domingo, octubre 25, 2026

Antes de decir... te quiero (Capt. 11)

 


  1. CAPÍTULO 11



Miro a Odín. El autobús se ha ido con ella y me he quedado con esa sensación de haber dicho cosas sin haber conseguido explicar nada.

Hay fotografías que uno mira muchas veces.

Y otras que prefiere no hacerlo.

No sé cuándo empezó a sentirse así. Quizá fue poco a poco. Quizá hubo un momento concreto y tardé demasiado en darme cuenta.

Intento imaginar qué pasa por su cabeza. Es un ejercicio de malabarismo, porque no puedo saber lo que piensa. Pero voy a intentarlo.

Esta es la historia que yo no he sabido contar, quizás su historia...

“Es una gota más, tu sesión de flamenca, las fotografías, el café y aquella conversación en la que mis dudas terminaron para ti convertidas en celos.

Es tu versión.

No voy a decir que no ocurriera así. Ocurrió así para ti.

Pero yo también estaba allí.

Y hay cosas que todavía no entiendes.

Recuerdo el día de tu cumpleaños.

Me arreglé con ilusión. Me puse aquel vestido especial, el que guardaba para las ocasiones en las que quería sentirme guapa. Quería que fuera una noche bonita. Una cena de los dos. Nada extraordinario.

A veces no necesitas que alguien haga algo extraordinario.

Solo quieres sentir que le alegra estar contigo.

Íbamos por la Gran Vía, camino del restaurante, y Nico hablaba de Ruth.

Yo caminaba a su lado.

Lo escuchaba.

No recuerdo qué me contó exactamente. Recuerdo, sobre todo, aquella sensación de estar presente y, al mismo tiempo, no terminar de estar allí.

Era su cumpleaños. Yo me había arreglado para él.

Y él hablaba de otra mujer.

Quizá para él no significara nada. Quizá solo estaba contándome algo que le había ocurrido, una sesión que había salido bien, una experiencia divertida.

Pero yo no lo viví así.

Y no fue solo aquella noche.

Otro día, de vuelta a casa, volvió a hablarme de ella. De las fotografías que le había hecho, de aquella sesión en la que se vistió de María Antonieta, de las risas, de la complicidad, de caminar por la calle disfrazada y terminar haciendo fotografías en un Burger King.

Lo escuchaba y me preguntaba por qué aquella historia parecía despertar en él tanta ilusión.

No era solo Ruth.

Era la manera en que hablaba de ella.

En el salón tenía fotografías de sus trabajos. Muchas eran de mujeres. Yo lo sabía. Era fotógrafo y aquello formaba parte de su vida.

No le pedía que dejara de serlo.

Pero mi fotografía era pequeña. Estaba en una esquina.

Y un día dejó de estar.

No sé si él llegó a comprender lo que significó para mí.

Yo sí recuerdo cómo me sentí.

Como si, en aquella casa llena de imágenes, la única persona que necesitaba que él la mirase de otra manera fuera precisamente la que menos conseguía hacerlo.

Durante un tiempo intenté convencerme de que eran tonterías mías.

Hasta que una mañana decidí pedirle algo muy sencillo.

—Hazme fotos.

Me puse su camisa blanca. Sabía que le gustaba verme con ella. Cogí una taza de café y me senté sobre la cama, junto a la ventana. Entraba mucha luz. Había buscado algunas ideas en internet, algunas posturas que me parecían bonitas.

Quería gustarle.

Quería que me mirara y que le naciera hacerme una fotografía.

Nada más.

Esperé mientras iba a buscar la cámara, aquella que guardaba en una funda amarilla dentro de la mochila, junto a la mesa.

Tardó.

No sé cuánto tiempo. A veces, cuando esperas algo con mucha ilusión, los minutos duran más de lo normal.

Hizo dos fotografías.

Dos.

Las miré.

— Bórralas.

Lo dije casi sin pensar.

Me dio vergüenza haberlo pedido. Me dio vergüenza haber preparado la escena, haber buscado las posturas, haberme puesto su camisa como si todo aquello pudiera conseguir que me mirase de la forma en que yo necesitaba.

Qué osadía la mía, querer compararme con las mujeres a las que fotografiaba.

No porque ellas tuvieran la culpa de nada.

Sino porque yo había empezado a mirarme a través de una comparación que nunca quise hacer.

Y eso fue lo que más me dolió.

No las fotografías.

No la cámara.

La sensación de que, para despertar en él aquella ilusión, yo tenía que pedirla.”

Miro a Odin, sentado a mi lado lamiendose las patas, pienso en lo que acabo de escribir, en lo difícil que me resulta pensar que quizás los demás no sienten como yo.

Pero… ¿que hay de realidad en lo que acabo de escribir?
Acaso la realidad no es lo que nosotros percibimos pero no deja de ser “nuestra realidad”.

Son dos maneras de contar una historia.
La mía explica lo que creo que ocurrió.
La suya explica lo que ella vivió.


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