lunes, octubre 12, 2026

Antes de decir... te quiero (Capt. 8)


 

CAPÍTULO 8

Odin subido en el mueble, me mira.

— No he tardado mucho, ya estoy aquí.

Se gira oculta su cabeza entre las patas y me ignora.

— ¿Tú también? – le pregunto a sabiendas que no va a contestarme.

Entro en mi dormitorio. La cama sigue deshecha y su perfume todavía está en el aire. Me dejo caer y cierro los ojos.

— ¿Por qué estos momentos son tan especiales y luego…?

Me dejo llevar y en mi mente saltan unos recuerdos casi olvidados.

Ella está sentada en una silla, junto a sus amigos, yo en el reposa brazos, me inclino, y ella se acerca esperando a que dijera algo, pero no, solo acerco mi boca a la suya, es la primera vez que la beso, me da igual que sea delante de sus amigos, y ella responde a mí beso.

Luego iríamos avanzando, dos jóvenes, descubriendo sus cuerpos, caricias bajo la ropa, besos apasionados roces…

— Hermanito, ¿quieres que te deje mi casa? Me voy este finde.

Y entro en la farmacia, cargado de vergüenza.

— Por favor… una caja de frenadol – bajo un poco el tono de voz – y una caja de preservativos.

Y la dependienta, en voz alta con toda la naturalidad del mundo…

— De 6, de 12 unidades…
— De 6, de 6…

Aquella noche dos torpes cuerpos, entre risas y timidez, juegan a encontrarse.

No teníamos sitio. El coche era nuestro cobijo. Pasábamos aquellos inviernos perdidos en los aparcamientos de la universidad o en los descampados cerca de su casa, con los cristales empañados.

Una noche, una luz iluminó el coche.

Era la policía.

Asomé la cabeza.

Nos miraron y siguieron su camino.

Sabían que aquel lugar era para enamorados.





Después tuvimos nuestra propia casa. Ya no había coches ni descampados. Solo momentos de prisa.

“No tengo mucho tiempo.”

“Da igual.”

Y nos desnudábamos.

Pero los años pasan volando, y entonces…

“hoy estoy muy cansada… me duele la cabeza, mejor mañana…”

Estoy esperando en el salón de casa, ella sale del baño, sus manos tiemblan y los dos juntos miramos aquel aparatito alargado con una pequeña ventanita… una rayita… aguantamos la respiración… dos rayitas… Gritos, lágrimas abrazos…

Y uno nunca sabe lo que la vida te va a cambiar a partir de esas dos rayitas.
Yo sentí que había pasado a segundo plano.
Las llamadas de la familia, las visitas, todo gira en torno a la madre y al bebé, como si ya hubieras hecho tu labor y empezases a ser “prescindible”.

No sé en qué momento fue, pero ya no era como antes, nuestras conversaciones se convirtieron en rutinarias, “¿qué tal el día?, ¿que cenamos?, me voy a la cama, ¿vienes? Si ahora en un ratito…”
Y entre los dos empezó a abrirse un espacio cargado de silencios.

Y aquellos silencios los rellené con charlas por internet, cuando un módem bufaba como un bisonte, y no había chats, sino una especie de salas temáticas.

Al principio eran solo conversaciones. Gente que no conocía, personas que aparecían y desaparecían detrás de un nombre y una pantalla.

Una noche ella entró en la habitación y me encontró delante del ordenador.

— ¿Otra vez con Internet?
— Sí, un momento.

Sé quedó mirándome.

— Llevas toda la tarde ahí.
— No es para tanto.
— Sí que lo es.

No dije nada.

— Te estás perdiendo.

Levanté la mirada.

— ¿Perdiéndome?
— Sí. Estás aquí, pero no estás aquí.

Miré la pantalla.

— Solo estoy hablando con gente.
— Ya lo sé.

Se acercó, me dio un beso y salió de la habitación.

Yo volví a mirar el monitor. Quizá debería haber apagado el ordenador.

No lo hice.

Conversaciones con desconocidos. Nadie te conoce, nadie te juzga. Y me fui enredando.

Pero aquella noche ella ya me lo había advertido.

