Querida hermana:
Perdona por escribirte a ti, pero no quería que mamá sufriera más de lo que ya sufre por mi ausencia. Estoy en una trinchera en algún lugar perdido de este país. Aún me pregunto que estoy haciendo aquí y cómo he llegado a esto. Nadie sabe lo que es esto, hasta que lo vives.
Tengo miedo, no a morir, creo que he asumido que no volveré, no llores por favor, quizás sea mejor así, o quien sabe, pero tengo miedo a que si vuelvo ya no sea el mismo, que mi mirada se convierta en esa que he visto tanto por aquí, una mirada vacía, sin vida, que esto llegue a convertirse en un motivo para seguir vivo, que no sepa vivir sin estar aquí.
Te echo de menos, echo de menos aquellos días donde nos reíamos por cualquier cosa, mientras papá estaba al acecho, regañándonos por todo.
Aquí las sonrisas suelen ser nerviosas, o sonríes al caer el día por que no te ha tocado a ti esa bala, o ese mortero.
Nos intentan asustar con el infierno, pero yo ya estoy en él, intento cerrar los ojos y no ver cuerpos despedazados, niños y mujeres mutilados. Al principio no miraba, ahora se ha convertido en una rutina que me produce náuseas. He visto cosas que no creerías, nosotros que nos llamamos civilizados. He visto matar por placer, jugar a ser Dios y decidir quién debe morir y quien se salva. He visto partidas nocturnas sólo por vengar la muerte de un compañero, sin importar quién o quienes iban a morir. He visto al hombre convertirse en el peor de los depredadores. Y ellos no son diferentes a nosotros, matan y disfrutan con ello, aunque sea gente de su mismo pueblo. Niños envueltos en explosivos, niñas que se acercan a nuestro convoy y bajo su ropa cuelgan granadas.
La razón de la sin razón.
Pienso en cómo podré vivir de nuevo allí después de estar aquí. Creo que se me ha olvidado perdonar.
Y dentro de toda esta inmundicia, como si fuera de un campo lleno de barro, también crecen flores. He visto correr entre la metralla para poder coger a un herido y sacarle del fuego de las metralletas. He visto jugarse la vida por personas que no conoces, y quizás nunca más vuelvas a ver. He visto caer heridos a compañeros por llevar un poco de consuelo a esta gente, sin saber si detrás de ellos pueden encontrar la muerte.
Sí, aquí convive el infierno con el cielo, lo peor de cada uno de nosotros con la mayor de las generosidades.
Suenan los cañones, no muy lejos de aquí arde otra ciudad, y los gritos y el olor a carne quemada te empapa la ropa y los sentidos hasta que los embota.
Ya no soy el mismo, aquel al que llamabas cuando tenías algún problema.
Tengo miedo, miedo a que me mires y no veas dentro de mí al que despediste no hace mucho.
Perdóname por contarte esto, pero necesito decírselo a alguien, necesito que si un día vuelvo, me abraces aunque ya no sea el mismo.
Y ahora he de irme, salimos de patrulla.
No, no llores, no te preocupes, no quiero morir aquí.
Te quiero, tu hermano
miércoles, mayo 26, 2010
jueves, mayo 20, 2010
El viaje
Es un día más, ya he perdido la cuenta de cuantos y de cuál es, qué más da. Sólo tengo una cosa que hacer en lo que me queda de vida.
Una cosa y esperar.
Esperar y una cosa.
Como cada mañana tomo el cercanías. Atocha a esas horas es como un hormiguero en ebullición, gente que va y viene, sólo se paran a que llegue el tren, mientras tanto sus ojos se pierden entre el periódico de la mañana o el reloj. Bajo las escaleras despacio, me gusta mirar a los ojos de la gente, aunque en ellos sólo encuentre prisas y cansancio, pero a veces una mirada se cruza y me esboza una sonrisa, sé que eso tiene la edad, aún queda alguien a quien los ancianos despertamos ternura.
Llega el tren, se abren las puertas como si de una presa se tratara y suelta sobre el andén toda su agua, sólo que no es agua lo que desciende de sus entrañas, sino personas.
A veces me dejan un asiento libre, pero la mayoría de los viajes los hago de pié, me gusta apoyarme en las puertas e ir viendo a mi alrededor, imagino la vida de los demás, sus roces, sus pensamientos… No son muchas paradas, y el viaje se ha tornado para mí en un en uno de los momentos agradables del día.
Llego.
Me bajo.
Camino hasta el hospital.
La enfermera me saluda.
- Buenos días, ¿qué tal está Usted esta mañana?
- Bien, bien gracias.
- Hoy se ha levantado pronto, ha desayunado y está en el jardín, ¿quiere que le acompañe?
- Gracias, pero no hace falta.
La veo, sentada bajo el árbol y evoca en mí un recuerdo, cuando ella sentada en un banco me miraba y sonreía al verme con la cámara de fotos apuntándola. ¡click! Y su sonrisa quedó inmortalizada.
- Hola, querida.
Ella levanta la vista y me mira, no dice nada, sólo calla, vuelve la cabeza y sigue perdida en sus pensamientos.
Así transcurre la mañana, le cuento que anoche quite por fín la manta, ya entra el sol en casa, a pesar de que sigue fría con su ausencia. Le hablo de los paseos que dábamos por aquellas calles llenas de tiendas que tanto le gustaban a ella, pararnos en los escaparates, entrar y probarnos, en juego de niños, un montón de ropa, y luego irnos sin comprar nada. De cuando cogidos de la mano dejábamos que la lluvia nos empapase sobre el adoquinado de la Plaza Mayor… y su sonrisa aquella eterna sonrisa que lo era todo.
Ella escucha, y yo quiero creer que algo dentro de su interior se despierta con mis palabras y le hace evocar aquel tiempo. Pero ese momento es fugaz, ella me mira y de sus labios caen unas palabras que se estrellan contra mis recuerdos, desparramándolos en el olvido.
- ¿Quién es usted? ¿Sabe que ahora vendrá mi marido?, me llevará a casa, no me gustaría que se sintiera incomodo, ya sabe, usted dándome conversación…
- No se preocupe cuando llegue su marido, yo ya me habré ido.
Y guardo silencio, ella vuelve a mirar al infinito, y pienso si los recuerdos empiezan a convertirse en recuerdos de recuerdos.
Es la hora de la comida, vienen a buscarla.
- Puede pasar al comedor, si quiere, ya sabe que no hay ningún problema.
La enfermera se muestra amable, pero no quiero comprometerla.
- No se preocupe, he traído aquí mi comida.
Y me quedo en el jardín, luego ella se irá a dormir la siesta. Tengo que esperar dos horas, cuando hace mal tiempo me dejan pasar al salón de la televisión, las primeras veces intenté dormir con ella, pero a veces se ponía a gritar diciendo que había un extraño en su habitación.
Otras veces espero a que esté dormida y entro despacio, me quedo mirándola, como solía hacer en aquellas mañanas que me despertaba antes que ella. Sus ojos cerrados, su respirar tranquilo…
Cuando se despiertan de la siesta, suelo merendar a su lado, le pido que me invite y ella se encoge de hombros. Es ahí cuando le hablo de esos viajes que hicimos juntos, de aquella ciudad vestida de primavera, de países con los que soñábamos ir, y ella sonríe.
- Yo he ido a muchos sitios, he estado en la India, en América, y también en África.
Sé que no es cierto, que quizás en su cabeza se mezclen las imágenes de los documentales con una realidad que ha dejado de serlo.
Más tarde les dejan un tiempo libre, y algunas veces paseamos por el jardín, otras vamos a la gran sala, y me dejan poner algún cd, aunque siempre sea el mismo, aquel del cantante de boleros.
Y me pongo delante de ella y canto, y me mira.
- No me gusta ese cantante, no cante más.
Pero no le hago caso, y la saco a bailar, ella se niega un poco, pero tan débilmente que sé que al final cederá.
Bailamos.
Cierro los ojos, y por un momento todo se detiene como hace mucho, mucho tiempo.
Y entonces.
Sólo unas pocas veces.
Muy pocas veces.
Ella se pega a mí, y me susurra:
- Sabes que odio a Luis Miguel, pero me encanta bailar contigo, te quiero.
Y nadie escucha sus palabras, sólo yo.
Es hora de irse, se va sin más, como si yo no hubiera pasado el día con ella, ni siquiera mira atrás.
Espero a que desaparezca por la puerta, la enfermera me ve marchar.
- Es duro el Alzheimer, no debería venir todos los días, ella no lo reconoce, ¿Por qué sigue intentándolo?
- Porque yo sí sé quién es ella.
Camino.
Llega el tren.
Miro a la gente.
Mañana será otro día. Qué más da que día, ella estará allí y yo iré a verla.
Una cosa y esperar.
Esperar y una cosa.
Como cada mañana tomo el cercanías. Atocha a esas horas es como un hormiguero en ebullición, gente que va y viene, sólo se paran a que llegue el tren, mientras tanto sus ojos se pierden entre el periódico de la mañana o el reloj. Bajo las escaleras despacio, me gusta mirar a los ojos de la gente, aunque en ellos sólo encuentre prisas y cansancio, pero a veces una mirada se cruza y me esboza una sonrisa, sé que eso tiene la edad, aún queda alguien a quien los ancianos despertamos ternura.
Llega el tren, se abren las puertas como si de una presa se tratara y suelta sobre el andén toda su agua, sólo que no es agua lo que desciende de sus entrañas, sino personas.
A veces me dejan un asiento libre, pero la mayoría de los viajes los hago de pié, me gusta apoyarme en las puertas e ir viendo a mi alrededor, imagino la vida de los demás, sus roces, sus pensamientos… No son muchas paradas, y el viaje se ha tornado para mí en un en uno de los momentos agradables del día.
Llego.
Me bajo.
Camino hasta el hospital.
La enfermera me saluda.
- Buenos días, ¿qué tal está Usted esta mañana?
- Bien, bien gracias.
- Hoy se ha levantado pronto, ha desayunado y está en el jardín, ¿quiere que le acompañe?
- Gracias, pero no hace falta.
La veo, sentada bajo el árbol y evoca en mí un recuerdo, cuando ella sentada en un banco me miraba y sonreía al verme con la cámara de fotos apuntándola. ¡click! Y su sonrisa quedó inmortalizada.
- Hola, querida.
Ella levanta la vista y me mira, no dice nada, sólo calla, vuelve la cabeza y sigue perdida en sus pensamientos.
