Formas de decir "Te extraño"
"Ahora que camino por las calles que recorrimos, mi sombra se pierde en busca de la tuya "
Formas de decir "Te extraño"
"Ahora que camino por las calles que recorrimos, mi sombra se pierde en busca de la tuya "
El olvido no se cimenta en la distancia, ni siquiera en los silencios que llenan el vacío que deja la persona que se va.
El olvido se hace real en un instante fugaz: cuando te encuentras —o más bien te reencuentras— con quien un día te hizo vibrar, y las miradas se cruzan.
Se cruzan como si tendieran un puente silencioso que ninguno de los dos se atreve a cruzar. Y entonces lo sabes. Si ya no tiembla nada, si no arden las mejillas, si el corazón permanece quieto, quizá aquello sí fue olvido.
Pero yo te vi.
Era un día cualquiera, una de esas mañanas soleadas de Madrid en las que el cielo se pinta de azul; ese azul limpio, inmenso, que parece pertenecer solo a Madrid.
A pesar del tiempo, aún percibí aquel brillo en tus ojos. El mismo brillo que antes me envolvía como papel de regalo. Y en el breve instante en que nuestras miradas chocaron, como una ola contra las rocas, mi alma tembló. Mi corazón latió deprisa. Y algo, dentro de mí, cedió.
Como si alguien hubiera hecho estallar una cerradura oxidada por los años, el arcón de los recuerdos se abrió de golpe. Tu sonrisa. Tu voz. Tus besos. Todo aquello que había intentado encerrar en una habitación remota de mi ser para que no doliera volvió de repente. No llamó a la puerta. Entró.
Y nuestras miradas fueron como trapecistas que se cruzan en el aire. El público contiene la respiración, temiendo la caída. Pero de pronto una mano encuentra a la otra, y los dos quedan suspendidos, flotando, sujetos a algo que nadie más puede ver.
Ahí comprendí que no había olvido. Que nunca lo hubo.
Solo había sido tiempo congelado.
Porque hay personas, hay amores, que no dicen adiós. Solo pronuncian un “hasta que volvamos a vernos” y se quedan dentro de nosotros, dormidos, esperando. Como si una parte de lo vivido permaneciera intacta, encerrada en una cápsula secreta del alma, aguardando la señal exacta para despertar.
En ese breve instante en que el pasado volvió a respirar dentro del presente, tuve la certeza de que lo vivido no muere del todo. Se transforma en recuerdo, sí, pero en un recuerdo vivo. Latente. Capaz de regresar con solo una mirada.
Hay miradas que son como un desfibrilador. No golpean el pecho: acarician el corazón hasta obligarlo a latir de nuevo.
Olvidar es dejar de sentir.
Pero tu mirada sobre la mía —y la mía perdida en la tuya— dejó claro que hay historias que sobreviven al tiempo. Historias que, aunque se detuvieran en un punto de nuestra vida, jamás terminaron del todo.
Cerré los ojos, impregnándome de la cálida sensación de que, por un momento, habías vuelto. Una lágrima, libre como un pájaro que escapa de su jaula, rodó por mi mejilla.
Me giré.
No quería que aquello se convirtiera otra vez en dolor. No quería regresar a la nostalgia, ni abrir de nuevo una herida que había aprendido a cubrir.
Y entonces…
Entonces oí tu voz.
—Nico… espera.
Aún recuerdo la primera vez que llegaste.
Sonreías, como lo has hecho siempre, con esa luz en tus ojos, en esa mañana de primavera, te tumbaste con la espalda pegada a mi tronco.
Mis ramas se inclinaron para verte mejor, las hojas se abrieron para darte sombra, y oí tu voz con ese acento tan particular.
Volviste otros días cuando el verano apretaba buscando el regazo que te ofrecía, escuchando como soñabas en alto, tus ilusiones y tus tristezas, yo procuraba refrescarte en esos días tan cálidos, y cuando te sentía triste mecía mis hojas para que el sonido de su movimiento acunara tus penas.
Otras llegabas entusiasmada y me abrazabas corrías dando vueltas, saltando y yo dejaba caer sobre ti los pétalos de mis flores.
Le diste nombre a nuestro rincón, más te enfadabas cuando alguien más buscaba cobijo y sombra, yo nunca di la mejor sombra, ni el mejor frescor, pues ese lo tenía guardado para ti.
Y un día te vi aparecer con un hacha, "si este árbol no es solo para mi, no lo será para nadie" y sentí el primer corte profundo, la sabia regar la hierba, así un golpe tras otro, hasta que caí a tus pies.
Nunca supiste que mis hojas, mis ramas, y mi sombra eran para ti.
Ahora solo soy unos trozos de madera desperdigados por el campo, y aunque mis raíces siguen clavadas en este campo, ya nada será igual
Ya están a la venta en Amazon la serie de libros que he escrito
- Aylin
En Amazón
Aylin
nació de una pregunta silenciosa:
¿qué haríamos si
supiéramos que el tiempo no es infinito?