Y yo todavía no sabía hasta dónde podía llegar a perderme.



Abro los ojos y ahogo un sollozo.
Quiero cerrar esa puerta. Esos recuerdos todavía duelen. Llegan cargados de culpa, del daño que hice, de cosas que todavía no he sabido perdonarme.

Me meto en la ducha y dejo caer el agua sobre mi cuerpo intentando que con ello se lleve ese sentimiento, pero no impide que termine llorando.

viernes, octubre 09, 2026

Antes de decir... te quiero (Capt. 7)


 

CAPÍTULO 7

Subimos a mí casa,

Odin se acerca la huele, la reconoce y frota su cabeza en su pierna.
Ella se agacha, lo acaricia.
El maldito gato se rinde y le muestra la panza para que se la rasque… una sutil manera de traicionarme.

Es su don, con los gatos especialmente, tiene uno llamado Tilo. Pero es esa ternura, esa suavidad en el trato la que la hace especial, la transmite con su mirada, con sus caricias, aunque cuando se enfada, puede volverse hielo, abre sus oscuros recuerdos y ya no puedes pararla.

Pongo música al azar y suena «Champagne Problems», de Taylor Swift. Ella no entiende del todo la letra. Yo sí.

Entramos en mi dormitorio,

Odin salta a la mesa donde tengo el ordenador. Se tumba pone su cabeza sobre sus patas y nos mira.

Me acerco a ella.
La miro.
Pongo mi dedo sobre sus labios indicando que no diga nada, y la beso, suavemente al principio, luego más fuerte hasta que el beso se vuelve apasionado.

Caemos en la cama, nos desnudamos con urgencia, y hacemos el amor.

La vuelvo a besar, primero las manos, el hombro desnudo, la boca.

— Me muero de sueño
— Lo sé, después de hacerlo te quedas tan relajada…
— Es que sabes cómo relajarme

Se da la vuelta y en un instante siento como su respiración se va acompasando a un ritmo lento y profundo.

Yo me quedo despierto. Odín también se ha dormido.

Miro el techo. No puedo dormir.

Y en medio de ese silencio vuelve una frase, como si alguien la hubiera dejado ahí:

“siempre terminas perdiéndote…”,

La miro dormir plácidamente, alejada de mi ruido.

¿Por qué no puedo hacer lo mismo? ¿Por qué, si acabamos de hacer el amor, siento que hay un océano entre nosotros? ¿O solo soy yo quien lo siente?

Al final caigo dormido, acurrucado a su espalda.

Un golpe en el hombro, abro los ojos y me encuentro una mirada pegada a mí nariz.

— ¡¡Odin!! joder que susto me has dado.

Salta a mí lado, su hueco lo ocupa ella, miro el reloj las 8.15, me levanto sin hacer ruido, vacío su cuenco y le pongo comida, me mira, parece que me dice “ya era hora, me tienes abandonado…”

Me visto con lo primero que encuentro, y en silencio bajo a la calle, Madrid aún se despereza, pero en la plaza ya está abierto el puesto de churros y porras.

Hago café, el aroma llena la casa, me asomo a la habitación, ella abre los ojos y sonríe.
Hay momentos que no necesitan nada más.

Desayunamos en la cama.

— ¿Y si hoy no salimos de la cama? – le propongo.
— ¿En serio? Tengo que…
— No tienes nada mejor que hacer, y si tienes algo que hacer lo dejas para mañana…
— Pero es que debo volver a casa, mi hija vuelve por la tarde y…

No dejo que acabe la frase, hay batallas que antes de enfrentarlas están perdidas.

— Está bien, pero quedémonos un rato más.

Hablamos de todo un poco, deslizo mi mano bajo las sábanas y le hago cosquillas

— ¡Para, para…!

Y volvemos a jugar.
Nos vestimos.

— ¿Me puedo duchar?
— Claro, sabes que no tienes que preguntarlo.

La acompaño al autobús.

— Voy contigo hasta tu casa.
— No hace falta, quédate, además ya viene el circular
— Me escribes cuando llegues ¿vale?

Un suave beso, la veo que sube y desaparece calle abajo.

