Aún recuerdo la primera vez que llegaste.
Sonreías, como lo has hecho siempre, con esa luz en tus ojos, en esa mañana de primavera, te tumbaste con la espalda pegada a mi tronco.
Mis ramas se inclinaron para verte mejor, las hojas se abrieron para darte sombra, y oí tu voz con ese acento tan particular.
Volviste otros días cuando el verano apretaba buscando el regazo que te ofrecía, escuchando como soñabas en alto, tus ilusiones y tus tristezas, yo procuraba refrescarte en esos días tan cálidos, y cuando te sentía triste mecía mis hojas para que el sonido de su movimiento acunara tus penas.
Otras llegabas entusiasmada y me abrazabas corrías dando vueltas, saltando y yo dejaba caer sobre ti los pétalos de mis flores.
Le diste nombre a nuestro rincón, más te enfadabas cuando alguien más buscaba cobijo y sombra, yo nunca di la mejor sombra, ni el mejor frescor, pues ese lo tenía guardado para ti.
Y un día te vi aparecer con un hacha, "si este árbol no es solo para mi, no lo será para nadie" y sentí el primer corte profundo, la sabia regar la hierba, así un golpe tras otro, hasta que caí a tus pies.
Nunca supiste que mis hojas, mis ramas, y mi sombra eran para ti.
Ahora solo soy unos trozos de madera desperdigados por el campo, y aunque mis raíces siguen clavadas en este campo, ya nada será igual
No hay comentarios:
Publicar un comentario