Así transcurre la mañana, le cuento que anoche quite por fín la manta, ya entra el sol en casa, a pesar de que sigue fría con su ausencia. Le hablo de los paseos que dábamos por aquellas calles llenas de tiendas que tanto le gustaban a ella, pararnos en los escaparates, entrar y probarnos, en juego de niños, un montón de ropa, y luego irnos sin comprar nada. De cuando cogidos de la mano dejábamos que la lluvia nos empapase sobre el adoquinado de la Plaza Mayor… y su sonrisa aquella eterna sonrisa que lo era todo.
Ella escucha, y yo quiero creer que algo dentro de su interior se despierta con mis palabras y le hace evocar aquel tiempo. Pero ese momento es fugaz, ella me mira y de sus labios caen unas palabras que se estrellan contra mis recuerdos, desparramándolos en el olvido.
- ¿Quién es usted? ¿Sabe que ahora vendrá mi marido?, me llevará a casa, no me gustaría que se sintiera incomodo, ya sabe, usted dándome conversación…
- No se preocupe cuando llegue su marido, yo ya me habré ido.
Y guardo silencio, ella vuelve a mirar al infinito, y pienso si los recuerdos empiezan a convertirse en recuerdos de recuerdos.
Es la hora de la comida, vienen a buscarla.
- Puede pasar al comedor, si quiere, ya sabe que no hay ningún problema.
La enfermera se muestra amable, pero no quiero comprometerla.
- No se preocupe, he traído aquí mi comida.
Y me quedo en el jardín, luego ella se irá a dormir la siesta. Tengo que esperar dos horas, cuando hace mal tiempo me dejan pasar al salón de la televisión, las primeras veces intenté dormir con ella, pero a veces se ponía a gritar diciendo que había un extraño en su habitación.
Otras veces espero a que esté dormida y entro despacio, me quedo mirándola, como solía hacer en aquellas mañanas que me despertaba antes que ella. Sus ojos cerrados, su respirar tranquilo…
Cuando se despiertan de la siesta, suelo merendar a su lado, le pido que me invite y ella se encoge de hombros. Es ahí cuando le hablo de esos viajes que hicimos juntos, de aquella ciudad vestida de primavera, de países con los que soñábamos ir, y ella sonríe.
- Yo he ido a muchos sitios, he estado en la India, en América, y también en África.
Sé que no es cierto, que quizás en su cabeza se mezclen las imágenes de los documentales con una realidad que ha dejado de serlo.
Más tarde les dejan un tiempo libre, y algunas veces paseamos por el jardín, otras vamos a la gran sala, y me dejan poner algún cd, aunque siempre sea el mismo, aquel del cantante de boleros.
Y me pongo delante de ella y canto, y me mira.
- No me gusta ese cantante, no cante más.
Pero no le hago caso, y la saco a bailar, ella se niega un poco, pero tan débilmente que sé que al final cederá.
Bailamos.
Cierro los ojos, y por un momento todo se detiene como hace mucho, mucho tiempo.
Y entonces.
Sólo unas pocas veces.
Muy pocas veces.
Ella se pega a mí, y me susurra:
- Sabes que odio a Luis Miguel, pero me encanta bailar contigo, te quiero.
Y nadie escucha sus palabras, sólo yo.
Es hora de irse, se va sin más, como si yo no hubiera pasado el día con ella, ni siquiera mira atrás.
Espero a que desaparezca por la puerta, la enfermera me ve marchar.
- Es duro el Alzheimer, no debería venir todos los días, ella no lo reconoce, ¿Por qué sigue intentándolo?
- Porque yo sí sé quién es ella.
Camino.
Llega el tren.
Miro a la gente.
Mañana será otro día. Qué más da que día, ella estará allí y yo iré a verla.
martes, mayo 11, 2010
El Viejito
Estoy frente del ordenador, una pantalla en blanco y un teclado. Ultimamente mis dedos parecen agarrotados, les cuesta danzar sobre las teclas, como si la música que les hiciera bailar se hubiera detenedo en el espacio, espacio y tiempo.
Tiempo sin danzar...
Pero hoy despues de que han pasado suficientes dias, creo que ha llegado el momento de intentar escribir...
Fué el Viernes Santo, el día había amanecido vestido de azul, como si él no quisiera estropear ninguna celebración.
La casa está fría, y hay el silencio de una ciudad en vacaciones.
Salgo.
En las calles hay poca gente, quizás demasiado temprano para los que aún remolonean entre las sábanas, y sin embargo el día invita salir.
Subo por la calle Embajadores, hasta la Ribera de Curtidores, unos cuantos puestos del Rastro quieren aprovechar que los turistas, con la cámara en mano, han dejado temprano sus habitaciones y curiosean entre la ropa, los cuadros, algo que llevar como recuerdo de que una vez estuvieron aquí.
Me acerco a la Colegiata de San Isidro, y en el camino me encuentro con grupos de mujeres, vestidas de negro, susurran, lucen peineta y tocado, entre sus manos pequeños bolsos, negros también, caminan despacio, y en ellas hay algo de ritual y de sentimiento, ese que distingue a esta España, a su lado pasan varias chicas, no tendrán mas de 17 años, ellas lo viven de otra manera, aún hay rastros en sus caras del pintalabios y rimel, los dos grupos se cruzan, se miran. Dos formas de entender la Semana Santa, las chicas siguen su camino, alegres ajenas al día que es, para ellas es viernes, y la fiesta del jueves aun se prolonga. El grupo de mujeres entran en la iglesia, hay un silencio en su interior, que se mezcla con el olor a incienso.
Por un momento me pregunto que tendrá todo aquello de ritual y de sentimiento, probablemente cuando lleguen a casa y dejen la ropa negra colgada del armario, también quedará colgado todo lo que ello significa... hasta el año que viene.
Llego a la Puerta del Sol, con las reformas ahora parece que hay más gente, se ha ganado espacio, aunque ha perdido algo de su sabor de antaño.
Ahora gente de todo tipo, viejos, chicas y chicos, curiosos y turistas se sientan alrededor de una de las fuentes, y allí entre ellos, le veo.
Su figura me sigue pareciendo altiva para sus años, sin embargo le siento más apagado, me acerco, y cuando me ve alza la mano. Hay un hueco a su lado y me hace señas para que me siente. Me quito el ipod y lo guardo en mi mochila.
Nos estrechamos la mano, sonrie y las arrugas de su cara se dibujan como surcos de un campo que ha sido trillado muchas veces.
Hablamos de cuanto tiempo hacía que no nos veíamos, él ha estado fuera, y volvió hace excasamente unas semanas, le cuento que mis paseos se han vuelto mas esporádicos, aunque he extrañado verle y tener nuestras charlas.
De pronto su cara se torna seria, me mira fijamente.
Por unos instantes hay un silencio entre los dos, y sin más de sus labios cae un lacónico. "Me muero, Nicolás".
Siento un frío que me recorre todo la espalda, intento frenar las lágrimas en mis ojos, y aunque abro la boca no soy capaz de soltar una palabra.
"He vuelto por que tenía la revisión en el hospital, no ha habido suerte, y se ha reproducido, ahora es sólo cuestioón de tiempo. A mi edad esa palabra tiene un significado tan diferente, pero no quiero verte triste, ya hablamos de ello una vez. No tengo queja de la vida que Dios me ha dado la oportunidad de vivir. He pasado por cosas que tú ni siquiera imaginarias, cuando se vive una guerra puedes ver lo peor del ser humano y también lo mas bello. He tenido la suerte de conocer el amor de mi vida, un amor que me acompañó muchos años, años de pobreza pero cargados de ilusión, con sus tiempos malos pero siempre con la esperanza de que los superariamos. Años que se pasaron como un soplo.
Luego me fué, calladamente, como si en ese último adios no quisera hacerme daño. Como si la muerte fuera algo que viene y te lleva, y no duele.
Aprendí a vivir sin ella, fisicamente, por que no ha habido dia que no la haya sentido a mi lado, que no haya hablado con ella, que no haya recordado todo aquello que haciamos, nuestro primer viaje a la playa, cuando nos mudamos a Madrid. Ahora tengo prisa, mucha prisa por encontrarme otra vez con ella, y no creas que con ello no ame la vida, la amo quizás aún más que tú, por que cada segundo, cada momento, tiene un valor que sólo conocemos aquellos que vamos a partir.
Déjame que te diga algo, algo que sólo se aprende con los años, no te arrepientas nunca de lo que hayas hecho, cuando pasa el tiempo las cosas tienden a verse de diferente manera, pero seguro que cuando las hicistes tendrías un motivo, cuando se toman decisiones uno no sabe si serán acertadas o no, y de eso hay que ir aprendiendo, de los errores de nuestras decisiones, pero no arrepentirse de ello. Ir aprendiendo. Yo he cometido muchos errores en mi vida, espero y creo que tambien he acertado con algunas decisiones, e intenté aprender de cada error, aunque algunas veces volviera cometerlo. Me llevo algún dolor, el pensar que dentro de mis limitaciones he intentado hacer bien las cosas, y aún así ha habido gente que
ni con el paso del tiempo ha dejado atrás su amargura, su rabia. Me hubiera gustado sentarme como lo hemos hecho tu y yo en ese café de aqui al lado, y hablarlo... pero la vida tiene sus cosas.
Me llevo el dolor, de que esta vida, tan ajetreada, tan rápida nos fuera separando a mis hermanos y a mi, y ahora en la vejez es cuando más nos hemos visto, como en un intento de recuperar ese tiempo que se perdió en la distancia. El dolor de aquellas personas en las que una vez depositas toda la ilusión y te decepcionas, no es culpa de ellas, la vida sigue y tristemente ahora es un "sálvese el que pueda" sin mirar atrás, sin acordarse de nadie.
Pero me llevo tantas cosas buenas, tanto amor, tantas personas que he conocido que han pasado por mi vida, unas para quedarse otras sólo un tramo, que sólo puedo estar agradecido."
Yo sólo puedo callar y escucharle. entonces él me toma de la mano y la aprieta con una dulzura que hacia tiempo que no sentía.
"Nunca dejes de vivir, aunque la vida te de palos, siempre te guardará la más hermosa de sus sonrisas. Guardate esos momentos, los otros tíralos, no dejes que sean un lastre para seguir adelante. Y recuerda, tomes las decisiones que tomes no te arrepientas de ellas, intenta hacer el menos daño posible y sigue a tu corazón, a pesar de que puedas errar, también de eso se aprende. Me pareces una buena persona, no dejes de ser tú, nunca."