Es entonces cuando vuelve, ese vacío, esa duda

¿Estamos bien o simplemente estamos bien durante unas horas?


lunes, octubre 05, 2026

Antes de decir... te quiero (Capt. 6)

 


CAPÍTULO 6

Ha sido una semana larga.

Conversaciones vacías. “Felices sueños. Buenos días.”

No termino de arrancar. Estoy bien con ella, pero…

Es viernes. He sacado dos entradas para un recital de flamenco, en un tablao pequeño al lado de casa.

A ella le encanta. A mí no demasiado. Me gusta la guitarra y poco más.

Quizá sea una buena idea. Quizá esta vez consigamos tener una de esas noches que antes teníamos. De esas en las que no hacía falta pensar demasiado.

Quiero verla feliz otra vez.

La llamo, está a punto de acabar el trabajo.
Es una luchadora, una leona, ha estado en varios trabajos para sacar adelante su casa y a su hija, sin la ayuda de nadie, a veces discutimos por ello cuando me dice que ha conseguido el trabajo
“por alguien” y yo le respondo que es por su capacidad, por su esfuerzo… pero no me cree.

— ¿Qué haces?

— Acabo de salir y voy para casa.

— Tengo una cosa para ti.

—¿Qué cosa?

— Una sorpresa.

Sé queda en silencio.

— ¿Qué has hecho?

Me río.

— Nada malo.

— Eso dices siempre. Y luego...

Durante unos segundos siento que vuelve a ser ella.

O quizá vuelvo a ser yo.

— Tengo entradas para un recital de flamenco.

— ¿Esta noche?

— Esta noche.

— Pero si tú lo odias, no hagas eso

— ¡Qué más da! A ti te encanta y a mí me encanta que te encante

— ¿Dónde?

— Al lado de casa.

— No sé…

Hay un silencio. Pequeño. Pero lo noto.

— ¿Qué pasa?

— Nada.

Otra vez ese nada.

— ¿Te apetece? – le pregunto sin urgencia.

— Sí.

Y sé que lo dice porque sí.

Pero también sé que no debería preguntar más. Así que no pregunto.

Quedamos a las ocho. Cuelgo.

Miro las entradas encima de la mesa.

No sé por qué últimamente siento que todo lo que hago necesita convertirse en una oportunidad.

Como si cada encuentro tuviera que arreglar algo que estoy haciendo mal.

Como si una cena, un concierto o un fin de semana pudieran devolvernos a un lugar del que quizá ninguno de los dos sabe ya cómo volver.

Guardo las entradas en el bolsillo. Y por primera vez en toda la semana sonrío.

Quedamos en la puerta. Está guapísima. Nunca ha terminado de gustarme su manera de vestir, tan diferente a mis gustos.

— ¡Qué guapa estás! – le digo
— Pero si nunca te gusta lo que me pongo, por mucho tiempo que paso eligiendo la ropa sé que contigo nunca voy a acertar.
— Aun así estás muy guapa.

Entramos y nos ponen en una mesa circular para dos, en primera línea pegados a la tarima, pedimos dos cervezas y no tardan en salir un guitarrista, y a su lado un hombre mayor con aire agitanado, los dos con pantalón negro y camisa blanca.

La miro, sus ojos recorren el espacio, como si fuera su caja de muñecas.

Empieza el espectáculo, palmas, guitarreo, las sevillanas alzando las manos, castañuelas, y entonces noto que cae la primera gota, sale un bailaor lo tengo apenas a medio metro de mi, gira y vuelvo a sentir que algo me moja, se lo digo a ella, sonríe pero no me hace mucho caso, y entonces me doy cuenta, es… es el sudor del bailaor que en cada giro saltan gotas que me caen encima.

Me inclino y se lo susurro al oído, ella me mira y se ríe “anda tonto…” y por un momento siento un cosquilleo en mi estómago.

El espectáculo sigue. De vez en cuando la miro sin que ella lo sepa. La veo sonreír.

A veces la cojo de la mano y ella me mira.

Cierro los ojos. Ojalá este momento durara un poco más.

