CAPÍTULO
8
Odin subido en el mueble, me mira.
—
No he tardado mucho, ya estoy aquí.
Se gira oculta su
cabeza entre las patas y me ignora.
— ¿Tú también? –
le pregunto a sabiendas que no va a contestarme.
Entro en mi dormitorio. La cama sigue deshecha y su perfume todavía está en el aire. Me dejo caer y cierro los ojos.
— ¿Por qué estos momentos son tan especiales y luego…?
Me dejo llevar y en mi mente saltan unos recuerdos casi olvidados.
Ella está sentada en una silla, junto a sus amigos, yo en el reposa brazos, me inclino, y ella se acerca esperando a que dijera algo, pero no, solo acerco mi boca a la suya, es la primera vez que la beso, me da igual que sea delante de sus amigos, y ella responde a mí beso.
Luego iríamos avanzando, dos jóvenes, descubriendo sus cuerpos, caricias bajo la ropa, besos apasionados roces…
— Hermanito, ¿quieres que te deje mi casa? Me voy este finde.
Y entro en la farmacia, cargado de vergüenza.
— Por favor… una caja de frenadol – bajo un poco el tono de voz – y una caja de preservativos.
Y la dependienta, en voz alta con toda la naturalidad del mundo…
—
De 6, de 12 unidades…
— De 6, de 6…
Aquella noche dos torpes cuerpos, entre risas y timidez, juegan a encontrarse.
No teníamos sitio. El coche era nuestro cobijo. Pasábamos aquellos inviernos perdidos en los aparcamientos de la universidad o en los descampados cerca de su casa, con los cristales empañados.
Una noche, una luz iluminó el coche.
Era la policía.
Asomé la cabeza.
Nos miraron y siguieron su camino.
Sabían que aquel lugar era para enamorados.
Después tuvimos nuestra propia casa. Ya no había coches ni descampados. Solo momentos de prisa.
“No tengo mucho tiempo.”
“Da igual.”
Y nos desnudábamos.
Pero los años pasan volando, y entonces…
“hoy
estoy muy cansada… me duele la cabeza, mejor mañana…”
Estoy
esperando en el salón de casa, ella sale del baño, sus manos
tiemblan y los dos juntos miramos aquel aparatito alargado con una
pequeña ventanita… una rayita… aguantamos la respiración… dos
rayitas… Gritos, lágrimas abrazos…
Y
uno nunca sabe lo que la vida te va a cambiar a partir de esas dos
rayitas.
Yo sentí que había pasado a segundo plano.
Las
llamadas de la familia, las visitas, todo gira en torno a la madre y
al bebé, como si ya hubieras hecho tu labor y empezases a ser
“prescindible”.
No
sé en qué momento fue, pero ya no era como antes, nuestras
conversaciones se convirtieron en rutinarias, “¿qué tal el día?,
¿que cenamos?, me voy a la cama, ¿vienes? Si ahora en un ratito…”
Y entre los dos empezó a abrirse un espacio cargado de
silencios.
Y aquellos silencios los rellené con charlas por internet, cuando un módem bufaba como un bisonte, y no había chats, sino una especie de salas temáticas.
Al principio eran solo conversaciones. Gente que no conocía, personas que aparecían y desaparecían detrás de un nombre y una pantalla.
Una noche ella entró en la habitación y me encontró delante del ordenador.
—
¿Otra vez con Internet?
— Sí, un momento.
Sé quedó mirándome.
—
Llevas toda la tarde ahí.
— No es para tanto.
— Sí
que lo es.
No dije
nada.
— Te estás perdiendo.
Levanté la mirada.
—
¿Perdiéndome?
— Sí. Estás aquí, pero no estás aquí.
Miré la pantalla.
—
Solo estoy hablando con gente.
— Ya lo sé.
Se acercó, me dio un beso y salió de la habitación.
Yo volví a mirar el monitor. Quizá debería haber apagado el ordenador.
No lo hice.
Conversaciones con desconocidos. Nadie te conoce, nadie te juzga. Y me fui enredando.
Pero aquella noche ella ya me lo había advertido.
Y yo todavía no sabía hasta dónde podía llegar a perderme.
Abro
los ojos y ahogo un sollozo.
Quiero
cerrar esa puerta. Esos recuerdos todavía duelen. Llegan cargados de
culpa, del daño que hice, de cosas que todavía no he sabido
perdonarme.
Me meto en la ducha y dejo caer el agua sobre mi cuerpo intentando que con ello se lleve ese sentimiento, pero no impide que termine llorando.