Levanta la vista y la pierde en el reloj de la Puerta del Sol, y sin más me susurra:
"Cuantas veces he visto caer la bola, un nuevo año... He de irme, he quedado con mis hijos, hoy comemos todos juntos, no hay nada como estar enfermo para que cada uno aparque sus quehaceres. Pero no quiero ser una carga, me voy a a Marruecos, y luego quien sabe, con fuerzas quiero conocer otros sitios. No sé si nos volveremos a ver, ha sido un placer conocerte y compartir contigo todo este tiempo. Sólo quiero pedirte una cosa más, no estes triste por mi, soy feliz, muy feliz, ¿que si tengo miedo a la muete? si, quizás si, pero entonces pienso en ella, y la veo esperandome y el miedo desaparece..."
Estamos de pie, y me abraza de la misma manera que lo hubiera hecho mi padre.
"Piensa. - me dice- esto sólo es un hasta luego..."
Y echa andar, calle Arenal, despacio, pero con la altivez de esas personas que han sabido vivir, a pesar de que les tocase una época difícil.
Le miro y pienso en lo mucho que le echaré de menos, pero yo como él estoy convencido de que sólo es un paso más y allá donde vaya ella le estará esperando.
Vuelvo a casa, esta vez no quiero ponerme los cascos, quiero oir el bullicio de la gente, las risas de los niños, el ruido de los coches, el silencio de este Viernes Santo, por que todo, todo ello, es vida.
Tiempo sin danzar...
Pero hoy despues de que han pasado suficientes dias, creo que ha llegado el momento de intentar escribir...
Fué el Viernes Santo, el día había amanecido vestido de azul, como si él no quisiera estropear ninguna celebración.
La casa está fría, y hay el silencio de una ciudad en vacaciones.
Salgo.
En las calles hay poca gente, quizás demasiado temprano para los que aún remolonean entre las sábanas, y sin embargo el día invita salir.
Subo por la calle Embajadores, hasta la Ribera de Curtidores, unos cuantos puestos del Rastro quieren aprovechar que los turistas, con la cámara en mano, han dejado temprano sus habitaciones y curiosean entre la ropa, los cuadros, algo que llevar como recuerdo de que una vez estuvieron aquí.
Me acerco a la Colegiata de San Isidro, y en el camino me encuentro con grupos de mujeres, vestidas de negro, susurran, lucen peineta y tocado, entre sus manos pequeños bolsos, negros también, caminan despacio, y en ellas hay algo de ritual y de sentimiento, ese que distingue a esta España, a su lado pasan varias chicas, no tendrán mas de 17 años, ellas lo viven de otra manera, aún hay rastros en sus caras del pintalabios y rimel, los dos grupos se cruzan, se miran. Dos formas de entender la Semana Santa, las chicas siguen su camino, alegres ajenas al día que es, para ellas es viernes, y la fiesta del jueves aun se prolonga. El grupo de mujeres entran en la iglesia, hay un silencio en su interior, que se mezcla con el olor a incienso.
Por un momento me pregunto que tendrá todo aquello de ritual y de sentimiento, probablemente cuando lleguen a casa y dejen la ropa negra colgada del armario, también quedará colgado todo lo que ello significa... hasta el año que viene.
Llego a la Puerta del Sol, con las reformas ahora parece que hay más gente, se ha ganado espacio, aunque ha perdido algo de su sabor de antaño.
Ahora gente de todo tipo, viejos, chicas y chicos, curiosos y turistas se sientan alrededor de una de las fuentes, y allí entre ellos, le veo.
Su figura me sigue pareciendo altiva para sus años, sin embargo le siento más apagado, me acerco, y cuando me ve alza la mano. Hay un hueco a su lado y me hace señas para que me siente. Me quito el ipod y lo guardo en mi mochila.
Nos estrechamos la mano, sonrie y las arrugas de su cara se dibujan como surcos de un campo que ha sido trillado muchas veces.
Hablamos de cuanto tiempo hacía que no nos veíamos, él ha estado fuera, y volvió hace excasamente unas semanas, le cuento que mis paseos se han vuelto mas esporádicos, aunque he extrañado verle y tener nuestras charlas.
De pronto su cara se torna seria, me mira fijamente.
Por unos instantes hay un silencio entre los dos, y sin más de sus labios cae un lacónico. "Me muero, Nicolás".
Siento un frío que me recorre todo la espalda, intento frenar las lágrimas en mis ojos, y aunque abro la boca no soy capaz de soltar una palabra.
"He vuelto por que tenía la revisión en el hospital, no ha habido suerte, y se ha reproducido, ahora es sólo cuestioón de tiempo. A mi edad esa palabra tiene un significado tan diferente, pero no quiero verte triste, ya hablamos de ello una vez. No tengo queja de la vida que Dios me ha dado la oportunidad de vivir. He pasado por cosas que tú ni siquiera imaginarias, cuando se vive una guerra puedes ver lo peor del ser humano y también lo mas bello. He tenido la suerte de conocer el amor de mi vida, un amor que me acompañó muchos años, años de pobreza pero cargados de ilusión, con sus tiempos malos pero siempre con la esperanza de que los superariamos. Años que se pasaron como un soplo.
Luego me fué, calladamente, como si en ese último adios no quisera hacerme daño. Como si la muerte fuera algo que viene y te lleva, y no duele.
Aprendí a vivir sin ella, fisicamente, por que no ha habido dia que no la haya sentido a mi lado, que no haya hablado con ella, que no haya recordado todo aquello que haciamos, nuestro primer viaje a la playa, cuando nos mudamos a Madrid. Ahora tengo prisa, mucha prisa por encontrarme otra vez con ella, y no creas que con ello no ame la vida, la amo quizás aún más que tú, por que cada segundo, cada momento, tiene un valor que sólo conocemos aquellos que vamos a partir.
Déjame que te diga algo, algo que sólo se aprende con los años, no te arrepientas nunca de lo que hayas hecho, cuando pasa el tiempo las cosas tienden a verse de diferente manera, pero seguro que cuando las hicistes tendrías un motivo, cuando se toman decisiones uno no sabe si serán acertadas o no, y de eso hay que ir aprendiendo, de los errores de nuestras decisiones, pero no arrepentirse de ello. Ir aprendiendo. Yo he cometido muchos errores en mi vida, espero y creo que tambien he acertado con algunas decisiones, e intenté aprender de cada error, aunque algunas veces volviera cometerlo. Me llevo algún dolor, el pensar que dentro de mis limitaciones he intentado hacer bien las cosas, y aún así ha habido gente que
ni con el paso del tiempo ha dejado atrás su amargura, su rabia. Me hubiera gustado sentarme como lo hemos hecho tu y yo en ese café de aqui al lado, y hablarlo... pero la vida tiene sus cosas.
Me llevo el dolor, de que esta vida, tan ajetreada, tan rápida nos fuera separando a mis hermanos y a mi, y ahora en la vejez es cuando más nos hemos visto, como en un intento de recuperar ese tiempo que se perdió en la distancia. El dolor de aquellas personas en las que una vez depositas toda la ilusión y te decepcionas, no es culpa de ellas, la vida sigue y tristemente ahora es un "sálvese el que pueda" sin mirar atrás, sin acordarse de nadie.
Pero me llevo tantas cosas buenas, tanto amor, tantas personas que he conocido que han pasado por mi vida, unas para quedarse otras sólo un tramo, que sólo puedo estar agradecido."
Yo sólo puedo callar y escucharle. entonces él me toma de la mano y la aprieta con una dulzura que hacia tiempo que no sentía.
"Nunca dejes de vivir, aunque la vida te de palos, siempre te guardará la más hermosa de sus sonrisas. Guardate esos momentos, los otros tíralos, no dejes que sean un lastre para seguir adelante. Y recuerda, tomes las decisiones que tomes no te arrepientas de ellas, intenta hacer el menos daño posible y sigue a tu corazón, a pesar de que puedas errar, también de eso se aprende. Me pareces una buena persona, no dejes de ser tú, nunca."
Levanta la vista y la pierde en el reloj de la Puerta del Sol, y sin más me susurra:
"Cuantas veces he visto caer la bola, un nuevo año... He de irme, he quedado con mis hijos, hoy comemos todos juntos, no hay nada como estar enfermo para que cada uno aparque sus quehaceres. Pero no quiero ser una carga, me voy a a Marruecos, y luego quien sabe, con fuerzas quiero conocer otros sitios. No sé si nos volveremos a ver, ha sido un placer conocerte y compartir contigo todo este tiempo. Sólo quiero pedirte una cosa más, no estes triste por mi, soy feliz, muy feliz, ¿que si tengo miedo a la muete? si, quizás si, pero entonces pienso en ella, y la veo esperandome y el miedo desaparece..."
Estamos de pie, y me abraza de la misma manera que lo hubiera hecho mi padre.
"Piensa. - me dice- esto sólo es un hasta luego..."
Y echa andar, calle Arenal, despacio, pero con la altivez de esas personas que han sabido vivir, a pesar de que les tocase una época difícil.
Le miro y pienso en lo mucho que le echaré de menos, pero yo como él estoy convencido de que sólo es un paso más y allá donde vaya ella le estará esperando.
Vuelvo a casa, esta vez no quiero ponerme los cascos, quiero oir el bullicio de la gente, las risas de los niños, el ruido de los coches, el silencio de este Viernes Santo, por que todo, todo ello, es vida.
jueves, abril 29, 2010
Susana
Hola.
Me llamo Susana, Nicolás escribió una historia sobre mi, y quería agradecerle la forma en que lo hizo, y esta oportunidad que me da para poder escribir yo misma algo más.
No sé quien lee este blog, ni sé que pinto escribiendo esto, quizás haría mejor contándelos a Nicolás y que él lo escribiera, pero me ha dicho que no, que intente poner en palabras lo que siento que puede ayudarme. Asi que intentaré expresarme lo mejor posible.
Quizás lo primero que deberia decir es por qué quiero escribir, creo que necesito ponerlo en palabras, puede que haya alguién que esté pasando lo mismo que yo, y puede que haya alguien que lo lea y sepa lo que se pasa cuando de la noche a la mañana te encuentras en el paro, o puede que a nadie le importe.
El caso, es que como os contó Nicolás, de pronto un dia alguien decide que tu vida pegue un cambio radical, y te ves en casa, buscando los papeles para acercarte al INEM. Y allí empiezas a sentirte como un ciudadano de segunda clase, incluso como si uno tuviera la culpa de estar en paro y te hicieran un favor por ir a pedir una prestación que es tuya por derecho. Pero eso no es lo peor, es esa sensación de que has pasado de ser útil a ver el tiempo pasar lentamente, una sensación que se apodera de tu autoestima, y poco a poco acaba con ella.