El espectáculo acaba,

Salimos a la calle.

— Me ha encantado.

— Sabía que te iba a gustar.

— Pero no tienes que hacerlo, a ti no te gusta, seguro que estabas deseando que terminara…

— No, en serio, no me gusta, pero me encanta cómo suena la guitarra, y me encanta aún más hacerte feliz. Vamos a tomar algo.

Entramos en un bar cercano, y pedimos algo de picoteo.
Charlamos de cómo ha ido la semana. Ella se desahoga con sus compañeras, que le hacen la vida imposible.

Yo escucho.

Me vibra el móvil.

— Cógelo – me dice
— No, es un mensaje, ya lo leeré
— Si no me molesta, hazlo, quizás sea de tu hermana, algo importante

Por no molestarla, y para que sienta que no hay nada que ocultar, tomo el móvil y leo el mensaje.

— ¿Y bien? – me pregunta, con un tono afilado en el “bien”
— Es para una sesión de fotos
— ¿Para quién?
— Ruth, ya hemos trabajado juntos, necesita unas fotos para actualizar su Linkedin
— Ah… si Ruth… esa Ruth…
— ¿Qué pasa con Ruth?
— Nada.
— Ya...
— Es una sesión de fotos.
— Ya lo sé.
— Entonces…
—Nada.

Otra vez ese «nada».


viernes, octubre 02, 2026

Antes de decir... te quiero (Capt. 5)


 

CAPÍTULO 5

Bajo andando a casa. En los cascos suena A Thousand Years.

No sé por qué esta canción siempre consigue hacerme sentir un poco más frágil.

Quizá sea eso. La fragilidad.

La incertidumbre de no saber si alguna vez aciertas. De intentarlo una y otra vez.

Me pasó con las ilustraciones. Hice una exposición, casi no vino nadie.
No vendí nada.

Después hice unos diseños para camisetas, no vendí ni una.

También fracasé en el negocio familiar.

Quizá porque nunca creí demasiado en mí.
Quizá porque tampoco nadie parecía hacerlo.

Y entonces recuerdo otro piso.

Uno mucho más pequeño. semioscuro.

La radio suena de fondo. Mi madre está planchando.

Tengo dos hermanas.
Una ya se ha marchado de casa.

En mi mochila llevo las notas del instituto. Las he mirado varias veces y estoy deseando enseñarlas.

Son casi las nueve de la noche cuando llega mí padre. Está cansado.
Como casi siempre.

Mi padre y mi madre se miran. No dicen nada. Solo se miran.

A veces pienso que en aquellas miradas todavía quedaba algo de lo que habían sido.
Quizá amor. Quizá solo costumbre.

Se pone el pijama.

— ¿Hay algo para cenar?

Mi madre casi no contesta. Le pone el plato sobre la mesa.

Ella ya ha cenado.
Mi padre empieza a comer.

La televisión está encendida. Nadie habla. Solo se escucha el sonido de la televisión y los cubiertos contra el plato.

Espero.

Tengo las notas en la mochila.
Quiero enseñárselas.

Cuando termina de cenar, cojo aire.

— Tengo que enseñaros una cosa.

Saco el boletín. Se lo doy a mí padre.

Lo mira.

Después me mira a mí.

—Muy bien.

Y se lo pasa a mí madre.

Ella lo mira.

— Están bien, pero seguro que podrían ser mejores.

Hace una pausa. Y me mira fijamente.

— Ayer hablé con mi hermana y tu primo va a empezar Ingeniería. Ha sacado casi todo sobresalientes. Ya podrías aprender un poco de él.

No digo nada. Recojo el boletín y lo guardo otra vez en la mochila.

Mi padre apura su gintonic de todas las noches.

Mi madre mira la televisión como si estuviera mirando una pared en blanco.

— Me voy a la cama.

— Vale. Descansa. — Les oigo decir

Cierro la puerta de mí habitación, mi hermana pequeña ya está dormida.

Y siento que algo dentro de mí se agrieta un poco más.

*******

No sé por qué recuerdo esto ahora.

Quizá porque durante mucho tiempo he pensado que mi problema era no saber acertar.

