas.

A veces me dejan un asiento libre, pero la mayoría de los viajes los hago de pié, me gusta apoyarme en las puertas e ir viendo a mi alrededor, imagino la vida de los demás, sus roces, sus pensamientos… No son muchas paradas, y el viaje se ha tornado para mí en un en uno de los momentos agradables del día.

Llego.
Me bajo.
Camino hasta el hospital.

La enfermera me saluda.

- Buenos días, ¿qué tal está Usted esta mañana?

- Bien, bien gracias.

- Hoy se ha levantado pronto, ha desayunado y está en el jardín, ¿quiere que le acompañe?

- Gracias, pero no hace falta.

La veo, sentada bajo el árbol y evoca en mí un recuerdo, cuando ella sentada en un banco me miraba y sonreía al verme con la cámara de fotos apuntándola. ¡click! Y su sonrisa quedó inmortalizada.

- Hola, querida.

Ella levanta la vista y me mira, no dice nada, sólo calla, vuelve la cabeza y sigue perdida en sus pensamientos.

Así transcurre la mañana, le cuento que anoche quite por fín la manta, ya entra el sol en casa, a pesar de que sigue fría con su ausencia. Le hablo de los paseos que dábamos por aquellas calles llenas de tiendas que tanto le gustaban a ella, pararnos en los escaparates, entrar y probarnos, en juego de niños, un montón de ropa, y luego irnos sin comprar nada. De cuando cogidos de la mano dejábamos que la lluvia nos empapase sobre el adoquinado de la Plaza Mayor… y su sonrisa aquella eterna sonrisa que lo era todo.

Ella escucha, y yo quiero creer que algo dentro de su interior se despierta con mis palabras y le hace evocar aquel tiempo. Pero ese momento es fugaz, ella me mira y de sus labios caen unas palabras que se estrellan contra mis recuerdos, desparramándolos en el olvido.

- ¿Quién es usted? ¿Sabe que ahora vendrá mi marido?, me llevará a casa, no me gustaría que se sintiera incomodo, ya sabe, usted dándome conversación…

- No se preocupe cuando llegue su marido, yo ya me habré ido.

Y guardo silencio, ella vuelve a mirar al infinito, y pienso si los recuerdos empiezan a convertirse en recuerdos de recuerdos.

Es la hora de la comida, vienen a buscarla.

- Puede pasar al comedor, si quiere, ya sabe que no hay ningún problema.

La enfermera se muestra amable, pero no quiero comprometerla.

- No se preocupe, he traído aquí mi comida.

Y me quedo en el jardín, luego ella se irá a dormir la siesta. Tengo que esperar dos horas, cuando hace mal tiempo me dejan pasar al salón de la televisión, las primeras veces intenté dormir con ella, pero a veces se ponía a gritar diciendo que había un extraño en su habitación.
Otras veces espero a que esté dormida y entro despacio, me quedo mirándola, como solía hacer en aquellas mañanas que me despertaba antes que ella. Sus ojos cerrados, su respirar tranquilo…

Cuando se despiertan de la siesta, suelo merendar a su lado, le pido que me invite y ella se encoge de hombros. Es ahí cuando le hablo de esos viajes que hicimos juntos, de aquella ciudad vestida de primavera, de países con los que soñábamos ir, y ella sonríe.

- Yo he ido a muchos sitios, he estado en la India, en América, y también en África.

Sé que no es cierto, que quizás en su cabeza se mezclen las imágenes de los documentales con una realidad que ha dejado de serlo.

Más tarde les dejan un tiempo libre, y algunas veces paseamos por el jardín, otras vamos a la gran sala, y me dejan poner algún cd, aunque siempre sea el mismo, aquel del cantante de boleros.

Y me pongo delante de ella y canto, y me mira.

- No me gusta ese cantante, no cante más.

Pero no le hago caso, y la saco a bailar, ella se niega un poco, pero tan débilmente que sé que al final cederá.

Bailamos.
Cierro los ojos, y por un momento todo se detiene como hace mucho, mucho tiempo.

Y entonces.
Sólo unas pocas veces.
Muy pocas veces.

Ella se pega a mí, y me susurra:

- Sabes que odio a Luis Miguel, pero me encanta bailar contigo, te quiero.

Y nadie escucha sus palabras, sólo yo.

Es hora de irse, se va sin más, como si yo no hubiera pasado el día con ella, ni siquiera mira atrás.

Espero a que desaparezca por la puerta, la enfermera me ve marchar.

- Es duro el Alzheimer, no debería venir todos los días, ella no lo reconoce, ¿Por qué sigue intentándolo?

- Porque yo sí sé quién es ella.

Camino.
Llega el tren.
Miro a la gente.