Hay personas que logran tomarselo como unas vacaciones como un tiempo en el que te pagan por estar "haciendo nada". Pero yo no puedo, no logro sentirlo así, los días pasan y pienso en como va todo, como va cambiando todo, los amigos, la concepción de las cosas.
Ahora intento ocupar mi tiempo en cualquier cosa para no pensar en estar en casa, para no pensar en la soledad que provoca estar sin trabajo.
Y no puedo quejarme tengo paro, tengo algún ahorrillo y puedo ir tirando, cuando pienso en esas familias donde todos están en el paro, siento escalofríos, tantos que el otro día en casa de una amiga, alguien sacó el tema de la política de como todo iba mal y nadie hacia nada, mi amiga sin más soltó que bueno que la culpa es también de los otors por no echar una mano, una ayuda. No pude más que quedarme mirándola, como alguien puede ser tan frívolo, como en este país existe ese fanatismo político donde que importa lo que pase si hay dos bandos y la culpa nunca es de mi bando, por un momento desse que fuera ella la que estuviera en el paro. Ya sé que no es de buena persona, pero no pude aguantarme, cogí mi bolso y me fuí.
Algunas mañanas cojo el metro, simplemente por cogerlo y me acerco al centro, en el vagón veo a la gente, y mi cabeza se pierde entre sus historias, una madre con su niño, dos jóvenes que comparten unos cascos, inmigrantes que seguramenten llegaron pensado que esto era la panacea, y ves en sus miradas perdidas que solo han cambiado una pobreza por unas promesas rotas. Imagino que si alguien me mirase, quizas viera que mi mirada tambien se pierde a menudo.
Y cuando llegas a casa, y se hace de noche es cuando quizás llega el peor momento del día, como diria Nicolás las palabras se cuelgan de las paredes, los sueños quedan colgados en esos hilos, y todo enmudece en ese silencio frio que cala hasta los huesos.
Bueno no quiero ser lúgubre, por que pienso que siempre habrá gente que esté peor que yo, en momentos así uno se aferra a la esperanza, y quien sabe como escribió Nicolás, quizás sea una puerta a un nuevo camino.
PD: gracias por dejarme escribir en tu blog, por desahogarme un poco.
Un saludo a todos. Susana.
Me llamo Susana, Nicolás escribió una historia sobre mi, y quería agradecerle la forma en que lo hizo, y esta oportunidad que me da para poder escribir yo misma algo más.
No sé quien lee este blog, ni sé que pinto escribiendo esto, quizás haría mejor contándelos a Nicolás y que él lo escribiera, pero me ha dicho que no, que intente poner en palabras lo que siento que puede ayudarme. Asi que intentaré expresarme lo mejor posible.
Quizás lo primero que deberia decir es por qué quiero escribir, creo que necesito ponerlo en palabras, puede que haya alguién que esté pasando lo mismo que yo, y puede que haya alguien que lo lea y sepa lo que se pasa cuando de la noche a la mañana te encuentras en el paro, o puede que a nadie le importe.
El caso, es que como os contó Nicolás, de pronto un dia alguien decide que tu vida pegue un cambio radical, y te ves en casa, buscando los papeles para acercarte al INEM. Y allí empiezas a sentirte como un ciudadano de segunda clase, incluso como si uno tuviera la culpa de estar en paro y te hicieran un favor por ir a pedir una prestación que es tuya por derecho. Pero eso no es lo peor, es esa sensación de que has pasado de ser útil a ver el tiempo pasar lentamente, una sensación que se apodera de tu autoestima, y poco a poco acaba con ella.
Hay personas que logran tomarselo como unas vacaciones como un tiempo en el que te pagan por estar "haciendo nada". Pero yo no puedo, no logro sentirlo así, los días pasan y pienso en como va todo, como va cambiando todo, los amigos, la concepción de las cosas.
Ahora intento ocupar mi tiempo en cualquier cosa para no pensar en estar en casa, para no pensar en la soledad que provoca estar sin trabajo.
Y no puedo quejarme tengo paro, tengo algún ahorrillo y puedo ir tirando, cuando pienso en esas familias donde todos están en el paro, siento escalofríos, tantos que el otro día en casa de una amiga, alguien sacó el tema de la política de como todo iba mal y nadie hacia nada, mi amiga sin más soltó que bueno que la culpa es también de los otors por no echar una mano, una ayuda. No pude más que quedarme mirándola, como alguien puede ser tan frívolo, como en este país existe ese fanatismo político donde que importa lo que pase si hay dos bandos y la culpa nunca es de mi bando, por un momento desse que fuera ella la que estuviera en el paro. Ya sé que no es de buena persona, pero no pude aguantarme, cogí mi bolso y me fuí.
Algunas mañanas cojo el metro, simplemente por cogerlo y me acerco al centro, en el vagón veo a la gente, y mi cabeza se pierde entre sus historias, una madre con su niño, dos jóvenes que comparten unos cascos, inmigrantes que seguramenten llegaron pensado que esto era la panacea, y ves en sus miradas perdidas que solo han cambiado una pobreza por unas promesas rotas. Imagino que si alguien me mirase, quizas viera que mi mirada tambien se pierde a menudo.
Y cuando llegas a casa, y se hace de noche es cuando quizás llega el peor momento del día, como diria Nicolás las palabras se cuelgan de las paredes, los sueños quedan colgados en esos hilos, y todo enmudece en ese silencio frio que cala hasta los huesos.
Bueno no quiero ser lúgubre, por que pienso que siempre habrá gente que esté peor que yo, en momentos así uno se aferra a la esperanza, y quien sabe como escribió Nicolás, quizás sea una puerta a un nuevo camino.
PD: gracias por dejarme escribir en tu blog, por desahogarme un poco.
Un saludo a todos. Susana.
jueves, abril 15, 2010
Susana's history
Aquella sala permanecía en silencio, no era un silencio total, sólo que el ruido de las teclas de los ordenadores se había convertido en algo tan monótono que pasaba desapercibido, se había disuelto en el ambiente de aquella empresa.
Miro a mi alrededor, y me sorprendo de que a pesar de ser 8 personas, se pueda oir el vuelo de una mosca.
"Que asco de empresa"- pienso para mis adentros. Y para colmo he tenido que aguantar a mi jefecillo una hora, esas reuniones tediosas semanales, todo para ponerse una medalla, el muy trepa, y lo que más me ha indignado eran esas miradas perdidas que me ha echado a mis piernas.
Mi falda de vuelo se habia posado algo más arriba de las rodillas y mi jefe no había dejado de observarla.
"Si hubiera sido otro, hasta me habria gustado provocarle un poco subiendome algo más la falda, pero a ese imbecil...". Mioó las hojas de la reunión, versan sobre la macro y la microeconomía, un powerpoint impreso en 14 páginas que seguro se habrábajado de internet.
Alguien llama al teléfono y me saca de mis ensoñaciones.
- "¿Susana, puede venir a mi despacho".
Es raro que me llamen a estas horas. Siento las miradas de is compañeros, y un mal presagio empieza a invadirme.
- "Hola Susana, sientate por favor, tenemos que hablar".
El presagio ha pasado a ser una certeza, busco en sus ojos una seña, mientras el desgrana el consabido discurso. "Son tiempos difíciles, la crisis, el reajuste, eres muy buena en tu trabajo pero..."
Me levanto sin más y corto aquella fuente de excusas para ir al grano.
"Quieres decirme que estoy despedida ?no?, pues déjate de remilgos, dáme mis papeles, y no hablemos más, nada de lo que puedas decir va a dulcificar vuestra decisión, como siempre echaís a la gente sin tener en cuenta su valía, somo piezas, peones que elimináis del tablero como os viene en gana, no perdona diría que mejor eliminarlos para no hacer sombra a tanto incompetente que hay aquí.."
No le dejo que diga nada más, cierro la puerta tras de mi, oigo como balbucea algo, palabras que se estrellan contra el cristal de su despacho.
Recojo las cosas de mi mesa, me siento observada, en algunas miradas hay lástima, y eso hace que subleve más aún, me acerco a los pocos compañeros a los que estimo, y les comento que ya hablaremos, no es el momento.
Por un instante estoy tentada de darme la vuelta y mandarles a todos a tomar por... pero en el último momento me freno, mejor salir con la cabeza alta, no se merecen nada más.
Salgo a la calle, el aire de la primavera tardía se enreda en mi pelo, echo a andar, necesito alejarme lo suficiente, entro en una cafeteria, me pido un café y mientras me lo ponen voy al lavabo. Cierro la puerta con llave, y entonces... el mundo se me cae encima, como si todo ese tiempo hubiera estado colgando de un hilo de seda que ha ido disolviendose. Y mi mundo cae sobre las baldosas frías y sucias de ese lavabo haciéndose añicos, el trabajo, los amigos, los sentimientos, la soledad, todo salpica aquel pequeño rectángulo, y yo sin fuerzas para resisitir echo a llorar.
No sé cuanto tiempo ha pasado, abro la puerta y me miro al espejo, esta descascarillado, y me siento un poco como el, descascarillada, un enorme vacio se ha apoderado de mi interior. Arreglo un poco la pintura de mis ojos, y salgo.
Mi café esta esperandome, el camarero me mira, y yo intento no pagar mi frustración con él, cuando le digo si hace el favor de echar un chorrito de coñac en la taza.
Dejo el café, siento el calor del coñac, y vuelvo a casa.
Abro la puerta, silencio, el mismo silencio de hace ya.. cuanto tiempo, dejo caer el bolso encima del sofa, y miro mi pequeño apartamento, el mismo que ha recogido entre sus paredes, los sueños cuando empecé a decorarlo, cada cuadro, cada maceta, cada detalle, llevaba un trocito de mis ilusiones. Aquellas paredes han sido testigos mudos de tantos besos, abrazos, susurros y enredos de sabanas... que algunas veces me hacen enrojecer, sin embargo, cuando las miro solo las veo colgadas como si de cuadros se trataran y como aquella canción de Los Secretos, yo me quedo colgada a ellos.
Ahora, como si de un diminuto desierto se tratase, todo permanece en silencio, y sin quererlo enciendo mi portatil, y en aquella carpeta olvidada releo viejos escritos, fotos que si fueran de papel estarían amarillentas en el fondo de algún cajón.
En algún lugar...
Años, ¿por que ahora pienso en ello?, quizas por que el volver a estar en el paro, hace que uno recapacite sobre su vida, es como una vuelta a empezar, quizás si mi dosis de optimismo fuera otra, podría verlo como una nueva oportunidad, pero me siento cansada, y a mi llegan palabras como "mira otra vez sola" "anda si vienes sin compañia" "hija que se te va a pasar el arroz"... he dejado de ir a reuniones, a fiestas por que por mas que he intentado que no me afectase, siempre, como la lluvia de otoño, terminaba calada hasta los huesos.
