CAPÍTULO
7
Subimos a mí casa,
Odin
se acerca la huele, la reconoce y frota su cabeza en su pierna.
Ella
se agacha, lo acaricia.
El maldito gato se rinde y le muestra la
panza para que se la rasque… una sutil manera de traicionarme.
Es su don, con los gatos especialmente, tiene uno llamado Tilo. Pero es esa ternura, esa suavidad en el trato la que la hace especial, la transmite con su mirada, con sus caricias, aunque cuando se enfada, puede volverse hielo, abre sus oscuros recuerdos y ya no puedes pararla.
Pongo música al azar y suena «Champagne Problems», de Taylor Swift. Ella no entiende del todo la letra. Yo sí.
Entramos
en mi dormitorio,
Odin salta a la mesa donde tengo el
ordenador. Se tumba pone su cabeza sobre sus patas y nos mira.
Me
acerco a ella.
La miro.
Pongo mi dedo sobre sus labios
indicando que no diga nada, y la beso, suavemente al principio, luego
más fuerte hasta que el beso se vuelve apasionado.
Caemos en la cama, nos desnudamos con urgencia, y hacemos el amor.
La vuelvo a besar, primero las manos, el hombro desnudo, la boca.
—
Me muero de sueño
— Lo sé, después de hacerlo te quedas tan
relajada…
— Es que sabes cómo relajarme
Se da la vuelta y en un instante siento como su respiración se va acompasando a un ritmo lento y profundo.
Yo me quedo despierto. Odín también se ha dormido.
Miro el techo. No
puedo dormir.
Y en medio de ese silencio vuelve una frase, como si
alguien la hubiera dejado ahí:
“siempre terminas
perdiéndote…”,
La
miro dormir plácidamente, alejada de mi ruido.
¿Por qué no puedo hacer lo mismo? ¿Por qué, si acabamos de hacer el amor, siento que hay un océano entre nosotros? ¿O solo soy yo quien lo siente?
Al
final caigo dormido, acurrucado a su espalda.
Un golpe en
el hombro, abro los ojos y me encuentro una mirada pegada a mí
nariz.
— ¡¡Odin!! joder que susto me has dado.
Salta a mí lado, su hueco lo ocupa ella, miro el reloj las 8.15, me levanto sin hacer ruido, vacío su cuenco y le pongo comida, me mira, parece que me dice “ya era hora, me tienes abandonado…”
Me visto con lo primero que encuentro, y en silencio bajo a la calle, Madrid aún se despereza, pero en la plaza ya está abierto el puesto de churros y porras.
Hago
café, el aroma llena la casa, me asomo a la habitación, ella abre
los ojos y sonríe.
Hay
momentos que no necesitan nada más.
Desayunamos en la cama.
—
¿Y si hoy no salimos de la cama? – le propongo.
— ¿En
serio? Tengo que…
— No tienes nada mejor que hacer, y si
tienes algo que hacer lo dejas para mañana…
— Pero es que
debo volver a casa, mi hija vuelve por la tarde y…
No dejo que acabe la frase, hay batallas que antes de enfrentarlas están perdidas.
— Está bien, pero quedémonos un rato más.
Hablamos de todo un poco, deslizo mi mano bajo las sábanas y le hago cosquillas
— ¡Para, para…!
Y
volvemos a jugar.
Nos vestimos.
—
¿Me puedo duchar?
— Claro, sabes que no tienes que
preguntarlo.
La acompaño al autobús.
—
Voy contigo hasta tu casa.
— No hace falta, quédate, además
ya viene el circular
— Me escribes cuando llegues ¿vale?
Un suave beso, la veo que sube y desaparece calle abajo.
Es entonces cuando vuelve, ese vacío, esa duda
¿Estamos bien o simplemente estamos bien durante unas horas?





