viernes, octubre 23, 2026

Antes de decir... te quiero (Capt. 10)

 



Empieza la semana.

Tengo que preparar un taller de fotografía.

Hace años mi vida laboral dio un vuelco. Trabajaba como consultor externo en un gran banco y, después de seis años, cerraron el proyecto y me fui a la calle.

Esa fragilidad termina contaminando los otros ámbitos de la vida.

Demasiado joven para no seguir trabajando, demasiado viejo para que te contraten.

Y lo que es el destino, la pasión de siempre terminó siendo la salida a aquella situación.

El martes me llama Ruth, hemos hecho varias sesiones con ella, trabaja en una empresa de eventos y me han contratado varias veces para que cubra alguno de ellos.

— Nico, quiero hacerme unas fotos, tengo un traje de flamenca y me dejan hacerlas en un sitio especial ¿qué te parece?
— Claro, dime que día y vamos para allá.
— ¿Mañana?
— Perfecto, esta semana la tengo despejada.

Fue una buena sesión, de la que salió un buen trabajo.
Edité rápido las fotos, y las subí a mí porfolio y a instagram.

Aquella tarde...

— Hola, estoy fuera…

Tarda un rato en contestar.

— Ahh, vale, salgo en cinco minutos. — me contesta ella.

He ido a buscarla a su trabajo. Sé que debería avisarle antes, pero sigo pensando que es una buena sorpresa salir y encontrarte a alguien esperándote.

— ¿Cómo es que has venido? – me pregunta, y hay algo en su tono de voz que siento áspero
— Bueno, me gusta verte, aunque sea un ratito

En su cara se dibuja una medio sonrisa.

— Si quieres tomamos un café — me dice.
— Vamos…

Bajamos por la calle Alcalá, me cuenta como ha ido su día, las peleas que tiene con algunas compañeras de trabajo y algunas anécdotas de los médicos.

Ya en la cafetería, noto que hay algo que no encaja

— ¿Que te pasa? Estas rara – le pregunto

— Nada, en serio

Pero no la creo.

— Venga dime…
— Es que he visto tus últimas fotos… siempre me dices que no te gusta el flamenco y vas y le haces fotos a… ella y de flamenca… — ese ella se desliza en sus labios de una forma especial.
— Pero si son solo fotos, me llamó que quería hacer una sesión, y como además me da trabajo, no podía negarme…
— Sí, siempre me dices lo mismo, pero…
— ¿Pero?
— Nada…
— Sí, si hay algo, te lo he notado desde que te he visto, ¿tú crees que si tuviera algo que ocultar iba a tener en abierto mi instagram para que lo vieras?
— Ya, ya… pero no te gusta el flamenco y con ella… vas y le haces las fotos, y los dos solos...

Me callo, siento una desazón interior, una tristeza me invade y tiene el mismo sabor añejo de tiempos pasados.
Doy un trago a mí café y la miro sin decir nada.

— Nico… es que siempre es lo mismo… no me dices nada y me encuentro con esto.

— ¿Qué es esto…? — hay un tono duro en mi voz — Es mi trabajo, hago fotos y lo sabes, desde que empezamos no te he ocultado nada, ves mis fotos, ella me da trabajo y si me pide un favor… — me paro porque no sé por qué tengo que dar explicaciones, pero… es ella.

— También hiciste las fotos del teatro y no me dijiste nada, hasta que lo vi, Déjalo, no me entiendes.

La miro. Quiero decirle que la entiendo. Pero no sé cómo explicárselo sin que parezca que estoy justificándome.

Su inseguridad, ella dice que no son celos, pero hay una sombra en ella, la que proyectó las continuas infidelidades de un marido del que estaba profundamente enamorada. Y esa sombra nos alcanza a todos.

— Sí, mejor lo dejamos.

Y sé que no es lo que quería decir.

Nos vamos del café, la acompaño hasta el autobús, el silencio se ha instalado entre nosotros.