Y él, donde estará, tener a alguien como si no lo tuvieras, es como invitar a tu casa a un fantasma, ¿puedes llegar a soñar,a creer, a ilusionarte con un fantasma?, por que lo tangible se convierte en intangible cuando mas lo necesitas, quien sino puede mirarse al espejo cada noche y hablar con uno mismo, sólo aquel que convive con uno de ellos.
Al final cualquier cosa se convierte en algo etéreo, llamadas, breves encuentros, todo son como aquellos espejismos que suelen verse en los desiertos...
Y este es mi desierto, mis cuatro paredes, con mi fantasma y mis espejismos.
Llaman al teléfono, no sé como demonios se ha enterado, dicen que las malas noticias vuelan, y sus palabras me suenan a huevas y vacias, "ánimo, todo saldrá bien, ya verás que pronto encontrarás otra cosa..." sé que lo hace con todo el caruiño del mundo, pero a mi me recuerda cuando estas en un entierro y se acercan desconocidos para darte el pésame "lo siento mucho, qué pérdida..." qué coño sabrán ellos lo que yo siento, cómo me siento...
No quiero pelearme con el mundo, aunque ganas y excusas no me faltan. Tengo que apuntar las cosas, empezar a recopilar los papeles para el paro, y sobre todo, avisar que mi madre no tiene que enterarse, lo que me faltaría es aguantarla, que estuviera encima, además para qué darla un disgusto, tengo fé tengo la esperanza de que esta situación es pasajera, pasajera, pasajera....
Cae la noche, es el peor momento, ya ha pasado una semana desde que ... desde que estoy sin trabajo, y los atardeceres las noches son como esas montañas que desafian a los ciclistas, pendientes del 20%, rompepiernas, a veces creo que llego a comprender a los suicidas, llega un momento que dejar de sufrir es lo mas sencillo, la única cuestión es el como.
Por fin han pasado las llamadas de los conocidos que al enterarse no pierden el tiempo en saber como estas, no debo juzgarles por que yo he hecho lo mismo, pero todo vuelve a su cauce y como en los telediarios lo que hoy es primera plana al cuarto día sólo ocupa unos segundos.
Me siento sola, muy sola, pero ¿cuando no ha sido asi?, quizas en algún momento levanté un muro que no he sabido deriibar, y esta soledad ha sido una soledad merecida. Extraño demiasadas cosas, al menos ... mi querido fantasma... mi fantasma que me acompaña a estar solo.
La cama se convierte en un mar embravecido y solitario, donde yo soy como una pequeña cáscara de nuez, al merced de sus corrientes, y sólo, cuando el sueño me vence, es cuando llego a puerto y descanso, por que en ese cerrar de ojos, la tierra se convierte en un jardín, las nubes grises en algodón de azucar, y aunque parezcan cosas de cria, hay hadas a las que pedir deseos, y castillos, y principes que no piensan en llevarte a la cama a la primera de cambio, pero si te llevan el desayuno, olor a café recien hecho.
Y mañana el dia se vestirá de primavera, y yo escribiré mis sueños en papel, los meteré en un sobre y no pondré remite, para no dejar mis huellas, y quizás me de cuenta que la vida, el destino no ha cerrado una puerta, sino que ha puesto delante de mi un nuevo camino...
¿En que dirección?
Eso sólo lo sabes cuando echas a andar.
Miro a mi alrededor, y me sorprendo de que a pesar de ser 8 personas, se pueda oir el vuelo de una mosca.
"Que asco de empresa"- pienso para mis adentros. Y para colmo he tenido que aguantar a mi jefecillo una hora, esas reuniones tediosas semanales, todo para ponerse una medalla, el muy trepa, y lo que más me ha indignado eran esas miradas perdidas que me ha echado a mis piernas.
Mi falda de vuelo se habia posado algo más arriba de las rodillas y mi jefe no había dejado de observarla.
"Si hubiera sido otro, hasta me habria gustado provocarle un poco subiendome algo más la falda, pero a ese imbecil...". Mioó las hojas de la reunión, versan sobre la macro y la microeconomía, un powerpoint impreso en 14 páginas que seguro se habrábajado de internet.
Alguien llama al teléfono y me saca de mis ensoñaciones.
- "¿Susana, puede venir a mi despacho".
Es raro que me llamen a estas horas. Siento las miradas de is compañeros, y un mal presagio empieza a invadirme.
- "Hola Susana, sientate por favor, tenemos que hablar".
El presagio ha pasado a ser una certeza, busco en sus ojos una seña, mientras el desgrana el consabido discurso. "Son tiempos difíciles, la crisis, el reajuste, eres muy buena en tu trabajo pero..."
Me levanto sin más y corto aquella fuente de excusas para ir al grano.
"Quieres decirme que estoy despedida ?no?, pues déjate de remilgos, dáme mis papeles, y no hablemos más, nada de lo que puedas decir va a dulcificar vuestra decisión, como siempre echaís a la gente sin tener en cuenta su valía, somo piezas, peones que elimináis del tablero como os viene en gana, no perdona diría que mejor eliminarlos para no hacer sombra a tanto incompetente que hay aquí.."
No le dejo que diga nada más, cierro la puerta tras de mi, oigo como balbucea algo, palabras que se estrellan contra el cristal de su despacho.
Recojo las cosas de mi mesa, me siento observada, en algunas miradas hay lástima, y eso hace que subleve más aún, me acerco a los pocos compañeros a los que estimo, y les comento que ya hablaremos, no es el momento.
Por un instante estoy tentada de darme la vuelta y mandarles a todos a tomar por... pero en el último momento me freno, mejor salir con la cabeza alta, no se merecen nada más.
Salgo a la calle, el aire de la primavera tardía se enreda en mi pelo, echo a andar, necesito alejarme lo suficiente, entro en una cafeteria, me pido un café y mientras me lo ponen voy al lavabo. Cierro la puerta con llave, y entonces... el mundo se me cae encima, como si todo ese tiempo hubiera estado colgando de un hilo de seda que ha ido disolviendose. Y mi mundo cae sobre las baldosas frías y sucias de ese lavabo haciéndose añicos, el trabajo, los amigos, los sentimientos, la soledad, todo salpica aquel pequeño rectángulo, y yo sin fuerzas para resisitir echo a llorar.
No sé cuanto tiempo ha pasado, abro la puerta y me miro al espejo, esta descascarillado, y me siento un poco como el, descascarillada, un enorme vacio se ha apoderado de mi interior. Arreglo un poco la pintura de mis ojos, y salgo.
Mi café esta esperandome, el camarero me mira, y yo intento no pagar mi frustración con él, cuando le digo si hace el favor de echar un chorrito de coñac en la taza.
Dejo el café, siento el calor del coñac, y vuelvo a casa.
Abro la puerta, silencio, el mismo silencio de hace ya.. cuanto tiempo, dejo caer el bolso encima del sofa, y miro mi pequeño apartamento, el mismo que ha recogido entre sus paredes, los sueños cuando empecé a decorarlo, cada cuadro, cada maceta, cada detalle, llevaba un trocito de mis ilusiones. Aquellas paredes han sido testigos mudos de tantos besos, abrazos, susurros y enredos de sabanas... que algunas veces me hacen enrojecer, sin embargo, cuando las miro solo las veo colgadas como si de cuadros se trataran y como aquella canción de Los Secretos, yo me quedo colgada a ellos.
Ahora, como si de un diminuto desierto se tratase, todo permanece en silencio, y sin quererlo enciendo mi portatil, y en aquella carpeta olvidada releo viejos escritos, fotos que si fueran de papel estarían amarillentas en el fondo de algún cajón.
En algún lugar...
Años, ¿por que ahora pienso en ello?, quizas por que el volver a estar en el paro, hace que uno recapacite sobre su vida, es como una vuelta a empezar, quizás si mi dosis de optimismo fuera otra, podría verlo como una nueva oportunidad, pero me siento cansada, y a mi llegan palabras como "mira otra vez sola" "anda si vienes sin compañia" "hija que se te va a pasar el arroz"... he dejado de ir a reuniones, a fiestas por que por mas que he intentado que no me afectase, siempre, como la lluvia de otoño, terminaba calada hasta los huesos.
Y él, donde estará, tener a alguien como si no lo tuvieras, es como invitar a tu casa a un fantasma, ¿puedes llegar a soñar,a creer, a ilusionarte con un fantasma?, por que lo tangible se convierte en intangible cuando mas lo necesitas, quien sino puede mirarse al espejo cada noche y hablar con uno mismo, sólo aquel que convive con uno de ellos.
Al final cualquier cosa se convierte en algo etéreo, llamadas, breves encuentros, todo son como aquellos espejismos que suelen verse en los desiertos...
Y este es mi desierto, mis cuatro paredes, con mi fantasma y mis espejismos.
Llaman al teléfono, no sé como demonios se ha enterado, dicen que las malas noticias vuelan, y sus palabras me suenan a huevas y vacias, "ánimo, todo saldrá bien, ya verás que pronto encontrarás otra cosa..." sé que lo hace con todo el caruiño del mundo, pero a mi me recuerda cuando estas en un entierro y se acercan desconocidos para darte el pésame "lo siento mucho, qué pérdida..." qué coño sabrán ellos lo que yo siento, cómo me siento...
No quiero pelearme con el mundo, aunque ganas y excusas no me faltan. Tengo que apuntar las cosas, empezar a recopilar los papeles para el paro, y sobre todo, avisar que mi madre no tiene que enterarse, lo que me faltaría es aguantarla, que estuviera encima, además para qué darla un disgusto, tengo fé tengo la esperanza de que esta situación es pasajera, pasajera, pasajera....
Cae la noche, es el peor momento, ya ha pasado una semana desde que ... desde que estoy sin trabajo, y los atardeceres las noches son como esas montañas que desafian a los ciclistas, pendientes del 20%, rompepiernas, a veces creo que llego a comprender a los suicidas, llega un momento que dejar de sufrir es lo mas sencillo, la única cuestión es el como.
Por fin han pasado las llamadas de los conocidos que al enterarse no pierden el tiempo en saber como estas, no debo juzgarles por que yo he hecho lo mismo, pero todo vuelve a su cauce y como en los telediarios lo que hoy es primera plana al cuarto día sólo ocupa unos segundos.
Me siento sola, muy sola, pero ¿cuando no ha sido asi?, quizas en algún momento levanté un muro que no he sabido deriibar, y esta soledad ha sido una soledad merecida. Extraño demiasadas cosas, al menos ... mi querido fantasma... mi fantasma que me acompaña a estar solo.
