lunes, junio 08, 2026

Demolición

 Madrid vuelve a ser ese asfalto que arde, ese sol del que huyes buscando una sombra, el griterío de las terrazas cuando cae la tarde.

Madrid se tiñe de verano, con su cielo azul, y sus 40 grados al sol, una ciudad que se esconde, para revivir al amanecer y vivir de  noche.

Recorro el Retiro, una vez más, a primera hora de la mañana, y ya hay gente, las casetas de la feria de libro están cerradas, hay reuniones de dueños de perros mientras estos corretean felices, corredores, turistas... y él.

Él está, como siempre, como antes y como lo hará cada vez que lo busque.

No saludamos, esta vez caminamos entre los árboles camino del Ángel Caído.

Me mira.

- Hay algo en tu mirada que no quieres enseñar - me dice.
- No puedo ocultarte nada... aunque lo intente.
- Es lo que tiene llegar a viejo, "sabe más el diablo por viejo que por diablo"
- ¿Sabes...?

Me siento como esos edificios que ahora renuevan, dejan la fachada exterior intacta, como si detrás nada sucediera, pero si te asomas, no queda nada, la fachada mantiene esa imagen, sin enseñar que detrás hay un vacío...

Hay días en los que uno aprende a sonreír como quien se pone una máscara. Sales a la calle, saludas, respondes que estás bien, incluso haces bromas. 

Cumples con el mundo. Das la apariencia correcta. La de alguien entero. La de alguien que sigue. La de alguien que no se ha quedado detenido en un instante que los demás ya olvidaron.
Pero por dentro no hay ruido. Hay derrumbe. Por dentro eres un edificio después del impacto.

Sigues de pie, sí, pero solo porque nadie se ha acercado lo suficiente para ver las grietas.
Algunas personas llegan a tu vida como una bola de demolición: no llaman, no avisan, no piden permiso. Entran, arrasan, rompen muros que tardaste años en levantar y, cuando se marchan, dejan polvo donde antes había hogar.

Y tú te quedas ahí. Vacío. Invisible.

Con la sensación amarga de haber dado ya el último abrazo sin saber que era el último.
El último beso.
La última vez que tu mano buscó la suya.
La última mirada antes del silencio.

Y duele más lo que no se dijo.
Ese te quiero que se quedó atrapado en la garganta.
Esa frase que parecía poder esperar a mañana, hasta que mañana ya no llegó.

Porque a veces uno cree que el amor tiene tiempo, que las personas permanecen, que los caminos no se rompen tan deprisa. Y luego descubres que hay despedidas que no hacen ruido, pero te parten igual. Hay personas que se pierden en mundos que solo existen dentro de su cabeza. Mundos llenos de miedos, dudas, fantasmas, heridas antiguas.

Y mientras miran hacia dentro, no ven lo que tienen delante.
No ven ese gesto pequeño que vale más que mil palabras. No ven al que está siempre. Al de los buenos días y los felices sueños. Al que escucha aunque esté cansado. Al que apoya aunque también esté roto. Al que busca, insiste y elige una y otra vez, incluso cuando no recibe lo mismo.

Y aun así, un día, esa persona se va.

Se va como las aves cuando llega el invierno.
Sin odio.
Sin estruendo.
Sin mirar demasiado atrás.

Solo se va.

Y tú te quedas con el frío.
Te quedas con un dolor que no se apaga del todo, con una cicatriz que parece cerrada hasta que cualquier canción la abre de nuevo.
Te quedas con ese nudo feroz de lo que pudo ser. Con la costumbre absurda de buscar su sombra en cada calle, en cada baldosa de aquellos paseos, en cada esquina donde alguna vez fuiste feliz sin saber que estabas guardando recuerdos para sobrevivir después.

La buscas en una canción.
En el olor del café con porras.
En el hueco frío de la cama.
En el calor que tuvo una piel entre las sábanas.
En una risa parecida.
En una mirada que no es la suya.
En todo.

Porque hay pérdidas que no solo te quitan a una persona.
Te quitan una versión de ti mismo.
Te quitan la ilusión con la que despertabas.
La calma de saber que alguien estaba ahí.
La sonrisa por la que merecía la pena vivir un día más. Esa mirada que decía todo sin necesidad de palabras.
Ese refugio que uno no supo nombrar hasta que se quedó sin él.

Y entonces entiendes algo terrible: no siempre se llora por quien se fue.
A veces se llora por quien eras cuando esa persona estaba. Por la fe que tenías. Por la ternura que entregaste. Por la esperanza que pusiste en unas manos que no supieron sostenerla.
Pero incluso roto, incluso vacío, incluso invisible, sigues aquí. Y aunque ahora no lo parezca, eso también dice algo de ti. Que hubo derrumbe, sí. Pero todavía queda alguien entre los escombros respirando.

Pero yo ya no se si quiero respirar.

