CAPÍTULO 9
Es
domingo.
Madrid amanece pintado de azul.
No quiero quedarme
en casa.
Relleno el cuenco de Odín, y me ajusto las
botas, el gato me mira “ya
me vas a dejar solo”
parece decirme.
—
No tardaré mucho, sé bueno ¿eh?
No sé qué concepto
tiene del tiempo, pero no me gusta dejarlo solo.
Voy dando
un paseo hasta el Rastro, cuando vivía cerca de allí me encantaba
subir a primera hora, ese olor a entresijos recién hechos, la
algarabía de los primeros puestos.
No he quedado con ella, respeto su espacio. Sé que los domingos por la mañana le gusta ir al gimnasio. Es su rato. Su manera de olvidarse durante unas horas de todo…
Pero no es solo su rincón, es una manera de cuidarse físicamente. Su pelo, castaño claro cae por encima de sus hombros, nunca se lo deja crecer en exceso, su mirada clara en unos ojos que muchas veces hablan por ella, aunque lo que más se recuerda de ella es su acento del sur, y su sonrisa, amplia y contagiosa.
Camino por la glorieta de Atocha, el camino que he recorrido un montón de veces, y entonces me paro frente al portal donde viví.
Veo pasar un autobús de color verde y salta a mí memoria aquellos autobuses en las frías mañanas de invierno…
—
¿Te vienes a mí casa?
— Pero si es mejor que te quedes en la
mía, trabajo aquí al lado, y a ti te viene mucho mejor
— Es
que nunca quieres venir a la mía.
Lleva razón, pero el madrugón del lunes pesa mucho.
—
Está bien, nos vemos en Moncloa ¿no?
— Yupiii, vale . vamos
pronto, hacemos la compra que no tengo nada en casa y cenamos, ¡qué
bien! ,no sabes la ilusión que me hace.
Me
siento feliz. Hacía mucho tiempo que no me sentía así.
Qué
más da el madrugón. Qué más da que el lunes me pase medio dormido
en el trabajo.
Estamos ya camino de su casa, lejos de Madrid, ella apoya su cabeza sobre mi hombro.
—
Estoy cansada, peque, pero hacemos la compra y te llevo a tomar un
vino dulce a un sitio que descubrí el otro día.
— Si estás
cansada…
— ¡No! Que para una vez que te convenzo para que
subas a mí casa…
Y me mira, esa mirada que me desnuda, que me deja vulnerable, que me invita a besarla.
Hemos
hecho la compra, subimos por las escaleras de madera que crujen a
cada paso que damos, la puerta, verde también, se queja cuando la
abre.
Suelta las bolsas, y sin que me de tiempo a entrar
me empuja.
— No, no, no, que si entras te tiras en el sofá y no hay quien te mueva, vamos a por esos vinos.
Nos tomamos tres vinos, picamos algo y noto que se le han subido a la cabeza. Se ríe por cualquier cosa, me abraza y me besa por la calle.
Ella, que normalmente se avergüenza de casi todo lo que hago. Ella siempre conseguía sacar mi lado más travieso.
El sábado nos levantamos tarde, nos duchamos, me visto.
—
¿Vas a tardar mucho?
— Estoy eligiendo lo que me voy a
poner…
— Ponte cualquier cosa
— No, que te conozco,
luego fruncirás el ceño, por que no te gusta cómo visto, y me
agobio, me agobio mucho cuando siento que me miras de arriba a
abajo.
— Pero si estás siempre guapa cariño – intento
calmarla antes de que la tormenta estalle, porque no es la primera
vez que tenemos esa discusión.
Sale del dormitorio, con un vestido largo vaporoso, sus gafas de pasta negra… y su sonrisa.
—
Pero si estás bellísima.
— Ya, ya… luego me dirás que por
qué no me pongo esto o lo otro, que si debería vestir de tal forma…
tú tienes ese gusto loco, pero yo soy más convencional y a veces
tengo la sensación de que no termino de gustarte
— Estás
loca…
Y la atraigo hacia mí, la beso antes de que siga con los reproches.
Pasamos el fin de semana, el lunes amanece pronto, hace frío, una niebla cubre la carretera mientras bajamos en el autobús, ella se acurruca a mí lado.
Un grito me vuelve al presente.
“Camisetas, a cinco euros, vamos que me las quitan de las manos…”
Sigo
caminando por la calle Ribera de Curtidores, pienso “qué
fácil parecía entonces todo… ¿que había que no hay ahora…?
No tenía miedo”
Cuando
me vibra el móvil.
“¿Te apetece tomar algo cuando salga del gym? tengo que subir al centro”
Es
ella.
“Sí, claro, estoy por tu barrio, dime a qué
hora”
“Dame una hora, a las 12 donde siempre”
“ok
nos vemos allí”
Me
alegra que me haya escrito, tengo ganas de verla.
Mientras
subo por la calle embajadores, paso al lado de una librería, me
gusta su nombre “Claro de luna”, pienso qué diferencia hay entre
lo que sentía hace años y ahora… soy otra persona, he cambiado,
quizás ahora tenga más miedo, sentir de diferente manera no
significa que no sienta, las personas a las que amo también son
diferentes.
¿Porqué siempre hay un espacio que no sé
cómo llenarlo?
La
veo en la esquina.
Siento una emoción especial, que me llena de
una tranquilidad.
Un beso suave en los labios.
—
¿Y cómo es que estás por el barrio? – me pregunta.
— Me
aburría en casa, y sabes que el Rastro tiene un encanto especial.
—
Tengo que comprar unas cosas a mí hija ¿me acompañas?
—
Claro, para eso estoy aquí.
Su
hija..., al principio todo iba bien. Me acogió, jugábamos juntos,
nos llevábamos bien. Hasta que un día algo cambió. Empezó a
marcar distancias, a dejar claro dónde estaba mí sitio. Y allí no
lo era Ella se lo permitió.
Fue la primera vez que sentí que
había una puerta que no podía cruzar.
Pasamos el resto de la mañana comprando ropa, tomamos una cerveza y la acompañé hasta su casa.
—
Voy a hacer la comida en un rato llegará.
— Lo sé, ya me
voy.
Nos quedamos un rato abrazados, como si fuera una
despedida, no un “hasta pronto” sino un “ya nos
veremos”.
Vuelvo a casa, me pongo los cascos, suena “Let
her go” de Passenger, a veces creo que el reproductor me lee los
sentimientos.