Sigo caminando. Ya estoy llegando a casa. El ruido de la calle hace tiempo que se amortiguó en mis oídos,

Abro la puerta. La bola de pelo naranja asoma por el pasillo.

Me mira. Maúlla.

Después se da la vuelta y empieza a caminar hacia la cocina.

— ¿Qué pasa, Odin?

Me sigue esperando.

— Venga.

Abro la nevera.

— ¿Qué tal si te doy uno de los tuyos?

Odin se sienta delante de su recipiente. Empieza a ronronear.

Cojo un snack y se lo pongo.

Sus ojos parecen decirme gracias. Incluso podría jurar que me ha sonreído.

Empieza a comer y lo miro unos segundos.

Con él todo parece más sencillo. Le das algo, y está contento.

No te pregunta si podrías haberlo hecho mejor. No te compara con nadie. No espera nada más.

No enciendo la luz. Me desnudo a oscuras.

Cojo el móvil y abro nuestro chat, tecleo:

“Espero que lo hayas pasado bien con tu amiga. Felices sueños. Un beso.”

Lo miro y no añado nada más.

Simplemente lo envío.

Dejo el móvil sobre la mesa y me dejo caer en el sofá.

Enciendo la televisión, hasta que me quedo dormido.

lunes, septiembre 28, 2026

Antes de decir... te quiero (Capt. 4)



 


CAPÍTULO 4

Subo a esperarla.
Llevo los cascos puestos. Suena
When We Were Young, de Adele.

Sale. Está buscando algo en su bolso.
Levanta la vista y me ve.

Frunce el ceño.
Se acerca y me besa en los labios

Suave. Rápido.
Como si fuera un ritual.

— ¿Qué haces aquí?

Sonrío.

— ¡¡Sorpresa!!

— Ya… ¿No te acuerdas que te dije que hoy había quedado?
— Bueno, pensé que habría tiempo para un café o al menos acompañarte hasta el metro…
— No puedo, casi voy tarde…

Ella suspira. Me mira.

— Tendrías que haberme avisado.

— Pero si te aviso… ya no hay sorpresa…

— Sé que lo haces con tu buena intención, que quieres sorprenderme, pero a veces las sorpresas no son lo que esperas.

Hace una pausa, mira al suelo

— No llegan en el momento oportuno.

Y entonces lo entiendo.
Le gusta tener todo bajo control, es su forma de protegerse, “no vengas a verme cuando no estoy arreglada… si vienes a casa me avisas para estar vestida...”

Quizá hay momentos en los que no quieres una sorpresa.
Quizá ni siquiera quieres que aparezca alguien.
Quizá hay momentos en los que no quieres una sorpresa.

Mientras la escucho, pienso que esto ya lo he vivido. No exactamente así. Pero sí de alguna manera.

Muchos años antes...

Estoy en casa.
Frente al espejo.
Me ajusto el alzacuellos.

Aún suenan sus palabras.

— ¿Una apuesta?
— Sí, vamos a apostar que cuando llegues a la estación de tren no vas a poder besarme…
— No será otra de las tuyas…
— Vamos, es una apuesta, si gano pagas tú la cena, si ganas tú, hago lo que quieras
— No me fío, ni de ti, ni de tus apuestas, sabes que no me gustan estas cosas…

Ya estoy disfrazado. La sotana, el alzacuellos, la maleta de cuero y el sombrero me recuerdan al cura de El exorcista.”

Llego a la estación y la espero al final de las escaleras mecánicas. Tiene que subir a la primera planta y entonces recuerdo su cara, su mirada pasa de alegría a sorpresa y después...no sé descifrarla, llega acompañada. Se acerca y me presenta.

Imagino que les habrá dicho “me espera mí novio…” y yo allí de pie frente a ellos… disfrazado de cura.

Se van,
Metemos su maleta en el coche.

— Tengo que irme, mi madre me espera.

Hay un tono triste en su voz, que no logro descifrar.

Me da dos besos y cuando se despega de mí, la oigo susurrar

— Eres un payaso, un payaso patético.


Vuelvo al presentes, abro los ojos, hemos llegado al metro.