Mañana será otro día. Qué más da que día, ella estará allí y yo iré a verla.

10 comentarios:

Belén dijo...

es una enfermedad horrorosa, la verdad, el perder la memoria...

Besicos

ShAdOw dijo...

No deja de sorprenderme las coincidencias que se presentan, ayer me ha dicho mi compañera que no entendía a su amiga, ya que le contaba que a su abuela le habian diagnosticado demencia senil, y no le daba la importancia que requería el caso, me contaba que la abuela no se ve anciana a pesar de sus 70 años, y se preguntaba que sería del abuelo porque indudablemente ella sería internada me decía mi compañera, el sr. es jovial y buen mozo... de mas esta decirte que le envié el relato, al saber relatos como este, me alegra estar sola.


pd.- ya sabes los sentimientos que este relato causó. ;o)

Cinacchi Miguel A. dijo...

Mucha gente no comprende esta enfermedad que puede presentarse a edades tempranas como 55 años o tal vez menos. Hay que darles mucho amor y comprensión. Tu narrativa surge como vivida en directo,me dio gusto encontrar tu blog,seguiré otros relatos.
Te saludo cordialmente.

Rosa Rosae dijo...

Me ha hecho llorar

Me gustaría saber si es verdad, o es que eres muy buen narrador, porfavor, hazmelo saber . :)

suspiro dijo...

Es puro amor, triste, pero todo amor.
Un beso.

Rosi dijo...

Triste pasar el tiempo con esa venda en la memoria,a veces,por un momento se desliza ligeramente pero de nuevo vuelve a ponerse en su lugar evitando que destapemos los recuerdos que nos hacían crecer y vivir.
Besos.

Anónimo dijo...

Que daño ha hecho el Diario de Noa....

Bohemia dijo...

No hay nada más triste que el olvido...

Bss

tumejoramig@ dijo...

Me ha encantado el relato. Es de una profundidad impecable.

Hace unos años ingresaron en un geriátrico a quien fue mi vecina y abuela "sustituta" de mi hijo durante mucho tiempo. Le habían diagnosticado Alhzeimer y éste avanzaba a pasos agigantados.

Yo la había visto en sus primeras fases, y al principio me entristecía muchísimo que olvidara cosas, momentos, personas, que habían sido muy importantes en su vida.

Cuando la ingresaron llamé a su nieta para que me dijera los días de visita, el horario, la dirección completa... y ella me dijo "para que? no te va a reconocer!" y le contesté "pero yo a ella sí!".

Hace poco murió, la visité menos veces de las que me hubiera gustado, por la distancia, pero siempre salía de allí con una enorme sonrisa. No me reconocía, claro que no. Pero no había perdido su buen humor, su forma de ser cariñosa y atenta con todo el mundo, seguía parlanchina, daba la impresión de que cada vez que la visitaba descubría más cosas que admirar de esa mujer que muchos años antes había dejado de ser sólo mi vecina, para ser parte de mi vida y de mi familia.

El Alzheimer le borró la memoria, pero no borró su esencia. Sé que no siempre es así, pero lo que si es cierto es que aunque ellos no nos recuerden, nosotros a ellos si!. No es necesario nada más.

Y en tu cuento está plasmado el encanto que un pequeño susurro puede crear.

Bello, Nicolás, un cuento hermoso, y muy lleno de tí.

Besossssssss

Nicolás dijo...

Belen
Si que lo es, sin hacer ninguna broma sobre el tema yo que tengo memoria de pez ufff no veas como "jode"

Shadow
Pues si que son coincidencias... de todas maneras cuando tenemos algun viejecito al lado.. es una situacion la perdida de memoria que se sufre

Cinnachi Miguel
encantado de verte por aqui, siempre es un placer encontrar a gente nueva y más si le gusta lo que lee.. espero verte mas veces un abrazo

Rosa Rosae
Ya te lo escribí en tu blog, gracias por pasarte por aquí y bienvenida

Suspiro
Es una forma de amar a la que todos nos gustaría llegar

Rosi
es cierto Rosi, pero no se debe vivir de los recuerdos

Anónimo
Hombre ¡¡ jaja no se si seras el mismo anonimo de otras veces, pero que mania con no firmar lo que se dice...este relato surge en el cercanias un viernes al leer un concurso sobre el tren y los viajes, no tenia nada que ver el diari de Noah, pero ya que lo mencionaste fuia documentarme, hace muchooo tiempo que lei el libro y es cierto que hay algo parecido, pero vamos no se que querras decir con el daño que ha hecho el diario de noah...

Bohemia
Asi es, es lo mas triste el olvido, y tambien el sentirse olvidado

tumejoramiga
Que lindas palabras, gracias por ellas y por tu historia es preciosa.