— Ya viene el circular
— Me voy — se acerca, me da un ligero beso — ¿qué voy a hacer contigo, Nico?

viernes, octubre 16, 2026

Antes de decir... te quiero (Capt. 9)


 

CAPÍTULO 9

Es domingo.
Madrid amanece pintado de azul.
No quiero quedarme en casa.

Relleno el cuenco de Odín, y me ajusto las botas, el gato me mira
“ya me vas a dejar solo” parece decirme.

— No tardaré mucho, sé bueno ¿eh?

No sé qué concepto tiene del tiempo, pero no me gusta dejarlo solo.

Voy dando un paseo hasta el Rastro, cuando vivía cerca de allí me encantaba subir a primera hora, ese olor a entresijos recién hechos, la algarabía de los primeros puestos.

No he quedado con ella, respeto su espacio. Sé que los domingos por la mañana le gusta ir al gimnasio. Es su rato. Su manera de olvidarse durante unas horas de todo…

Pero no es solo su rincón, es una manera de cuidarse físicamente. Su pelo, castaño claro cae por encima de sus hombros, nunca se lo deja crecer en exceso, su mirada clara en unos ojos que muchas veces hablan por ella, aunque lo que más se recuerda de ella es su acento del sur, y su sonrisa, amplia y contagiosa.

Camino por la glorieta de Atocha, el camino que he recorrido un montón de veces, y entonces me paro frente al portal donde viví.

Veo pasar un autobús de color verde y salta a mí memoria aquellos autobuses en las frías mañanas de invierno…

— ¿Te vienes a mí casa?
— Pero si es mejor que te quedes en la mía, trabajo aquí al lado, y a ti te viene mucho mejor
— Es que nunca quieres venir a la mía.

Lleva razón, pero el madrugón del lunes pesa mucho.

— Está bien, nos vemos en Moncloa ¿no?
— Yupiii, vale . vamos pronto, hacemos la compra que no tengo nada en casa y cenamos, ¡qué bien! ,no sabes la ilusión que me hace.

Me siento feliz. Hacía mucho tiempo que no me sentía así.
Qué más da el madrugón. Qué más da que el lunes me pase medio dormido en el trabajo.

Estamos ya camino de su casa, lejos de Madrid, ella apoya su cabeza sobre mi hombro.

— Estoy cansada, peque, pero hacemos la compra y te llevo a tomar un vino dulce a un sitio que descubrí el otro día.
— Si estás cansada…
— ¡No! Que para una vez que te convenzo para que subas a mí casa…

Y me mira, esa mirada que me desnuda, que me deja vulnerable, que me invita a besarla.

Hemos hecho la compra, subimos por las escaleras de madera que crujen a cada paso que damos, la puerta, verde también, se queja cuando la abre.

Suelta las bolsas, y sin que me de tiempo a entrar me empuja.

— No, no, no, que si entras te tiras en el sofá y no hay quien te mueva, vamos a por esos vinos.

Nos tomamos tres vinos, picamos algo y noto que se le han subido a la cabeza. Se ríe por cualquier cosa, me abraza y me besa por la calle.

Ella, que normalmente se avergüenza de casi todo lo que hago. Ella siempre conseguía sacar mi lado más travieso.

El sábado nos levantamos tarde, nos duchamos, me visto.

— ¿Vas a tardar mucho?
— Estoy eligiendo lo que me voy a poner…
— Ponte cualquier cosa
— No, que te conozco, luego fruncirás el ceño, por que no te gusta cómo visto, y me agobio, me agobio mucho cuando siento que me miras de arriba a abajo.
— Pero si estás siempre guapa cariño – intento calmarla antes de que la tormenta estalle, porque no es la primera vez que tenemos esa discusión.

Sale del dormitorio, con un vestido largo vaporoso, sus gafas de pasta negra… y su sonrisa.