— Gracias por venir – me dice
— Sabes que no tienes por qué darlas…

Y la veo desaparecer.

domingo, septiembre 27, 2026

Fotografía

 - ¿Es en serio? - le dijé

Levanté la mirada para clavar mis ojos en los de ella.

- ¿El qué?
- Que me digas que debería dejarte, que te cuestiones porque estoy contigo.

Me miró en silencio, esperando encontrar las palabras adecuadas.

- Eres fotógrafo, captas la belleza, miro tus fotografías, son todas personas bellas, sus cuerpos, sus caras...

- ¿Y?
- Y yo...

Bajó la mirada, contuvo el aliento.

- Yo no soy esas...
- ¿De verdad me estas diciendo... vamos a hablar de eso ahora?
- Si
- Pero...
- Pero siento que no soy suficiente, estas rodeado de belleza, y yo me pregunto que ves en mi, no tengo sus medidas, ni sus años, ni... ¿no te arrepientes?
- ¿Arrepentirme...?
- Sí, de estar perdiendo el tiempo conmigo.

Tomé mi copa, y le di un breve trago.

- ¿Sabes los años que tengo?
- Claro, ¿ qué pregunta es esa?
- Tengo demasiados, los suficientes para saber con quien quiero pasar mi tiempo, el que me quede,  a quien quiero ver antes de cerrar los ojos, y con quien quiero levantarme cada mañana.
- Sabes utilizar las palabras muy bien, pero detrás de ellas... ¿ y si estar conmigo te cierra a conocer a otras personas?
- Puede ser, pero qué necesidad tengo de conocer a otras, cuando sé donde estoy y que estoy con la persona que quiero.

En sus labios se deslizó una ligera sonrisa.

- Cuando fotografío, no miro una cara bonita, no miro si su cuerpo es delgado, o con curvas, miro que me dicen sus ojos, que intentan atrapar sus manos, que pensamiento navega por su cabeza, ¿transmite tristeza, transmite pasión?

Ella me mira fijamente.

- No busco a la persona perfecta, es más si pudiera fotografiaría sus defectos, sus imperfecciones, por que una fotografía debe provocar...

- Pero...

- No... no sigas, tú me provocas, me provocas con tu mirada, con tu sonrisa, me provocan tus pensamientos, tu forma de entender la vida, de luchar, de caer y levantarse, me provocas cada noche que compartes mi cama y cada desayuno, me provoca tu inteligencia para estar a su altura, por que cada provocación tuya es una fotografía que te hago desde el corazón.
¿No te parece motivo suficiente?

Si alguien hubiera tenido una cámara en ese momento, hubiera fotografiado el  beso apasionado de dos personas.




Antes de decir... te quiero (Capt. 3)


 

************* SUBIRÉ LOS CAPÍTULOS LOS LUNES y VIERNES   *************

(HOY HAGO UNA EXCEPCION)


CAPÍTULO 3


Hace veinticinco años me fui a vivir solo… o eso pensaba yo.

Estoy frente al portal de lo que va a ser mi casa, aunque llamarlo casa quizá sea demasiado. El apartamento está en el tercer piso. Un estudio minúsculo.

Cuando digo minúsculo quiero decir que, si doy dos pasos desde la puerta, estoy dándome de narices con la pared del salón.

Mi novia está conmigo.

Llevamos unos meses juntos y todo va bien. Bueno, todo va bien con ese matiz que tienen las cosas cuando llevas poco tiempo con alguien: alguna discusión, algún enfado absurdo, alguna reconciliación que hace que la discusión anterior parezca todavía más absurda.

Subimos.

El de la inmobiliaria abre la puerta.

Ella entra primero.

Mira alrededor.

—Es pequeño.

—Ya.

—Muy pequeño.

—Ya lo sé.

Sonríe.

—Pero es bonito.

Y lo es.

O al menos a mí me lo parece. Mi primer rincón… el mío.

Hay un ventanal de techo a suelo que da a un patio interior. Hoy entra una luz estupenda. Un pequeño espacio hace de salón y un sofá en forma de L se convierte en cama.

Pero es mío.

