CAPÍTULO 4
Subo a
esperarla.
Llevo los cascos puestos. Suena When
We Were Young, de Adele.
Sale.
Está buscando algo en su bolso.
Levanta la vista y me ve.
Frunce
el ceño.
Se acerca y me besa en los labios
Suave.
Rápido.
Como si fuera un ritual.
—
¿Qué haces aquí?
Sonrío.
— ¡¡Sorpresa!!
— Ya…
¿No te acuerdas que te dije que hoy había quedado?
— Bueno,
pensé que habría tiempo para un café o al menos acompañarte hasta
el metro…
— No puedo, casi voy tarde…
Ella suspira. Me mira.
— Tendrías que haberme avisado.
— Pero si te aviso… ya no hay sorpresa…
— Sé que lo haces con tu buena intención, que quieres sorprenderme, pero a veces las sorpresas no son lo que esperas.
Hace una pausa, mira al suelo
— No llegan en el momento oportuno.
Y
entonces lo entiendo.
Le gusta tener todo bajo control, es su
forma de protegerse, “no vengas a verme cuando no estoy arreglada…
si vienes a casa me avisas para estar vestida...”
Quizá
hay momentos en los que no quieres una sorpresa.
Quizá ni
siquiera quieres que aparezca alguien.
Quizá hay momentos en
los que no quieres una sorpresa.
Mientras la escucho, pienso que esto ya lo he vivido. No exactamente así. Pero sí de alguna manera.
Muchos años antes...
Estoy
en casa.
Frente al espejo.
Me ajusto el alzacuellos.
Aún suenan sus palabras.
—
¿Una apuesta?
— Sí, vamos a apostar que cuando llegues a la
estación de tren no vas a poder besarme…
— No será otra de
las tuyas…
— Vamos, es una apuesta, si gano pagas tú la
cena, si ganas tú, hago lo que quieras
— No me fío, ni de
ti, ni de tus apuestas, sabes que no me gustan estas cosas…
Ya estoy disfrazado. La sotana, el alzacuellos, la maleta de cuero y el sombrero me recuerdan al cura de El exorcista.”
Llego a la estación y la espero al final de las escaleras mecánicas. Tiene que subir a la primera planta y entonces recuerdo su cara, su mirada pasa de alegría a sorpresa y después...no sé descifrarla, llega acompañada. Se acerca y me presenta.
Imagino que les habrá dicho “me espera mí novio…” y yo allí de pie frente a ellos… disfrazado de cura.
Se
van,
Metemos su maleta en el coche.
— Tengo que irme, mi madre me espera.
Hay un tono triste en su voz, que no logro descifrar.
Me da dos besos y cuando se despega de mí, la oigo susurrar
—
Eres un payaso, un payaso patético.
Vuelvo al presentes, abro los ojos, hemos llegado al metro.
—
Gracias por venir – me dice
— Sabes que no tienes por qué
darlas…
Y la veo desaparecer.

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