— Pero si estás bellísima.
— Ya, ya… luego me dirás que por qué no me pongo esto o lo otro, que si debería vestir de tal forma… tú tienes ese gusto loco, pero yo soy más convencional y a veces tengo la sensación de que no termino de gustarte
— Estás loca…

Y la atraigo hacia mí, la beso antes de que siga con los reproches.

Pasamos el fin de semana, el lunes amanece pronto, hace frío, una niebla cubre la carretera mientras bajamos en el autobús, ella se acurruca a mí lado.

Un grito me vuelve al presente.

“Camisetas, a cinco euros, vamos que me las quitan de las manos…”

Sigo caminando por la calle Ribera de Curtidores, pienso “qué fácil parecía entonces todo… ¿que había que no hay ahora…? No tenía miedo”

C
uando me vibra el móvil.

“¿Te apetece tomar algo cuando salga del gym? tengo que subir al centro”

Es ella.

“Sí, claro, estoy por tu barrio, dime a qué hora”
“Dame una hora, a las 12 donde siempre”
“ok nos vemos allí”

Me alegra que me haya escrito, tengo ganas de verla.

Mientras subo por la calle embajadores, paso al lado de una librería, me gusta su nombre “Claro de luna”, pienso qué diferencia hay entre lo que sentía hace años y ahora… soy otra persona, he cambiado, quizás ahora tenga más miedo, sentir de diferente manera no significa que no sienta, las personas a las que amo también son diferentes.

¿Porqué siempre hay un espacio que no sé cómo llenarlo?

La veo en la esquina.
Siento una emoción especial, que me llena de una tranquilidad.

Un beso suave en los labios.

— ¿Y cómo es que estás por el barrio? – me pregunta.
— Me aburría en casa, y sabes que el Rastro tiene un encanto especial.
— Tengo que comprar unas cosas a mí hija ¿me acompañas?
— Claro, para eso estoy aquí.

Su hija..., al principio todo iba bien. Me acogió, jugábamos juntos, nos llevábamos bien. Hasta que un día algo cambió. Empezó a marcar distancias, a dejar claro dónde estaba mí sitio. Y allí no lo era Ella se lo permitió.
Fue la primera vez que sentí que había una puerta que no podía cruzar.

Pasamos el resto de la mañana comprando ropa, tomamos una cerveza y la acompañé hasta su casa.

— Voy a hacer la comida en un rato llegará.
— Lo sé, ya me voy.

Nos quedamos un rato abrazados, como si fuera una despedida, no un “hasta pronto” sino un “ya nos veremos”.

Vuelvo a casa, me pongo los cascos, suena “Let her go” de Passenger, a veces creo que el reproductor me lee los sentimientos.

lunes, octubre 12, 2026

Antes de decir... te quiero (Capt. 8)


 

CAPÍTULO 8

Odin subido en el mueble, me mira.

— No he tardado mucho, ya estoy aquí.

Se gira oculta su cabeza entre las patas y me ignora.

— ¿Tú también? – le pregunto a sabiendas que no va a contestarme.

Entro en mi dormitorio. La cama sigue deshecha y su perfume todavía está en el aire. Me dejo caer y cierro los ojos.

— ¿Por qué estos momentos son tan especiales y luego…?

Me dejo llevar y en mi mente saltan unos recuerdos casi olvidados.

Ella está sentada en una silla, junto a sus amigos, yo en el reposa brazos, me inclino, y ella se acerca esperando a que dijera algo, pero no, solo acerco mi boca a la suya, es la primera vez que la beso, me da igual que sea delante de sus amigos, y ella responde a mí beso.

Luego iríamos avanzando, dos jóvenes, descubriendo sus cuerpos, caricias bajo la ropa, besos apasionados roces…

— Hermanito, ¿quieres que te deje mi casa? Me voy este finde.

Y entro en la farmacia, cargado de vergüenza.