Por primera vez siento que hay una puerta que puedo cerrar y detrás de ella no tengo que dar explicaciones a nadie.

Salimos del apartamento y cerramos.
El de la inmobiliaria me dice que tienen más visitas, pero que me lo reserva por tres días.

Ella no dice nada.

Bajamos unos escalones. Y salimos a la calle.

Entonces se para.

— Me voy a vivir contigo.

La miro.

— ¿Cómo?

— Que me vengo contigo...

Se ríe, pero enseguida deja de hacerlo.

— No aguanto más en casa. No soporto a mí madre.

Y entonces empieza a contarme.

Su madre. Su hermana mayor. Su hermano.
La sensación de que siempre hay alguien que importa más que ella.
Que tiene sus preferidos.
Que ella está allí, pero como si no pintara nada.

Noto que le tiembla un poco la voz. La sostengo las manos, y la atraigo hacia mí.

Me abraza. Y yo siento cómo tiembla ella. No sé qué decir. Porque una parte de mí quiere protegerla.

Y otra parte, una parte que entonces no sabía escuchar demasiado bien, piensa…

En el apartamento. En mi cama. En la mesa con mi televisor...

En tener por fin un lugar donde estar solo.

Necesito mi espacio. Necesito alejarme de mí familia.

Necesito estar conmigo.

Sanar algunas cosas que todavía no sé ni cómo nombrar.

Y mientras ella me cuenta su mochila, yo pienso en la mía.

¿Cómo voy a cargar con la suya si ya tengo la mía?

Podría habérselo dicho. Que aquel apartamento era importante para mí. Que no sabía si estábamos preparados.

Pero no lo hice. La miré a sus ojos, llenos de lágrimas.

Y le dije que sí.

Creo que aquella fue la primera vez que empecé a cargar con las mochilas de los demás.

No sabía entonces todo lo que significaba.

Entonces pensaba que aquello era querer.

Cuando se lo contamos a nuestras familias,  fue casi una declaración de guerra.

— ¿Os vais a vivir juntos?

— Sí.

— Pero si lleváis cuatro días.

— No llevábamos cuatro días.

Pero para nuestras familias daba igual.

— ¿Y sin casaros?

— No estamos hablando de casarnos.

— ¿Pero cómo que no?

Mi madre estaba convencida de que nos habíamos vuelto locos. Mi padre me miró, y soltó “es tu problema, pero si sales no vuelvas después...”

Y quizá un poco sí, algo de locura había en ello. Nos fuimos a vivir juntos.

Y fuimos felices. De esa manera un poco torpe en la que se es feliz cuando todo todavía está empezando

Aprendimos las pequeñas manías del otro.

Ella descubrió que yo podía pasar demasiado tiempo sin decir nada.

Yo descubrí que ella tenía una capacidad extraordinaria para hablar incluso cuando yo necesitaba silencio.

También descubrimos que las paredes del estudio eran demasiado finas.

Nuestros vecinos de arriba, por ejemplo, parecían haberlo descubierto antes que nosotros.

Había noches en las que empezaban los ruidos, los gemidos y yo miraba a mí novia.

Ella me miraba a mí. Los dos intentábamos aguantar la risa.

Hasta que alguno decía:

— ¿Otra vez?

Y nos tapábamos la boca para no reírnos.

El problema era que, viviendo en aquel estudio, prácticamente todo lo hacíamos a medio metro del otro.

Y si había un día malo, no había dónde esconderse. Ni siquiera de una discusión.

Mi primer cumpleaños en aquel estudio fue como “el camarote de los hermanos Marx”

Ella preparó una fiesta sorpresa.

Yo no tenía ni idea.

La gente empezó a subir por las escaleras porque en aquel apartamento no cabía nadie más.

Primero llegaron dos. Después tres.

Luego alguien llamó al timbre y detrás de esa persona había otra.

Cuando finalmente dejaron de llegar, había gente hasta en el rellano.

Yo miraba aquella escena pensando que aquello no podía estar pasando en mi diminuto apartamento.

Ella se reía. Yo también.

Y durante un rato no existieron las familias, ni el trabajo, ni las preocupaciones.