Este libro no es solo una historia de amor ni una novela sobre el destino. Es un homenaje a la fragilidad, a las personas que viven con una grieta en el pecho y aun así eligen amar, crear, acompañar y quedarse un rato más. Aylin no es un personaje perfecto: es humana, luminosa y mortal. Y quizá por eso resulta tan real.
Quise escribir sobre la urgencia de vivir sin prisa. Sobre quienes leen el mundo con una sensibilidad distinta, sobre los encuentros que parecen casuales pero nos transforman para siempre. Sobre el miedo a quedarse… y el miedo, aún mayor, a marcharse.
- Aylin Libro II. La brújula del corazón
Escribir esta segunda parte de la historia de Aylin y Nico ha sido un viaje personal hacia las dualidades del alma humana: la fragilidad y la resiliencia, el silencio y el grito, el hogar y el frente de batalla.
En esta obra, he querido explorar cómo los hilos del destino no solo nos unen a quienes amamos, sino también a aquellos que, incluso en la muerte, nos permiten seguir viviendo. La trama se construye sobre la idea de que un corazón trasplantado no es solo un órgano que bombea sangre, sino un archivo de memorias y deudas pendientes que reclaman su lugar en el mundo.
- Aylin Libro III. El corazón de Yaroslav
En Amazón
Escribir
esta historia ha sido, ante todo, un ejercicio de memoria y gratitud.
A través de las páginas de "El Latido de Yaroslav",
he intentado capturar la fragilidad de nuestra existencia, pero sobre
todo, la invencible fuerza que emerge cuando todo parece perdido.
Esta novela es un homenaje a los que ya no están. A los "Yaroslav" que, con su último aliento, permitieron que otros siguieran respirando. Vuestra ausencia es el motor que nos obliga a contar la verdad, a no permitir que el silencio gane la última batalla.
- Aylin. Libro IV. El último rio
En Amazón
Escribir esta historia ha sido, en muchos sentidos, un descenso personal a mis propios búnkeres. A través de Nico, he querido explorar esa herida que muchos cargamos: la de sentirnos espectadores de nuestra propia existencia, protegidos tras una barrera invisible para no ser heridos por la realidad.
La guerra en Ucrania sirve aquí no solo como un escenario de conflicto geopolítico, sino como el espejo de la lucha interna entre la desesperanza y la luz. Personajes como Dmytro o Witch representan a esos héroes anónimos que, en mitad del barro y la nieve, no solo defienden una bandera, sino la idea misma de humanidad.
Esta novela es un homenaje a las víctimas silenciosas, a los niños cuya infancia fue robada en la oscuridad, y a todos aquellos que, como Lev, están dispuestos a convertir su propio cuerpo en un mapa de resistencia por un ideal.
Pero, por encima de todo, es una carta de amor a la esperanza.
Tengo
la cuchilla entre mis dedos, es extraño lo fría que está, algo tan
pequeño puede acabar con algo que debería ser, de alguna manera,
grande.
Siento una sensación agridulce, por un lado las cosas
que se van a perder, la personas, los momentos, los recuerdos, la
música, los libros, lo que podría llegar inesperadamente… y la
otra cara de la moneda, la paz, la tranquilidad, el olvidarse de esa
presión en el pecho constante, de esos amaneceres donde levantarse
cada día supone como si fueras a escalar el Everest. Las ganas
inmensa de llorar, y tener que reprimirlas para que nadie te vea.
Sonreír cuando el alma está rota.
Miro
su filo, y en el reflejo veo otros ojos, con una mezcla de lástima e
impotencia. ¿Qué dejas a las personas que te quieren? Un cuerpo
inerte. un cúmulo de preguntas sin responder, y dolor, un dolor que
no se va a curar nunca, que quedará siempre flotando junto a las
preguntas que se harán ¿Por qué? ¿Puede hacer algo más? ¿Porqué
no lo vi venir?
El
dolor se propaga como el fuego si le echas gasolina, yo me libraré
del mío, pero no es librarse del todo por que lo estas transfiriendo,
se lo pasas a las personas que te quieren.
El golpe de la
persona que te encuentra, las llamada telefónicas con la noticia, el
silencio ensordecedor que llena el cuerpo, se pega a cada pliegue de
la piel, y viene grapado con las preguntas ¿Había señales que no
vi? ¿Fue mi culpa?
Y
lo que dejas es la duda eterna, que se convertirá en un fantasma
que va a acompañarles toda la vida… y entonces surge la duda ¿es
mi acto un acto de valentía o es el acto más egoísta que puede
realizar un ser humano?
Es
el acto más egoísta imaginable. Es priorizar mi necesidad de
silencio sobre su necesidad de paz. Es elegir mi alivio a costa de su
tormento. Es dejarles una herida abierta que nunca, jamás, podrá
cicatrizar del todo.
Mi
mano tiembla. La cuchilla ya no es una salvación, es un arma. Un
arma que no solo apunta contra mí, sino contra todos los que alguna
vez me importaron. Y el peso de esa revelación es tan insoportable
como el dolor que me trajo hasta aquí.
El egoísmo. La última barrera. La más difícil de franquear.