— Por favor… una caja de frenadol – bajo un poco el tono de voz – y una caja de preservativos.

Y la dependienta, en voz alta con toda la naturalidad del mundo…

— De 6, de 12 unidades…
— De 6, de 6…

Aquella noche dos torpes cuerpos, entre risas y timidez, juegan a encontrarse.

No teníamos sitio. El coche era nuestro cobijo. Pasábamos aquellos inviernos perdidos en los aparcamientos de la universidad o en los descampados cerca de su casa, con los cristales empañados.

Una noche, una luz iluminó el coche.

Era la policía.

Asomé la cabeza.

Nos miraron y siguieron su camino.

Sabían que aquel lugar era para enamorados.





Después tuvimos nuestra propia casa. Ya no había coches ni descampados. Solo momentos de prisa.

“No tengo mucho tiempo.”

“Da igual.”

Y nos desnudábamos.

Pero los años pasan volando, y entonces…

“hoy estoy muy cansada… me duele la cabeza, mejor mañana…”

Estoy esperando en el salón de casa, ella sale del baño, sus manos tiemblan y los dos juntos miramos aquel aparatito alargado con una pequeña ventanita… una rayita… aguantamos la respiración… dos rayitas… Gritos, lágrimas abrazos…

Y uno nunca sabe lo que la vida te va a cambiar a partir de esas dos rayitas.
Yo sentí que había pasado a segundo plano.
Las llamadas de la familia, las visitas, todo gira en torno a la madre y al bebé, como si ya hubieras hecho tu labor y empezases a ser “prescindible”.

No sé en qué momento fue, pero ya no era como antes, nuestras conversaciones se convirtieron en rutinarias, “¿qué tal el día?, ¿que cenamos?, me voy a la cama, ¿vienes? Si ahora en un ratito…”
Y entre los dos empezó a abrirse un espacio cargado de silencios.

Y aquellos silencios los rellené con charlas por internet, cuando un módem bufaba como un bisonte, y no había chats, sino una especie de salas temáticas.

Al principio eran solo conversaciones. Gente que no conocía, personas que aparecían y desaparecían detrás de un nombre y una pantalla.

Una noche ella entró en la habitación y me encontró delante del ordenador.

— ¿Otra vez con Internet?
— Sí, un momento.

Sé quedó mirándome.

— Llevas toda la tarde ahí.
— No es para tanto.
— Sí que lo es.

No dije nada.

— Te estás perdiendo.

Levanté la mirada.

— ¿Perdiéndome?
— Sí. Estás aquí, pero no estás aquí.

Miré la pantalla.

— Solo estoy hablando con gente.
— Ya lo sé.

Se acercó, me dio un beso y salió de la habitación.

Yo volví a mirar el monitor. Quizá debería haber apagado el ordenador.

No lo hice.

Conversaciones con desconocidos. Nadie te conoce, nadie te juzga. Y me fui enredando.

Pero aquella noche ella ya me lo había advertido.

Y yo todavía no sabía hasta dónde podía llegar a perderme.



Abro los ojos y ahogo un sollozo.
Quiero cerrar esa puerta. Esos recuerdos todavía duelen. Llegan cargados de culpa, del daño que hice, de cosas que todavía no he sabido perdonarme.

Me meto en la ducha y dejo caer el agua sobre mi cuerpo intentando que con ello se lleve ese sentimiento, pero no impide que termine llorando.

viernes, octubre 09, 2026

Antes de decir... te quiero (Capt. 7)


 

CAPÍTULO 7

Subimos a mí casa,

Odin se acerca la huele, la reconoce y frota su cabeza en su pierna.
Ella se agacha, lo acaricia.
El maldito gato se rinde y le muestra la panza para que se la rasque… una sutil manera de traicionarme.

Es su don, con los gatos especialmente, tiene uno llamado Tilo. Pero es esa ternura, esa suavidad en el trato la que la hace especial, la transmite con su mirada, con sus caricias, aunque cuando se enfada, puede volverse hielo, abre sus oscuros recuerdos y ya no puedes pararla.