Solo nosotros...

Primero fueron pequeñas discusiones.

Casi siempre aparecía su madre.

Una llamada. Una visita.

Algo que le había dicho. Algo que no había dicho.

Ella volvía enfadada.

Yo intentaba ayudar.

Al principio escuchaba.

Después opinaba.

Más tarde intentaba solucionar.

Y sin darme cuenta, aquello que no era mío empezó a ocupar espacio dentro de mí.

Mientras tanto, mi trabajo empezó a ir peor.

La presión de mí familia seguía ahí.

Y yo empezaba a sentir que no tenía sitio para ninguna de las dos cosas. Que no lograba dejar los problemas en la puerta antes de entrar.

Ni para sus problemas. Ni para los míos.

Una noche discutimos.

No recuerdo exactamente por qué.

Recuerdo que ella terminó sentada en la cama y yo junto al ventanal, mirando el minúsculo patio. Ahora me parecía una cárcel.

Ella me miró.

— A veces siento que te pierdes.

No dije nada.

— Te pierdes en tu mundo —continúa sollozando—. En un mundo donde no dejas espacio para que yo entre.

Aquella frase se me quedó dentro.

No contesté.

Veinticinco años después, voy a esperar a alguien a que salga de su trabajo.

No se lo he dicho.

Voy a darle una sorpresa.

Sé que no le gustan.

Precisamente por eso me hacen tanta gracia.

Quizá porque a mí siempre me han gustado. Las sorpresas inesperadas.

O quizá porque todavía sigo intentando sorprender a alguien cuando debería haber aprendido algo mucho más sencillo: preguntarle si quiere que me quede.



miércoles, septiembre 23, 2026

Antes de decir... te quiero (Capt. 2)

 



CAPÍTULO 2

Miro la hora, las 5:55.
Pienso en esas horas que aparecen por casualidad, las 10:10, las 14:14, las 23:23…

Pero sólo es una hora más en mi insomnio.
Me muevo en el espacio izquierdo de la cama. Una cama de matrimonio y, sin embargo, he creado un fortín en ese lado, como si todavía reservara el lado derecho para ella. Para cuando viene, aunque no venga muy a menudo.
Odin levanta la cabeza y me mira, duda si saltar a mí cama, o bajar para que le dé sus golosinas, un ritual que empezó hace unas semanas y que ya no puedo negarle.
Tomo el móvil, abro el chat y busco la última conversación que tuvimos.

— Hola, espero que tengas un buen día —le digo.
— Hola, eso espero que mejore. Tú también pasa un buen día.
— Vaya… Eso que mejore no me suena muy bien…
— No, no me he levantado muy animada.
— Espero que se te pase pronto. ¿Me paso luego a verte?
— Gracias, pero no soy la mejor compañía. ¿Y tú?
— Como siempre… Un día más…
— Pues qué bien.
— Se me pasará.
— Ya me imagino.
— Pero estar así todo el día tampoco es la ilusión de mi vida. .
— Ya…
— Sabes que son cosas mías. Anímate.
— Hoy, al menos, está difícil.
— ¿Por algún motivo en especial?
— No sé. Creo que es por las últimas conversaciones que hemos tenido. Tengo la sensación de que a veces te pierdo y no haces nada para evitarlo. Siempre terminas perdiéndote…

Me quedo mirando la pantalla.

— No me has perdido…
— No hay problema. También se me pasará. Siento que las cosas sucedan así.
— Pero expresaste lo que sientes. No es tuya la culpa.
— Tengo que dejarte. Va a venir el instalador de la compañía de teléfono.
— Ok. Espero que te animes.
— Sí. Un beso.

No contesté a ese beso.

Entran los primeros rayos de sol por la persiana y flotan en el aire.

Y con ellos vuelve su frase:

“Siempre terminas perdiéndote...”
Hay frases que uno lee y sigue adelante.
Y hay otras que se quedan un rato más.

No es la primera vez que me lo dicen. La primera vez fue hace veinticinco años.

Yo todavía no sabía que algunas personas no se van cuando cierran una puerta. Sé quedan contigo. En los lugares donde no miras.