La cama se convierte en un mar embravecido y solitario, donde yo soy como una pequeña cáscara de nuez, al merced de sus corrientes, y sólo, cuando el sueño me vence, es cuando llego a puerto y descanso, por que en ese cerrar de ojos, la tierra se convierte en un jardín, las nubes grises en algodón de azucar, y aunque parezcan cosas de cria, hay hadas a las que pedir deseos, y castillos, y principes que no piensan en llevarte a la cama a la primera de cambio, pero si te llevan el desayuno, olor a café recien hecho.
Y mañana el dia se vestirá de primavera, y yo escribiré mis sueños en papel, los meteré en un sobre y no pondré remite, para no dejar mis huellas, y quizás me de cuenta que la vida, el destino no ha cerrado una puerta, sino que ha puesto delante de mi un nuevo camino...
¿En que dirección?
Eso sólo lo sabes cuando echas a andar.
lunes, abril 05, 2010
Colgados

Alguien ha cogado las zapatillas de baile.
Quedan suspendidas de una puerta. como si la música hubiese quedado en suspenso.
Silencio.
Se cuelgan los sueños en hilos transparentes.
Se cuelgan las sonrisas, aquellas que se deslizaban entre las sábanas.
Quedan colgadas las fotografías, que con el paso del tiempo amarillean y cuartean.
Cuelgan del techo como lamparas de cristal apagadas, las aceras mojadas, en cuyos reflejos las sombras bailan...
Bailan sin sus zapatillas de baile.
Cuelgan del techo, puertas cerradas.
Cuelgan de hilos todos los abrazos de bienvenida que miran de reojo a cada adios.
Cuelgan de lazos, las esperanzas, con etiquetas de poemas olvidados.
Quedan colgados los sentimientos, como si fueran bolas de navidad en un abeto de plástico.
Los miro y me quedo colgado.
Y me subo a una escalera, y cuelgo un hilo, y del hilo cuelga un principio, que termina colgando en un final.
Y me bajo de la escalera, y veo en el techo, blanco, todos aquellos hilos colgando.
Y los miro y me quedo colgado.
martes, marzo 09, 2010
El contador de historias
Sobre la mesa de madera un vaso.
En el vaso dos hielos nadan.
Nadan en un lago de whisky.
Crepita una vela.
Las palabras esparcidas sobre la hoja del cuaderno alargan sus sombras. A su lado un viejo y cansado bolígrafo, duerme.
El contador de historias observa las sombras de las palabras. Parecen que bailasen al ritmo de la llama.
¡Cuantas historias...!, sueños incompletos, deseos en tinta, recuerdos, princesas y dragones, playas y estrellas, amores y desencuentros.
Toma el vaso y bebe.
Los hielos chocan contra el cristal, tintinean.
En el cuaderno, se esconden los metros de tinta del contador de historias, si alguien no supiese leer, diría que los trazos bailan sobre una tela blanca, palpitan.
Sin embargo él sabe que llevan su piel, sus lágrimas y sus sonrisas, jirones de su alma.
Y ahora el bolígrafo se siente viejo y cansado, quizás por que detrás ha dejado un largo camino de tinta, un largo recorrido sin regreso.
La vela se va apagando, el baile se acaba, las letras yacen una tras otra, como si en el fondo supiesen que ese es su destino.
Y el contador de historias apura su vaso, cierra los ojos, y espera ... espera a que lleguen los sueños... y se lo lleven.
En el vaso dos hielos nadan.
Nadan en un lago de whisky.
Crepita una vela.
Las palabras esparcidas sobre la hoja del cuaderno alargan sus sombras. A su lado un viejo y cansado bolígrafo, duerme.
El contador de historias observa las sombras de las palabras. Parecen que bailasen al ritmo de la llama.
¡Cuantas historias...!, sueños incompletos, deseos en tinta, recuerdos, princesas y dragones, playas y estrellas, amores y desencuentros.
Toma el vaso y bebe.
Los hielos chocan contra el cristal, tintinean.
En el cuaderno, se esconden los metros de tinta del contador de historias, si alguien no supiese leer, diría que los trazos bailan sobre una tela blanca, palpitan.
Sin embargo él sabe que llevan su piel, sus lágrimas y sus sonrisas, jirones de su alma.
Y ahora el bolígrafo se siente viejo y cansado, quizás por que detrás ha dejado un largo camino de tinta, un largo recorrido sin regreso.
La vela se va apagando, el baile se acaba, las letras yacen una tras otra, como si en el fondo supiesen que ese es su destino.
Y el contador de historias apura su vaso, cierra los ojos, y espera ... espera a que lleguen los sueños... y se lo lleven.
jueves, febrero 25, 2010
Tres historias
Uno.
Gira la cuchara de madera.
Sobre la mesa de la cocina un libro de recetas.
El vapor de la cacerola impregna todo de un aroma apetitoso.
Ella llora.
Y no es por la cebolla picada que espera a ser echada en la sartén para el sofrito.
Suelta la cuchara, reduce la potencia de la vitrocerámica, y se deja caer en la silla.
¿Cuando, cuando pasó? se pregunta. No hace mucho adoraba cocinar para él, algunas noches cuando la cena estaba casi lista, la dejaba a un lado, se desvestía y le esperaba sólo con un delantal puesto, como el título de aquella película, "el cielo puede esperar", ella le decia:"la cena puede esperar", y hacían en el amor sobre la mesa de esa misma cocina.
Ahora, ni siquiera recuerda cuando fué la última vez que hicieron el amor, ¿es posible casarse enamorada, sentir que la vida te llena y con el paso del tiempo todo se convierte en un vacio, en un dejarse llevar?
Recordó otra película "El graduado", cuando Dustin Hoffman, está en la piscina sobre un flotador y contesta: "voy a la deriva, es tan fácil ir a la deriva..."
De pronto siente un frío que le recorre la espalda, no puede dejar de llorar cuando recuerda el brillo de aquellos ojos, cómo buscaban cualquier rincón oscuro y los cristales del coche se empeñaban, sus cuerpos uno sobre el otro, riendo, con esa sensacion de placer que da el morbo de poder ser descubiertos. Luego aquellos viajes inesperados, fines de semana donde se abría una puerta, se juntaban unos labios, y una mano tiraba de otra para salir corriendo sin destino, simplemente por que el lunes estaba demasiado lejos y había todo un mundo por comerse.
Y siente que el mundo se la ha comido.
Ahora viene a su mente aquella frase de Jim Morrison "A veces basta un instante para olvidar una vida, pero a veces no basta una vida para olvidar un instante"
Se seca las lágrimas, y vuelve a tomar la cuchara, remueve un poco, y prepara el sofrito, piensa en lo que tiene, en que duerme acompañada, en que los tiempos pasados siempre fueron los mejores, y quizás, sólo quizás mañana tenga el valor para decirle como se siente.
Por que basta un instante para olvidar una vida.
Dos.
Habia escrito en su agenda aquella frase de Jim Morrison "A veces basta un instante para olvidar una vida, pero a veces no basta una vida para olvidar un instante"...
Nunca pensó que fuera tan real, menos aún cuando había dejado los restos de su corazón en una casa que ahora le parecía tan lejana. Nadie la había entendido, nadie salió en su defensa, ni siquiera sus amigos, cuantas veces tuvo que oir "si sois la pareja perfecta", cuantas veces tuvo que callarse "... sí, la pareja perfecta de puertas hacia fuera..."
Sintío que se había adentrado en un gélido invierno, que la vida sería sólo un desgranar de días, de semanas, de meses, como si la mirase tras una ventana, ver la vida pasar...
Y sin embargo quién se lo iba a decir, una cita sin más, a regañadientes, por que ¡que coño pinto yo con un tio que no conzco de nada! será como los demás, una copa y a ver si puede llevarme a la cama. Sin embargo, él era diferente, le noté tímido, me llevó a un bar, a un rincón con unos sofás en una planta desde donde se podia ver la barra y el resto del local, supuse que buscaba un lugar intimo donde él se convertiría en el cazador y yo su presa, pero no, sólo quería un lugar tranquilo para charlar, como él me dijo: "para irnos conociendo". Note a veces que su voz temblaba, me habló de sus miedos, de cómo tenia el corazón cosido a navajazos, se abrió ante mi como si estuviera leyendo un libro, al final de la noche, cuando tenía que irme por que pasaba el último autobús sentí el miedo en sus labios, yo espera ansiosa la pregunta, él temía mi respuesta.
"¿Te apetece quedar otro día?", no hubo vacilaciones, "mañana sería genial", y se le iluminó la cara. No sabe que cuando me fuí esa noche, me giré tras una columna, y le ví saltar de alegría, le ví coger su movil y mandar un sms, sóno el mio y leí: "eres un cielo, me lo he pasado genial, dulces sueños un besito"...
Ahora ella se tiene que ir, deja apuntado el trabajo que tiene que hacer a primera hora de la mañana, se acerca a la ventana de su pequeño despacho y y la abre, le ve allí esperandola con la sonrisa de pillo, ella le sonrie, su corazón brinca en su pecho.
Por que el amor es sencillo, sin trabas, sin miedos, y los atrapa cuando uno menos se lo espera, sin que ellos sepan lo que la vida les deparará, por que como decía un aprendiz de escritor, "el amor dura lo que dura el amor"
Tres.
Regresa un día más del trabajo, sube los escalones, mete la llave y se queda parado en el umbral de la puerta. Aquella pequeña estancia es toda su casa, un lugar acogedor.
Enciende la luz, y piensa en la frase que un día oyó en una canción: "las luces siempre encienden en el alma", y rompe a reir cuando añade para sí, las mias deben de ser de bajo consumo...
Cuelga el abrigo en el armario, recoge el vaso del café que se dejó por la mañana y pone algo de música. Se deja caer en el sillón que tiene frente a la televisión, y ese sonido rompe el silencio. ¿Cuánto tiempo llevo aquí? se pregunta, se siente anclado, como un árbol entre los carriles de una autopista, ve pasar los coches veloces, y el permanece allí, parado quieto, un día y otro y otro y otro más.
Toma su agenda moleskine, un regalo, y lee lo que ha escrito esa mañana en el tren, " A veces basta un instante para olvidar una vida, pero a veces no basta una vida para olvidar un instante", sabe que lo ha leido en alguna parte, pero no recuerda donde, ni de quien es la frase. Pero esa cita lo dice todo, mira las fotos que tiene distribuidas por la habitación, y piensa que sí, que a veces basta un instante para tirar por la borda toda una vida, para perderse lo más hermoso que puede tenerse. ¡Cómo pasa el tiempo! ¡Todo lo que me he perdido de vivir! En ese momento suena una canción "Sin preocupacion" del Duo Reyli... "me voy en paz si Dios me llama ahora mismo, no pasa nada confieso que me voy tranquilo, no, no existen enemigos ni cuentas que saldar..." y piensa porqué Dios llama a unos y no a él, pero ve las fotos y los pensamientos se borran de un soplo.