Pongo música al azar y suena «Champagne Problems», de Taylor Swift. Ella no entiende del todo la letra. Yo sí.

Entramos en mi dormitorio,

Odin salta a la mesa donde tengo el ordenador. Se tumba pone su cabeza sobre sus patas y nos mira.

Me acerco a ella.
La miro.
Pongo mi dedo sobre sus labios indicando que no diga nada, y la beso, suavemente al principio, luego más fuerte hasta que el beso se vuelve apasionado.

Caemos en la cama, nos desnudamos con urgencia, y hacemos el amor.

La vuelvo a besar, primero las manos, el hombro desnudo, la boca.

— Me muero de sueño
— Lo sé, después de hacerlo te quedas tan relajada…
— Es que sabes cómo relajarme

Se da la vuelta y en un instante siento como su respiración se va acompasando a un ritmo lento y profundo.

Yo me quedo despierto. Odín también se ha dormido.

Miro el techo. No puedo dormir.

Y en medio de ese silencio vuelve una frase, como si alguien la hubiera dejado ahí:

“siempre terminas perdiéndote…”,

La miro dormir plácidamente, alejada de mi ruido.

¿Por qué no puedo hacer lo mismo? ¿Por qué, si acabamos de hacer el amor, siento que hay un océano entre nosotros? ¿O solo soy yo quien lo siente?

Al final caigo dormido, acurrucado a su espalda.

Un golpe en el hombro, abro los ojos y me encuentro una mirada pegada a mí nariz.

— ¡¡Odin!! joder que susto me has dado.

Salta a mí lado, su hueco lo ocupa ella, miro el reloj las 8.15, me levanto sin hacer ruido, vacío su cuenco y le pongo comida, me mira, parece que me dice “ya era hora, me tienes abandonado…”

Me visto con lo primero que encuentro, y en silencio bajo a la calle, Madrid aún se despereza, pero en la plaza ya está abierto el puesto de churros y porras.

Hago café, el aroma llena la casa, me asomo a la habitación, ella abre los ojos y sonríe.
Hay momentos que no necesitan nada más.

Desayunamos en la cama.

— ¿Y si hoy no salimos de la cama? – le propongo.
— ¿En serio? Tengo que…
— No tienes nada mejor que hacer, y si tienes algo que hacer lo dejas para mañana…
— Pero es que debo volver a casa, mi hija vuelve por la tarde y…

No dejo que acabe la frase, hay batallas que antes de enfrentarlas están perdidas.

— Está bien, pero quedémonos un rato más.

Hablamos de todo un poco, deslizo mi mano bajo las sábanas y le hago cosquillas

— ¡Para, para…!

Y volvemos a jugar.
Nos vestimos.

— ¿Me puedo duchar?
— Claro, sabes que no tienes que preguntarlo.

La acompaño al autobús.

— Voy contigo hasta tu casa.
— No hace falta, quédate, además ya viene el circular
— Me escribes cuando llegues ¿vale?

Un suave beso, la veo que sube y desaparece calle abajo.

Es entonces cuando vuelve, ese vacío, esa duda

¿Estamos bien o simplemente estamos bien durante unas horas?


lunes, octubre 05, 2026

Antes de decir... te quiero (Capt. 6)

 


CAPÍTULO 6

Ha sido una semana larga.

Conversaciones vacías. “Felices sueños. Buenos días.”

No termino de arrancar. Estoy bien con ella, pero…

Es viernes. He sacado dos entradas para un recital de flamenco, en un tablao pequeño al lado de casa.

A ella le encanta. A mí no demasiado. Me gusta la guitarra y poco más.

Quizá sea una buena idea. Quizá esta vez consigamos tener una de esas noches que antes teníamos. De esas en las que no hacía falta pensar demasiado.

