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CAPÍTULO
3
Hace veinticinco años me fui a vivir solo… o eso pensaba yo.
Estoy frente al portal de lo que va a ser mi casa, aunque llamarlo casa quizá sea demasiado. El apartamento está en el tercer piso. Un estudio minúsculo.
Cuando digo minúsculo quiero decir que, si doy dos pasos desde la puerta, estoy dándome de narices con la pared del salón.
Mi novia está conmigo.
Llevamos unos meses juntos y todo va bien. Bueno, todo va bien con ese matiz que tienen las cosas cuando llevas poco tiempo con alguien: alguna discusión, algún enfado absurdo, alguna reconciliación que hace que la discusión anterior parezca todavía más absurda.
Subimos.
El de la inmobiliaria abre la puerta.
Ella entra primero.
Mira alrededor.
—Es pequeño.
—Ya.
—Muy pequeño.
—Ya lo sé.
Sonríe.
—Pero es bonito.
Y lo es.
O al menos a mí me lo parece. Mi primer rincón… el mío.
Hay un ventanal de techo a suelo que da a un patio interior. Hoy entra una luz estupenda. Un pequeño espacio hace de salón y un sofá en forma de L se convierte en cama.
Pero es mío.
Por primera vez siento que hay una puerta que puedo cerrar y detrás de ella no tengo que dar explicaciones a nadie.
Salimos
del apartamento y cerramos.
El de la inmobiliaria me dice que
tienen más visitas, pero que me lo reserva por tres días.
Ella no dice nada.
Bajamos unos escalones. Y salimos a la calle.
Entonces se para.
— Me voy a vivir contigo.
La miro.
— ¿Cómo?
— Que me vengo contigo...
Se ríe, pero enseguida deja de hacerlo.
— No aguanto más en casa. No soporto a mí madre.
Y
entonces empieza a contarme.
Su madre. Su hermana mayor.
Su hermano.
La sensación de que siempre hay alguien que importa
más que ella.
Que tiene sus preferidos.
Que ella está
allí, pero como si no pintara nada.
Noto que le tiembla un poco la voz. La sostengo las manos, y la atraigo hacia mí.
Me abraza. Y yo siento cómo tiembla ella. No sé qué decir. Porque una parte de mí quiere protegerla.
Y otra
parte, una parte que entonces no sabía escuchar demasiado bien,
piensa…
En el apartamento. En mi cama. En la mesa con mi
televisor...
En tener por fin un lugar donde estar solo.
Necesito mi espacio. Necesito alejarme de mí familia.
Necesito estar conmigo.
Sanar algunas cosas que todavía no sé ni cómo nombrar.
Y mientras ella me cuenta su mochila, yo pienso en la mía.
¿Cómo voy a cargar con la suya si ya tengo la mía?
Podría habérselo dicho. Que aquel apartamento era importante para mí. Que no sabía si estábamos preparados.
Pero no lo hice. La miré a sus ojos, llenos de lágrimas.
Y le dije que sí.
Creo que aquella fue la primera vez que empecé a cargar con las mochilas de los demás.
No sabía entonces todo lo que significaba.
Entonces pensaba que aquello era querer.
Cuando se lo contamos a nuestras familias, fue casi una declaración de guerra.
— ¿Os vais a vivir juntos?
— Sí.
— Pero si lleváis cuatro días.
— No llevábamos cuatro días.
Pero para nuestras familias daba igual.
— ¿Y sin casaros?
— No estamos hablando de casarnos.
— ¿Pero cómo que no?
Mi madre estaba convencida de que nos habíamos vuelto locos. Mi padre me miró, y soltó “es tu problema, pero si sales no vuelvas después...”
Y quizá un poco sí, algo de locura había en ello. Nos fuimos a vivir juntos.
Y fuimos felices. De esa manera un poco torpe en la que se es feliz cuando todo todavía está empezando
Aprendimos las pequeñas manías del otro.
Ella descubrió que yo podía pasar demasiado tiempo sin decir nada.
Yo descubrí que ella tenía una capacidad extraordinaria para hablar incluso cuando yo necesitaba silencio.
También descubrimos que las paredes del estudio eran demasiado finas.
Nuestros vecinos de arriba, por ejemplo, parecían haberlo descubierto antes que nosotros.
Había noches en las que empezaban los ruidos, los gemidos y yo miraba a mí novia.
Ella me miraba a mí. Los dos intentábamos aguantar la risa.
Hasta que alguno decía:
— ¿Otra vez?
Y nos tapábamos la boca para no reírnos.
El problema era que, viviendo en aquel estudio, prácticamente todo lo hacíamos a medio metro del otro.
Y si había un día malo, no había dónde esconderse. Ni siquiera de una discusión.
Mi primer cumpleaños en aquel estudio fue como “el camarote de los hermanos Marx”
Ella preparó una fiesta sorpresa.
Yo no tenía ni idea.
La gente empezó a subir por las escaleras porque en aquel apartamento no cabía nadie más.
Primero llegaron dos. Después tres.
Luego alguien llamó al timbre y detrás de esa persona había otra.
Cuando finalmente dejaron de llegar, había gente hasta en el rellano.
Yo miraba aquella escena pensando que aquello no podía estar pasando en mi diminuto apartamento.
Ella se reía. Yo también.
Y durante un rato no existieron las familias, ni el trabajo, ni las preocupaciones.
Solo nosotros...
Primero fueron pequeñas discusiones.
Casi siempre aparecía su madre.
Una llamada. Una visita.
Algo que le había dicho. Algo que no había dicho.
Ella volvía enfadada.
Yo intentaba ayudar.
Al principio escuchaba.
Después opinaba.
Más tarde intentaba solucionar.
Y sin darme cuenta, aquello que no era mío empezó a ocupar espacio dentro de mí.
Mientras tanto, mi trabajo empezó a ir peor.
La presión de mí familia seguía ahí.
Y yo empezaba a sentir que no tenía sitio para ninguna de las dos cosas. Que no lograba dejar los problemas en la puerta antes de entrar.
Ni para sus problemas. Ni para los míos.
Una noche discutimos.
No recuerdo exactamente por qué.
Recuerdo que ella terminó sentada en la cama y yo junto al ventanal, mirando el minúsculo patio. Ahora me parecía una cárcel.
Ella me miró.
— A veces siento que te pierdes.
No dije nada.
— Te pierdes en tu mundo —continúa sollozando—. En un mundo donde no dejas espacio para que yo entre.
Aquella frase se me quedó dentro.
No contesté.
Veinticinco años después, voy a esperar a alguien a que salga de su trabajo.
No se lo he dicho.
Voy a darle una sorpresa.
Sé que no le gustan.
Precisamente por eso me hacen tanta gracia.
Quizá porque a mí siempre me han gustado. Las sorpresas inesperadas.
O quizá porque todavía sigo intentando sorprender a alguien cuando debería haber aprendido algo mucho más sencillo: preguntarle si quiere que me quede.

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