Empieza la semana.
Tengo que preparar un taller de fotografía.
Hace
años mi vida laboral dio un vuelco. Trabajaba como consultor externo
en un gran banco y, después de seis años, cerraron el proyecto y me
fui a la calle.
Esa fragilidad termina contaminando los
otros ámbitos de la vida.
Demasiado joven para no seguir trabajando, demasiado viejo para que te contraten.
Y lo que es el destino, la pasión de siempre terminó siendo la salida a aquella situación.
El martes me llama Ruth, hemos hecho varias sesiones con ella, trabaja en una empresa de eventos y me han contratado varias veces para que cubra alguno de ellos.
—
Nico, quiero hacerme unas fotos, tengo un traje de flamenca y me
dejan hacerlas en un sitio especial ¿qué te parece?
— Claro,
dime que día y vamos para allá.
— ¿Mañana?
—
Perfecto, esta semana la tengo despejada.
Fue
una buena sesión, de la que salió un buen trabajo.
Edité
rápido las fotos, y las subí a mí porfolio y a
instagram.
Aquella tarde...
—
Hola, estoy fuera…
Tarda un rato en contestar.
— Ahh, vale, salgo en cinco minutos. — me contesta ella.
He ido a buscarla a su trabajo. Sé que debería avisarle antes, pero sigo pensando que es una buena sorpresa salir y encontrarte a alguien esperándote.
—
¿Cómo es que has venido? – me pregunta, y hay algo en su tono de
voz que siento áspero
— Bueno, me gusta verte, aunque sea un
ratito
En su cara se dibuja una medio sonrisa.
—
Si quieres tomamos un café — me dice.
— Vamos…
Bajamos por la calle Alcalá, me cuenta como ha ido su día, las peleas que tiene con algunas compañeras de trabajo y algunas anécdotas de los médicos.
Ya en la cafetería, noto que hay algo que no encaja
— ¿Que te pasa? Estas rara – le pregunto
—
Nada, en serio
Pero no la creo.
—
Venga dime…
— Es que he visto tus últimas fotos… siempre
me dices que no te gusta el flamenco y vas y le haces fotos a… ella
y de flamenca… — ese ella se desliza en sus labios de una forma
especial.
— Pero si son solo fotos, me llamó que quería
hacer una sesión, y como además me da trabajo, no podía negarme…
—
Sí, siempre me dices lo mismo, pero…
— ¿Pero?
—
Nada…
— Sí, si hay algo, te lo he notado desde que te he
visto, ¿tú crees que si tuviera algo que ocultar iba a tener en
abierto mi instagram para que lo vieras?
— Ya, ya… pero no
te gusta el flamenco y con ella… vas y le haces las fotos, y los
dos solos...
Me
callo, siento una desazón interior, una tristeza me invade y tiene
el mismo sabor añejo de tiempos pasados.
Doy un trago a mí
café y la miro sin decir nada.
— Nico… es que siempre es lo mismo… no me dices nada y me encuentro con esto.
— ¿Qué es esto…? — hay un tono duro en mi voz — Es mi trabajo, hago fotos y lo sabes, desde que empezamos no te he ocultado nada, ves mis fotos, ella me da trabajo y si me pide un favor… — me paro porque no sé por qué tengo que dar explicaciones, pero… es ella.
— También hiciste las fotos del teatro y no me dijiste nada, hasta que lo vi, Déjalo, no me entiendes.
La miro. Quiero decirle que la entiendo. Pero no sé cómo explicárselo sin que parezca que estoy justificándome.
Su inseguridad, ella dice que no son celos, pero hay una sombra en ella, la que proyectó las continuas infidelidades de un marido del que estaba profundamente enamorada. Y esa sombra nos alcanza a todos.
— Sí, mejor lo dejamos.
Y sé
que no es lo que quería decir.
Nos
vamos del café, la acompaño hasta el autobús, el silencio se ha
instalado entre nosotros.
—
Ya viene el circular
— Me voy — se acerca, me da un ligero
beso — ¿qué voy a hacer contigo, Nico?

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