El viejo me mira, se para, me abraza, y no dice nada, sabe que no hay palabras que curen.

Y así, sin decir nada solo la compañía de mi viejo, nos perdemos por el Retiro


miércoles, junio 03, 2026

Mis Frases "Un café contigo"

 

Un café contigo...

Es ese momento infinito de aquella canción que nunca quieres que acabe,
que oyes en bucle una y otra vez.

Ese momento donde dos almas se encuentran, desnudas, entre silencios y palabras no dichas.

Es un viaje a lo desconocido, donde el mundo se para, la gente no importa, solo tú y y yo... y dos tazas de café

Mis Frases "Me encantas"

Cómo decir "Me encantas"

- No supe conjugar el verbo "vivir" hasta que te conocí.

domingo, mayo 24, 2026

No había nadie excepto tú

No había fantasmas atravesando las paredes,
ni había recuerdos escondidos en los armarios.

No había muertos vivientes debajo de la cama,
ni había zombis que volvían del pasado.

No había nadie excepto tú.

Pero te volviste cual "Don Quijote" sin Sancho
viendo gigantes donde únicamente había molinos.

Y arremetiste con tal virulencia,
que arrasaste todo lo que se había construido.

Sin saber que... No había nadie excepto tú.

Ya solo quedan los fantasmas de "Que tengas un buen día", aquellos "escríbeme cuando llegues a casa" o "ten dulces sueños"

Y en mi mente circulan palabras como zombis: "se lo tengo que contar", " qué bonito le quedaría ese vestido..."

Porque no había nadie excepto tú.

Ahora los molinos son frases escritas en el vaho de un cristal:
"esto le habría gustado" "esto le habría hecho feliz"

Y ya no queda nadie... ni tú.

martes, mayo 19, 2026

Mis frases "Te extraño" "Me gustas"

Formas de decir "Te extraño"


"Ahora que camino por las calles que recorrimos, mi sombra se pierde en busca de la tuya "

Formas de decir "Me gustas"

"Cada vez que te veo acaricias mi corazón para que lata al compás del tuyo "


lunes, mayo 18, 2026

El olvido

El olvido no se cimenta en la distancia, ni siquiera en los silencios que llenan el vacío que deja la persona que se va.

El olvido se hace real en un instante fugaz: cuando te encuentras —o más bien te reencuentras— con quien un día te hizo vibrar, y las miradas se cruzan.

Se cruzan como si tendieran un puente silencioso que ninguno de los dos se atreve a cruzar. Y entonces lo sabes. Si ya no tiembla nada, si no arden las mejillas, si el corazón permanece quieto, quizá aquello sí fue olvido.

Pero yo te vi.

Era un día cualquiera, una de esas mañanas soleadas de Madrid en las que el cielo se pinta de azul; ese azul limpio, inmenso, que parece pertenecer solo a Madrid.

A pesar del tiempo, aún percibí aquel brillo en tus ojos. El mismo brillo que antes me envolvía como papel de regalo. Y en el breve instante en que nuestras miradas chocaron, como una ola contra las rocas, mi alma tembló. Mi corazón latió deprisa. Y algo, dentro de mí, cedió.

Como si alguien hubiera hecho estallar una cerradura oxidada por los años, el arcón de los recuerdos se abrió de golpe. Tu sonrisa. Tu voz. Tus besos. Todo aquello que había intentado encerrar en una habitación remota de mi ser para que no doliera volvió de repente. No llamó a la puerta. Entró.

Y nuestras miradas fueron como trapecistas que se cruzan en el aire. El público contiene la respiración, temiendo la caída. Pero de pronto una mano encuentra a la otra, y los dos quedan suspendidos, flotando, sujetos a algo que nadie más puede ver.

Ahí comprendí que no había olvido. Que nunca lo hubo.

Solo había sido tiempo congelado.

Porque hay personas, hay amores, que no dicen adiós. Solo pronuncian un “hasta que volvamos a vernos” y se quedan dentro de nosotros, dormidos, esperando. Como si una parte de lo vivido permaneciera intacta, encerrada en una cápsula secreta del alma, aguardando la señal exacta para despertar.

En ese breve instante en que el pasado volvió a respirar dentro del presente, tuve la certeza de que lo vivido no muere del todo. Se transforma en recuerdo, sí, pero en un recuerdo vivo. Latente. Capaz de regresar con solo una mirada.

Hay miradas que son como un desfibrilador. No golpean el pecho: acarician el corazón hasta obligarlo a latir de nuevo.

Olvidar es dejar de sentir.

Pero tu mirada sobre la mía —y la mía perdida en la tuya— dejó claro que hay historias que sobreviven al tiempo. Historias que, aunque se detuvieran en un punto de nuestra vida, jamás terminaron del todo.

Cerré los ojos, impregnándome de la cálida sensación de que, por un momento, habías vuelto. Una lágrima, libre como un pájaro que escapa de su jaula, rodó por mi mejilla.