Quiero verla feliz otra vez.

La llamo, está a punto de acabar el trabajo.
Es una luchadora, una leona, ha estado en varios trabajos para sacar adelante su casa y a su hija, sin la ayuda de nadie, a veces discutimos por ello cuando me dice que ha conseguido el trabajo
“por alguien” y yo le respondo que es por su capacidad, por su esfuerzo… pero no me cree.

— ¿Qué haces?

— Acabo de salir y voy para casa.

— Tengo una cosa para ti.

—¿Qué cosa?

— Una sorpresa.

Sé queda en silencio.

— ¿Qué has hecho?

Me río.

— Nada malo.

— Eso dices siempre. Y luego...

Durante unos segundos siento que vuelve a ser ella.

O quizá vuelvo a ser yo.

— Tengo entradas para un recital de flamenco.

— ¿Esta noche?

— Esta noche.

— Pero si tú lo odias, no hagas eso

— ¡Qué más da! A ti te encanta y a mí me encanta que te encante

— ¿Dónde?

— Al lado de casa.

— No sé…

Hay un silencio. Pequeño. Pero lo noto.

— ¿Qué pasa?

— Nada.

Otra vez ese nada.

— ¿Te apetece? – le pregunto sin urgencia.

— Sí.

Y sé que lo dice porque sí.

Pero también sé que no debería preguntar más. Así que no pregunto.

Quedamos a las ocho. Cuelgo.

Miro las entradas encima de la mesa.

No sé por qué últimamente siento que todo lo que hago necesita convertirse en una oportunidad.

Como si cada encuentro tuviera que arreglar algo que estoy haciendo mal.

Como si una cena, un concierto o un fin de semana pudieran devolvernos a un lugar del que quizá ninguno de los dos sabe ya cómo volver.

Guardo las entradas en el bolsillo. Y por primera vez en toda la semana sonrío.

Quedamos en la puerta. Está guapísima. Nunca ha terminado de gustarme su manera de vestir, tan diferente a mis gustos.

— ¡Qué guapa estás! – le digo
— Pero si nunca te gusta lo que me pongo, por mucho tiempo que paso eligiendo la ropa sé que contigo nunca voy a acertar.
— Aun así estás muy guapa.

Entramos y nos ponen en una mesa circular para dos, en primera línea pegados a la tarima, pedimos dos cervezas y no tardan en salir un guitarrista, y a su lado un hombre mayor con aire agitanado, los dos con pantalón negro y camisa blanca.

La miro, sus ojos recorren el espacio, como si fuera su caja de muñecas.

Empieza el espectáculo, palmas, guitarreo, las sevillanas alzando las manos, castañuelas, y entonces noto que cae la primera gota, sale un bailaor lo tengo apenas a medio metro de mi, gira y vuelvo a sentir que algo me moja, se lo digo a ella, sonríe pero no me hace mucho caso, y entonces me doy cuenta, es… es el sudor del bailaor que en cada giro saltan gotas que me caen encima.

Me inclino y se lo susurro al oído, ella me mira y se ríe “anda tonto…” y por un momento siento un cosquilleo en mi estómago.

El espectáculo sigue. De vez en cuando la miro sin que ella lo sepa. La veo sonreír.

A veces la cojo de la mano y ella me mira.

Cierro los ojos. Ojalá este momento durara un poco más.

El espectáculo acaba,

Salimos a la calle.

— Me ha encantado.

— Sabía que te iba a gustar.

— Pero no tienes que hacerlo, a ti no te gusta, seguro que estabas deseando que terminara…

— No, en serio, no me gusta, pero me encanta cómo suena la guitarra, y me encanta aún más hacerte feliz. Vamos a tomar algo.

Entramos en un bar cercano, y pedimos algo de picoteo.
Charlamos de cómo ha ido la semana. Ella se desahoga con sus compañeras, que le hacen la vida imposible.

Yo escucho.

