CAPÍTULO
6
Ha
sido una semana larga.
Conversaciones vacías. “Felices sueños. Buenos días.”
No termino de arrancar. Estoy bien con ella, pero…
Es viernes. He sacado dos entradas para un recital de flamenco, en un tablao pequeño al lado de casa.
A ella le encanta. A mí no demasiado. Me gusta la guitarra y poco más.
Quizá sea una buena idea. Quizá esta vez consigamos tener una de esas noches que antes teníamos. De esas en las que no hacía falta pensar demasiado.
Quiero verla feliz otra vez.
La
llamo, está a punto de acabar el trabajo.
Es una luchadora,
una leona, ha estado en varios trabajos para sacar adelante su casa y
a su hija, sin la ayuda de nadie, a veces discutimos por ello cuando
me dice que ha conseguido el trabajo “por
alguien” y
yo le respondo que es por su capacidad, por su esfuerzo… pero no me
cree.
— ¿Qué haces?
— Acabo de salir y voy para casa.
— Tengo una cosa para ti.
—¿Qué cosa?
— Una sorpresa.
Sé queda en silencio.
— ¿Qué has hecho?
Me río.
— Nada malo.
— Eso dices siempre. Y luego...
Durante unos segundos siento que vuelve a ser ella.
O quizá vuelvo a ser yo.
— Tengo entradas para un recital de flamenco.
— ¿Esta noche?
— Esta noche.
—
Pero si tú lo odias, no hagas eso
— ¡Qué más da! A
ti te encanta y a mí me encanta que te encante
—
¿Dónde?
— Al lado de casa.
— No sé…
Hay un silencio. Pequeño. Pero lo noto.
— ¿Qué pasa?
— Nada.
Otra vez ese nada.
— ¿Te apetece? – le pregunto sin urgencia.
— Sí.
Y sé que lo dice porque sí.
Pero también sé que no debería preguntar más. Así que no pregunto.
Quedamos a las ocho. Cuelgo.
Miro las entradas encima de la mesa.
No sé por qué últimamente siento que todo lo que hago necesita convertirse en una oportunidad.
Como si cada encuentro tuviera que arreglar algo que estoy haciendo mal.
Como si una cena, un concierto o un fin de semana pudieran devolvernos a un lugar del que quizá ninguno de los dos sabe ya cómo volver.
Guardo
las entradas en el bolsillo. Y por primera vez en toda la semana
sonrío.
Quedamos en la puerta. Está guapísima. Nunca ha
terminado de gustarme su manera de vestir, tan diferente a mis
gustos.
—
¡Qué guapa estás! – le digo
— Pero si nunca te gusta lo
que me pongo, por mucho tiempo que paso eligiendo la ropa sé que
contigo nunca voy a acertar.
— Aun así estás muy guapa.
Entramos y nos ponen en una mesa circular para dos, en primera línea pegados a la tarima, pedimos dos cervezas y no tardan en salir un guitarrista, y a su lado un hombre mayor con aire agitanado, los dos con pantalón negro y camisa blanca.
La miro, sus ojos recorren el espacio, como si fuera su caja de muñecas.
Empieza el espectáculo, palmas, guitarreo, las sevillanas alzando las manos, castañuelas, y entonces noto que cae la primera gota, sale un bailaor lo tengo apenas a medio metro de mi, gira y vuelvo a sentir que algo me moja, se lo digo a ella, sonríe pero no me hace mucho caso, y entonces me doy cuenta, es… es el sudor del bailaor que en cada giro saltan gotas que me caen encima.
Me inclino y se lo susurro al oído, ella me mira y se ríe “anda tonto…” y por un momento siento un cosquilleo en mi estómago.
El espectáculo sigue. De vez en cuando la miro sin que ella lo sepa. La veo sonreír.
A veces la cojo de la mano y ella me mira.
Cierro los ojos. Ojalá este momento durara un poco más.
El espectáculo acaba,
Salimos a la calle.
— Me ha encantado.
— Sabía que te iba a gustar.
— Pero no tienes que hacerlo, a ti no te gusta, seguro que estabas deseando que terminara…
— No, en serio, no me gusta, pero me encanta cómo suena la guitarra, y me encanta aún más hacerte feliz. Vamos a tomar algo.
Entramos
en un bar cercano, y pedimos algo de picoteo.
Charlamos de cómo
ha ido la semana. Ella se desahoga con sus compañeras, que le hacen
la vida imposible.
Yo escucho.
Me vibra el móvil.
—
Cógelo – me dice
— No, es un mensaje, ya lo leeré
—
Si no me molesta, hazlo, quizás sea de tu hermana, algo
importante
Por no molestarla, y para que sienta que no hay
nada que ocultar, tomo el móvil y leo el mensaje.
— ¿Y
bien? – me pregunta, con un tono afilado en el “bien”
—
Es para una sesión de fotos
— ¿Para quién?
— Ruth,
ya hemos trabajado juntos, necesita unas fotos para actualizar su
Linkedin
— Ah… si Ruth… esa Ruth…
— ¿Qué pasa
con Ruth?
— Nada.
— Ya...
— Es una sesión de
fotos.
— Ya lo sé.
— Entonces…
—Nada.
Otra vez ese «nada».