Me giré.

No quería que aquello se convirtiera otra vez en dolor. No quería regresar a la nostalgia, ni abrir de nuevo una herida que había aprendido a cubrir.

Y entonces…

Entonces oí tu voz.

—Nico… espera.




jueves, abril 02, 2026

El árbol

Aún recuerdo la primera vez que llegaste.

Sonreías, como lo has hecho siempre, con esa luz en tus ojos, en esa mañana de primavera, te tumbaste con la espalda pegada a mi tronco.

Mis ramas se inclinaron para verte mejor, las hojas se abrieron para darte sombra, y oí tu voz con ese acento tan particular.
Volviste otros días cuando el verano apretaba buscando el regazo que te ofrecía, escuchando como soñabas en alto, tus ilusiones y tus tristezas, yo procuraba refrescarte en esos días tan cálidos, y cuando te sentía triste mecía mis hojas para que el sonido de su movimiento acunara tus penas.

Otras, llegabas entusiasmada y me abrazabas, corrías dando vueltas, saltando y yo dejaba caer sobre ti los pétalos de mis flores.

Le diste nombre a nuestro rincón, más te enfadabas cuando alguien más buscaba cobijo y sombra,  yo nunca di la mejor sombra, ni el mejor frescor, pues ese lo tenía guardado para ti.

Y un día te vi aparecer con un hacha, "si este árbol no es solo para mi, no lo será para nadie" y sentí el primer corte profundo, la sabia regar la hierba, así un golpe tras otro, hasta que caí a tus pies.

Nunca supiste que mis hojas, mis ramas, y mi sombra eran para ti.

Ahora solo soy unos trozos de madera desperdigados por el campo, y aunque mis raíces siguen clavadas en este campo, ya nada será igual

martes, febrero 03, 2026

Serie de Libros AYLIN

 


Ya están a la venta en Amazon la serie de libros que he escrito


- Aylin

En Amazón

Aylin nació de una pregunta silenciosa:
¿qué haríamos si supiéramos que el tiempo no es infinito?

Este libro no es solo una historia de amor ni una novela sobre el destino. Es un homenaje a la fragilidad, a las personas que viven con una grieta en el pecho y aun así eligen amar, crear, acompañar y quedarse un rato más. Aylin no es un personaje perfecto: es humana, luminosa y mortal. Y quizá por eso resulta tan real.

Quise escribir sobre la urgencia de vivir sin prisa. Sobre quienes leen el mundo con una sensibilidad distinta, sobre los encuentros que parecen casuales pero nos transforman para siempre. Sobre el miedo a quedarse… y el miedo, aún mayor, a marcharse.

- Aylin Libro II. La brújula del corazón

En Amazón

Escribir esta segunda parte de la historia de Aylin y Nico ha sido un viaje personal hacia las dualidades del alma humana: la fragilidad y la resiliencia, el silencio y el grito, el hogar y el frente de batalla.

En esta obra, he querido explorar cómo los hilos del destino no solo nos unen a quienes amamos, sino también a aquellos que, incluso en la muerte, nos permiten seguir viviendo. La trama se construye sobre la idea de que un corazón trasplantado no es solo un órgano que bombea sangre, sino un archivo de memorias y deudas pendientes que reclaman su lugar en el mundo.

- Aylin Libro III. El corazón de Yaroslav

En Amazón

Escribir esta historia ha sido, ante todo, un ejercicio de memoria y gratitud. A través de las páginas de "El Latido de Yaroslav", he intentado capturar la fragilidad de nuestra existencia, pero sobre todo, la invencible fuerza que emerge cuando todo parece perdido.

Esta novela es un homenaje a los que ya no están. A los "Yaroslav" que, con su último aliento, permitieron que otros siguieran respirando. Vuestra ausencia es el motor que nos obliga a contar la verdad, a no permitir que el silencio gane la última batalla.

- Aylin. Libro IV. El último rio

En Amazón

Escribir esta historia ha sido, en muchos sentidos, un descenso personal a mis propios búnkeres. A través de Nico, he querido explorar esa herida que muchos cargamos: la de sentirnos espectadores de nuestra propia existencia, protegidos tras una barrera invisible para no ser heridos por la realidad.

La guerra en Ucrania sirve aquí no solo como un escenario de conflicto geopolítico, sino como el espejo de la lucha interna entre la desesperanza y la luz. Personajes como Dmytro o Witch representan a esos héroes anónimos que, en mitad del barro y la nieve, no solo defienden una bandera, sino la idea misma de humanidad.

Esta novela es un homenaje a las víctimas silenciosas, a los niños cuya infancia fue robada en la oscuridad, y a todos aquellos que, como Lev, están dispuestos a convertir su propio cuerpo en un mapa de resistencia por un ideal.

Pero, por encima de todo, es una carta de amor a la esperanza.