Me vibra el móvil.

— Cógelo – me dice
— No, es un mensaje, ya lo leeré
— Si no me molesta, hazlo, quizás sea de tu hermana, algo importante

Por no molestarla, y para que sienta que no hay nada que ocultar, tomo el móvil y leo el mensaje.

— ¿Y bien? – me pregunta, con un tono afilado en el “bien”
— Es para una sesión de fotos
— ¿Para quién?
— Ruth, ya hemos trabajado juntos, necesita unas fotos para actualizar su Linkedin
— Ah… si Ruth… esa Ruth…
— ¿Qué pasa con Ruth?
— Nada.
— Ya...
— Es una sesión de fotos.
— Ya lo sé.
— Entonces…
—Nada.

Otra vez ese «nada».


viernes, octubre 02, 2026

Antes de decir... te quiero (Capt. 5)


 

CAPÍTULO 5

Bajo andando a casa. En los cascos suena A Thousand Years.

No sé por qué esta canción siempre consigue hacerme sentir un poco más frágil.

Quizá sea eso. La fragilidad.

La incertidumbre de no saber si alguna vez aciertas. De intentarlo una y otra vez.

Me pasó con las ilustraciones. Hice una exposición, casi no vino nadie.
No vendí nada.

Después hice unos diseños para camisetas, no vendí ni una.

También fracasé en el negocio familiar.

Quizá porque nunca creí demasiado en mí.
Quizá porque tampoco nadie parecía hacerlo.

Y entonces recuerdo otro piso.

Uno mucho más pequeño. semioscuro.

La radio suena de fondo. Mi madre está planchando.

Tengo dos hermanas.
Una ya se ha marchado de casa.

En mi mochila llevo las notas del instituto. Las he mirado varias veces y estoy deseando enseñarlas.

Son casi las nueve de la noche cuando llega mí padre. Está cansado.
Como casi siempre.

Mi padre y mi madre se miran. No dicen nada. Solo se miran.

A veces pienso que en aquellas miradas todavía quedaba algo de lo que habían sido.
Quizá amor. Quizá solo costumbre.

Se pone el pijama.

— ¿Hay algo para cenar?

Mi madre casi no contesta. Le pone el plato sobre la mesa.

Ella ya ha cenado.
Mi padre empieza a comer.

La televisión está encendida. Nadie habla. Solo se escucha el sonido de la televisión y los cubiertos contra el plato.

Espero.

Tengo las notas en la mochila.
Quiero enseñárselas.

Cuando termina de cenar, cojo aire.

— Tengo que enseñaros una cosa.

Saco el boletín. Se lo doy a mí padre.

Lo mira.

Después me mira a mí.

—Muy bien.

Y se lo pasa a mí madre.

Ella lo mira.

— Están bien, pero seguro que podrían ser mejores.

Hace una pausa. Y me mira fijamente.

— Ayer hablé con mi hermana y tu primo va a empezar Ingeniería. Ha sacado casi todo sobresalientes. Ya podrías aprender un poco de él.

No digo nada. Recojo el boletín y lo guardo otra vez en la mochila.

Mi padre apura su gintonic de todas las noches.

Mi madre mira la televisión como si estuviera mirando una pared en blanco.

— Me voy a la cama.

— Vale. Descansa. — Les oigo decir

Cierro la puerta de mí habitación, mi hermana pequeña ya está dormida.

Y siento que algo dentro de mí se agrieta un poco más.

*******

No sé por qué recuerdo esto ahora.

Quizá porque durante mucho tiempo he pensado que mi problema era no saber acertar.

Sigo caminando. Ya estoy llegando a casa. El ruido de la calle hace tiempo que se amortiguó en mis oídos,

Abro la puerta. La bola de pelo naranja asoma por el pasillo.

Me mira. Maúlla.

Después se da la vuelta y empieza a caminar hacia la cocina.

— ¿Qué pasa, Odin?