Sonrie.
Mañana será otro día.
Y recuerda la frase. "A veces basta un instante para olvidar una vida, pero a veces no basta una vida para olvidar un instante." Y sabe que tiene unos cuantos instantes que nunca olvidará, aunque tambien haya otros por los que olvidaria la vida.
Se levanta, cambia la música, ahora suena algo alegre, se abre una lata de voldamm doble malta, levanta la lata hacia el vacio de la casa y brinda.. brinda por la vida.
Gira la cuchara de madera.
Sobre la mesa de la cocina un libro de recetas.
El vapor de la cacerola impregna todo de un aroma apetitoso.
Ella llora.
Y no es por la cebolla picada que espera a ser echada en la sartén para el sofrito.
Suelta la cuchara, reduce la potencia de la vitrocerámica, y se deja caer en la silla.
¿Cuando, cuando pasó? se pregunta. No hace mucho adoraba cocinar para él, algunas noches cuando la cena estaba casi lista, la dejaba a un lado, se desvestía y le esperaba sólo con un delantal puesto, como el título de aquella película, "el cielo puede esperar", ella le decia:"la cena puede esperar", y hacían en el amor sobre la mesa de esa misma cocina.
Ahora, ni siquiera recuerda cuando fué la última vez que hicieron el amor, ¿es posible casarse enamorada, sentir que la vida te llena y con el paso del tiempo todo se convierte en un vacio, en un dejarse llevar?
Recordó otra película "El graduado", cuando Dustin Hoffman, está en la piscina sobre un flotador y contesta: "voy a la deriva, es tan fácil ir a la deriva..."
De pronto siente un frío que le recorre la espalda, no puede dejar de llorar cuando recuerda el brillo de aquellos ojos, cómo buscaban cualquier rincón oscuro y los cristales del coche se empeñaban, sus cuerpos uno sobre el otro, riendo, con esa sensacion de placer que da el morbo de poder ser descubiertos. Luego aquellos viajes inesperados, fines de semana donde se abría una puerta, se juntaban unos labios, y una mano tiraba de otra para salir corriendo sin destino, simplemente por que el lunes estaba demasiado lejos y había todo un mundo por comerse.
Y siente que el mundo se la ha comido.
Ahora viene a su mente aquella frase de Jim Morrison "A veces basta un instante para olvidar una vida, pero a veces no basta una vida para olvidar un instante"
Se seca las lágrimas, y vuelve a tomar la cuchara, remueve un poco, y prepara el sofrito, piensa en lo que tiene, en que duerme acompañada, en que los tiempos pasados siempre fueron los mejores, y quizás, sólo quizás mañana tenga el valor para decirle como se siente.
Por que basta un instante para olvidar una vida.
Dos.
Habia escrito en su agenda aquella frase de Jim Morrison "A veces basta un instante para olvidar una vida, pero a veces no basta una vida para olvidar un instante"...
Nunca pensó que fuera tan real, menos aún cuando había dejado los restos de su corazón en una casa que ahora le parecía tan lejana. Nadie la había entendido, nadie salió en su defensa, ni siquiera sus amigos, cuantas veces tuvo que oir "si sois la pareja perfecta", cuantas veces tuvo que callarse "... sí, la pareja perfecta de puertas hacia fuera..."
Sintío que se había adentrado en un gélido invierno, que la vida sería sólo un desgranar de días, de semanas, de meses, como si la mirase tras una ventana, ver la vida pasar...
Y sin embargo quién se lo iba a decir, una cita sin más, a regañadientes, por que ¡que coño pinto yo con un tio que no conzco de nada! será como los demás, una copa y a ver si puede llevarme a la cama. Sin embargo, él era diferente, le noté tímido, me llevó a un bar, a un rincón con unos sofás en una planta desde donde se podia ver la barra y el resto del local, supuse que buscaba un lugar intimo donde él se convertiría en el cazador y yo su presa, pero no, sólo quería un lugar tranquilo para charlar, como él me dijo: "para irnos conociendo". Note a veces que su voz temblaba, me habló de sus miedos, de cómo tenia el corazón cosido a navajazos, se abrió ante mi como si estuviera leyendo un libro, al final de la noche, cuando tenía que irme por que pasaba el último autobús sentí el miedo en sus labios, yo espera ansiosa la pregunta, él temía mi respuesta.
"¿Te apetece quedar otro día?", no hubo vacilaciones, "mañana sería genial", y se le iluminó la cara. No sabe que cuando me fuí esa noche, me giré tras una columna, y le ví saltar de alegría, le ví coger su movil y mandar un sms, sóno el mio y leí: "eres un cielo, me lo he pasado genial, dulces sueños un besito"...
Ahora ella se tiene que ir, deja apuntado el trabajo que tiene que hacer a primera hora de la mañana, se acerca a la ventana de su pequeño despacho y y la abre, le ve allí esperandola con la sonrisa de pillo, ella le sonrie, su corazón brinca en su pecho.
Por que el amor es sencillo, sin trabas, sin miedos, y los atrapa cuando uno menos se lo espera, sin que ellos sepan lo que la vida les deparará, por que como decía un aprendiz de escritor, "el amor dura lo que dura el amor"
Tres.
Regresa un día más del trabajo, sube los escalones, mete la llave y se queda parado en el umbral de la puerta. Aquella pequeña estancia es toda su casa, un lugar acogedor.
Enciende la luz, y piensa en la frase que un día oyó en una canción: "las luces siempre encienden en el alma", y rompe a reir cuando añade para sí, las mias deben de ser de bajo consumo...
Cuelga el abrigo en el armario, recoge el vaso del café que se dejó por la mañana y pone algo de música. Se deja caer en el sillón que tiene frente a la televisión, y ese sonido rompe el silencio. ¿Cuánto tiempo llevo aquí? se pregunta, se siente anclado, como un árbol entre los carriles de una autopista, ve pasar los coches veloces, y el permanece allí, parado quieto, un día y otro y otro y otro más.
Toma su agenda moleskine, un regalo, y lee lo que ha escrito esa mañana en el tren, " A veces basta un instante para olvidar una vida, pero a veces no basta una vida para olvidar un instante", sabe que lo ha leido en alguna parte, pero no recuerda donde, ni de quien es la frase. Pero esa cita lo dice todo, mira las fotos que tiene distribuidas por la habitación, y piensa que sí, que a veces basta un instante para tirar por la borda toda una vida, para perderse lo más hermoso que puede tenerse. ¡Cómo pasa el tiempo! ¡Todo lo que me he perdido de vivir! En ese momento suena una canción "Sin preocupacion" del Duo Reyli... "me voy en paz si Dios me llama ahora mismo, no pasa nada confieso que me voy tranquilo, no, no existen enemigos ni cuentas que saldar..." y piensa porqué Dios llama a unos y no a él, pero ve las fotos y los pensamientos se borran de un soplo.
Sonrie.
Mañana será otro día.
Y recuerda la frase. "A veces basta un instante para olvidar una vida, pero a veces no basta una vida para olvidar un instante." Y sabe que tiene unos cuantos instantes que nunca olvidará, aunque tambien haya otros por los que olvidaria la vida.
Se levanta, cambia la música, ahora suena algo alegre, se abre una lata de voldamm doble malta, levanta la lata hacia el vacio de la casa y brinda.. brinda por la vida.
jueves, febrero 18, 2010
Palabras
Era un viernes cualquiera de esos en que la tarde muere plácidamente.
Sonaba una balada de Meat Loaf, y una lata de cerveza dejaba un surco de agua bajo ella.
Cerré los ojos y recordé aquella terraza que daba al mar, cuando la noche lo inundaba todo, cuando sobre una túnica azul oscura las estrellas prendian de ella, con todo los sueños por realizar, por que aún había tanto tiempo para hacerlos. realidad.
Llaman a la puerta.
Se abre.
Es él.
Me mira y entra.
En sus ojos hay rastro de lágrimas, en sus manos, como en un nido, se refugian trocitos de su corazón.
Los recuerdos vienen a mi como si fueran de ayer mismo, y sin embargo todo fué hace tiempo y queda ya tan lejano.
Lo abrazo, y él se pierde, corre, huye, intenta desaparecer entre mis brazos, pero no puede, la vida es así, a veces te alza como en una montaña rusa para dejarte caer un instante después.
Y le hablo:
"Nadie nos prepara para cuando alguien nos rompe el corazón, nadie nos enseña como nos va a doler, cuanto nos va a doler, y por muchas palabras que te pueda decir el dolor es tuyo y tú solo lo sientes.
La vida a veces es una línea delgada, como un camino estrecho en un barranco en el cual sólo por desplazar un poco el pie puedes caer, como un coche que entra sólo un poco mas rápido en una curva y cuando quiere darse cuenta ya no puede volver a la carretera, hay errores que se cometen una vez y se pagan toda una vida.
No hay escuelas que nos lo enseñe, no hay hospitales que te cosan tus pedacitos de corazón, ni pastillas que borren tus recuerdos.
Quizás la vida sea un retazo de recuerdos, de vivirlos hasta que duren, como alguna vez leí: "el amor dura lo que dura el amor".
Quizas la vida sea vivir, sentir y recordar.
Podrás disfrutar de tus recuerdos cuando dejen de doler, y aún asi seguiran escociendo un poco, sólo te queda apretar los dientes y seguir.
Eres joven quizas no me entiendas, tienes tanto que aprender, pero mírame a mi, soy ya viejo, he vivido y he sufrido, pero soy feliz.
Ahora el mundo está en tus manos, sientes que puedes con él y nada ni nadie puede enseñarte más, no hagas caso, piensa en los que te quieren y ya han vivido lo que tú ahora vives, todo se calmará y la vida sigue, aunque queden cicatrices en el alma, muchas noches podrás acariciarlas y recordar ese tiempo, quizás dentro de años estes donde yo estoy, diciendo estas mismas palabras... sintiendote feliz.
NO, no me digas que es tu dolor y que no te entiendo, puedo enseñarte mi pecho y como está este viejo y roto corazón.
Pero no te refugies en el dolor, por que vendrán mas amaneceres, y volverás a sentir y creeras que el mundo se detiene, y los sueños dejan su mundo irreal para dejarse atrapar por tus manos, y debes creer que es así , por que los sueños son de aquellos que creen en ellos."