Me sigue esperando.

— Venga.

Abro la nevera.

— ¿Qué tal si te doy uno de los tuyos?

Odin se sienta delante de su recipiente. Empieza a ronronear.

Cojo un snack y se lo pongo.

Sus ojos parecen decirme gracias. Incluso podría jurar que me ha sonreído.

Empieza a comer y lo miro unos segundos.

Con él todo parece más sencillo. Le das algo, y está contento.

No te pregunta si podrías haberlo hecho mejor. No te compara con nadie. No espera nada más.

No enciendo la luz. Me desnudo a oscuras.

Cojo el móvil y abro nuestro chat, tecleo:

“Espero que lo hayas pasado bien con tu amiga. Felices sueños. Un beso.”

Lo miro y no añado nada más.

Simplemente lo envío.

Dejo el móvil sobre la mesa y me dejo caer en el sofá.

Enciendo la televisión, hasta que me quedo dormido.

lunes, septiembre 28, 2026

Antes de decir... te quiero (Capt. 4)



 


CAPÍTULO 4

Subo a esperarla.
Llevo los cascos puestos. Suena
When We Were Young, de Adele.

Sale. Está buscando algo en su bolso.
Levanta la vista y me ve.

Frunce el ceño.
Se acerca y me besa en los labios

Suave. Rápido.
Como si fuera un ritual.

— ¿Qué haces aquí?

Sonrío.

— ¡¡Sorpresa!!

— Ya… ¿No te acuerdas que te dije que hoy había quedado?
— Bueno, pensé que habría tiempo para un café o al menos acompañarte hasta el metro…
— No puedo, casi voy tarde…

Ella suspira. Me mira.

— Tendrías que haberme avisado.

— Pero si te aviso… ya no hay sorpresa…

— Sé que lo haces con tu buena intención, que quieres sorprenderme, pero a veces las sorpresas no son lo que esperas.

Hace una pausa, mira al suelo

— No llegan en el momento oportuno.

Y entonces lo entiendo.
Le gusta tener todo bajo control, es su forma de protegerse, “no vengas a verme cuando no estoy arreglada… si vienes a casa me avisas para estar vestida...”

Quizá hay momentos en los que no quieres una sorpresa.
Quizá ni siquiera quieres que aparezca alguien.
Quizá hay momentos en los que no quieres una sorpresa.

Mientras la escucho, pienso que esto ya lo he vivido. No exactamente así. Pero sí de alguna manera.

Muchos años antes...

Estoy en casa.
Frente al espejo.
Me ajusto el alzacuellos.

Aún suenan sus palabras.

— ¿Una apuesta?
— Sí, vamos a apostar que cuando llegues a la estación de tren no vas a poder besarme…
— No será otra de las tuyas…
— Vamos, es una apuesta, si gano pagas tú la cena, si ganas tú, hago lo que quieras
— No me fío, ni de ti, ni de tus apuestas, sabes que no me gustan estas cosas…

Ya estoy disfrazado. La sotana, el alzacuellos, la maleta de cuero y el sombrero me recuerdan al cura de El exorcista.”

Llego a la estación y la espero al final de las escaleras mecánicas. Tiene que subir a la primera planta y entonces recuerdo su cara, su mirada pasa de alegría a sorpresa y después...no sé descifrarla, llega acompañada. Se acerca y me presenta.

Imagino que les habrá dicho “me espera mí novio…” y yo allí de pie frente a ellos… disfrazado de cura.

Se van,
Metemos su maleta en el coche.

— Tengo que irme, mi madre me espera.

Hay un tono triste en su voz, que no logro descifrar.

Me da dos besos y cuando se despega de mí, la oigo susurrar

— Eres un payaso, un payaso patético.


Vuelvo al presentes, abro los ojos, hemos llegado al metro.

— Gracias por venir – me dice
— Sabes que no tienes por qué darlas…

Y la veo desaparecer.