Ha dejado de llorar, sus labios esbozan una pequeña sonrisa y se desprende un callado gracias.
No hay mas que decir, su dolor es sólo suyo, por más que pudiera contarle, nada le haría sentirse mejor.
Le acuno entre mis brazos, la tarde ha muerto ya, y en aquella habitaciñon la vida pasa.
Cierro los ojos, y los recuerdos vienen a mi como si fueran de ayer mismo, y sin embargo todo fué hace tiempo y queda ya tan lejano.
Y Meat Loaf canta: "...si la vida es sólo una autopista,entonces el alma es sólo un coche.Y los objetos en el espejo retrovisor pueden aparecer más cerca de lo que están..."
Sonaba una balada de Meat Loaf, y una lata de cerveza dejaba un surco de agua bajo ella.
Cerré los ojos y recordé aquella terraza que daba al mar, cuando la noche lo inundaba todo, cuando sobre una túnica azul oscura las estrellas prendian de ella, con todo los sueños por realizar, por que aún había tanto tiempo para hacerlos. realidad.
Llaman a la puerta.
Se abre.
Es él.
Me mira y entra.
En sus ojos hay rastro de lágrimas, en sus manos, como en un nido, se refugian trocitos de su corazón.
Los recuerdos vienen a mi como si fueran de ayer mismo, y sin embargo todo fué hace tiempo y queda ya tan lejano.
Lo abrazo, y él se pierde, corre, huye, intenta desaparecer entre mis brazos, pero no puede, la vida es así, a veces te alza como en una montaña rusa para dejarte caer un instante después.
Y le hablo:
"Nadie nos prepara para cuando alguien nos rompe el corazón, nadie nos enseña como nos va a doler, cuanto nos va a doler, y por muchas palabras que te pueda decir el dolor es tuyo y tú solo lo sientes.
La vida a veces es una línea delgada, como un camino estrecho en un barranco en el cual sólo por desplazar un poco el pie puedes caer, como un coche que entra sólo un poco mas rápido en una curva y cuando quiere darse cuenta ya no puede volver a la carretera, hay errores que se cometen una vez y se pagan toda una vida.
No hay escuelas que nos lo enseñe, no hay hospitales que te cosan tus pedacitos de corazón, ni pastillas que borren tus recuerdos.
Quizás la vida sea un retazo de recuerdos, de vivirlos hasta que duren, como alguna vez leí: "el amor dura lo que dura el amor".
Quizas la vida sea vivir, sentir y recordar.
Podrás disfrutar de tus recuerdos cuando dejen de doler, y aún asi seguiran escociendo un poco, sólo te queda apretar los dientes y seguir.
Eres joven quizas no me entiendas, tienes tanto que aprender, pero mírame a mi, soy ya viejo, he vivido y he sufrido, pero soy feliz.
Ahora el mundo está en tus manos, sientes que puedes con él y nada ni nadie puede enseñarte más, no hagas caso, piensa en los que te quieren y ya han vivido lo que tú ahora vives, todo se calmará y la vida sigue, aunque queden cicatrices en el alma, muchas noches podrás acariciarlas y recordar ese tiempo, quizás dentro de años estes donde yo estoy, diciendo estas mismas palabras... sintiendote feliz.
NO, no me digas que es tu dolor y que no te entiendo, puedo enseñarte mi pecho y como está este viejo y roto corazón.
Pero no te refugies en el dolor, por que vendrán mas amaneceres, y volverás a sentir y creeras que el mundo se detiene, y los sueños dejan su mundo irreal para dejarse atrapar por tus manos, y debes creer que es así , por que los sueños son de aquellos que creen en ellos."
Ha dejado de llorar, sus labios esbozan una pequeña sonrisa y se desprende un callado gracias.
No hay mas que decir, su dolor es sólo suyo, por más que pudiera contarle, nada le haría sentirse mejor.
Le acuno entre mis brazos, la tarde ha muerto ya, y en aquella habitaciñon la vida pasa.
Cierro los ojos, y los recuerdos vienen a mi como si fueran de ayer mismo, y sin embargo todo fué hace tiempo y queda ya tan lejano.
Y Meat Loaf canta: "...si la vida es sólo una autopista,entonces el alma es sólo un coche.Y los objetos en el espejo retrovisor pueden aparecer más cerca de lo que están..."
miércoles, febrero 10, 2010
El mar
Recordaba cuando de pequeño, a la luz de su lamparita que proyectaba peces girando, su padre se sentaba en la cama.
Él le daba un libro, siempre el mismo, y le decía: "léeme"
Aunque hubiera noches que a su padre se le cerraran los ojos, no paraba de leer hasta que el pequeño dormia.
Siempre el mismo libro.
Un libro del mar y de piratas.
- "Papá ¿tú has visto el mar?
- Si hijo, una vez.
- Y ¿cómo es?
- Es bello... es inmenso, podrías estar días y días mirándolo y nunca sería lo mismo.
El pequeño se quedaba observando el reflejo de los peces en el techo, soñando que un día vería el mar.
Ahora recordaba aquellos tiempos y los echaba de menos, hacía tiempo que no necesitaba que le leyeran para dormir, y sin embargo cuanto le gustaría que así fuera.
Echaba de menos a su padre.
El tiempo había pasado, aún no había podido ir a ver el mar, los estudios, la familia, su vida... cada vez que lo había intentado algo se había interpuesto, y le había dejado con las ilusiones rotas.
Pero él no perdía la esperanza, de vez en cuando abría aquel libro, el libro del mar y los piratas. Y entonces surcaba las aguas, de ese mar que cada noche soñaba.
Un día alguien surgió, oyó hablar de sus sueños, los acarició entre sus palabras, les dibujó alas con sus dedos y él sucumbió.
Tomó su mano...
- Es el momento.- le dijo.
- Tengo miedo.
- Lo sé, pero el miedo sólo debe ser como niebla que se disipa en la mañana.
- He intentado ir más de una vez, ver el mar, pero siempre me encontraba con algo que me detenía, que estrellaba mis sueños contra un muro.
- Hoy lo verás...conmigo.- y le tomó de la mano.
- No me sueltes.
- No lo haré. Cierra los ojos.
Él los cerró, en el fondo de su corazón oyó la voz de su padre: "... es bello... es inmenso, podrías estar días y días mirándolo y nunca sería lo mismo"
- Ahora ya puedes abrirlos.
Y él los abrió, delante de un mar océano, de un azul tan intenso que diríase verde esmeralda.
Él le daba un libro, siempre el mismo, y le decía: "léeme"
Aunque hubiera noches que a su padre se le cerraran los ojos, no paraba de leer hasta que el pequeño dormia.
Siempre el mismo libro.
Un libro del mar y de piratas.
- "Papá ¿tú has visto el mar?
- Si hijo, una vez.
- Y ¿cómo es?
- Es bello... es inmenso, podrías estar días y días mirándolo y nunca sería lo mismo.
El pequeño se quedaba observando el reflejo de los peces en el techo, soñando que un día vería el mar.
Ahora recordaba aquellos tiempos y los echaba de menos, hacía tiempo que no necesitaba que le leyeran para dormir, y sin embargo cuanto le gustaría que así fuera.
Echaba de menos a su padre.
El tiempo había pasado, aún no había podido ir a ver el mar, los estudios, la familia, su vida... cada vez que lo había intentado algo se había interpuesto, y le había dejado con las ilusiones rotas.
Pero él no perdía la esperanza, de vez en cuando abría aquel libro, el libro del mar y los piratas. Y entonces surcaba las aguas, de ese mar que cada noche soñaba.
Un día alguien surgió, oyó hablar de sus sueños, los acarició entre sus palabras, les dibujó alas con sus dedos y él sucumbió.
Tomó su mano...
- Es el momento.- le dijo.
- Tengo miedo.
- Lo sé, pero el miedo sólo debe ser como niebla que se disipa en la mañana.
- He intentado ir más de una vez, ver el mar, pero siempre me encontraba con algo que me detenía, que estrellaba mis sueños contra un muro.
- Hoy lo verás...conmigo.- y le tomó de la mano.
- No me sueltes.
- No lo haré. Cierra los ojos.
Él los cerró, en el fondo de su corazón oyó la voz de su padre: "... es bello... es inmenso, podrías estar días y días mirándolo y nunca sería lo mismo"
- Ahora ya puedes abrirlos.
Y él los abrió, delante de un mar océano, de un azul tan intenso que diríase verde esmeralda.
martes, febrero 02, 2010
La frase
Llegué a aquel pueblo, de casa blancas y acantilados que invitan a volar.
Su playa, larga como un camino que lleva a ninguna parte.
Y sus gentes amables, abiertas, deseosas de que algo nuevo rompa la monotonía de sus vidas.
Buscaba eso, de alguna manera perderme entre el azul del mar y el verde de sus campiñas, aligerar mi mochila, cansada de tanto viaje. Quizás entre aquella paz, podría encontrarme, quizás sólo fuera un punto más en mi camino.
Necesitaba olvidarme en un pueblo olvidado, recuperar las palabras que se habían desparramado entre mis sábanas frías, y volver.
Volver...
Debajo de mi habitación, había un local.
Pero antes dejadme que os ubique un poco, por suerte elegí la casa de una anciana del lugar, la tenía cerrada a pesar de estar en unos de los lugares más privilegiados del pueblo. Sus hijos marcharon para la ciudad y ella prefería vivir en lo que fue el caserío de sus padres, antes de sus abuelos, ¡ cómo podría ella romper con una tradición así ¡
La casa estaba a las afueras del pueblo, ni muy lejos para que nadie viniera, ni lo suficientemente cerca como para pertenecer al pueblo. Se situaba sobre un promontorio desde el que se veía el horizonte despejado, el pueblo a la izquierda, el faro a la derecha y de frente un acantilado. Se podía acceder a la playa por un camino recortado a las rocas, como si una mano gigante hubiera cogido unas tijeras.
Era el lugar ideal.
Sólo me inquietaba aquel local, sus maderas crujían con el viento del atardecer, a veces me recordaban a un llanto lúgubre y solitario. Cuando pregunté en el pueblo, nadie quiso decirme nada, las respuestas eran evasivas, o bien me respondían con un: "antes había una tienda pero se cerró".
Vi como se miraban unos a otros, intentando que sus respuestas tuvieran la coherencia suficiente para acallar mis dudas.
Aquello sólo hizo que se acrecentaran.
Y como en cada pueblo, este también tenía su viejito borracho, fácil encariñarse con él, fácil soltarle la lengua.
Y así fue como en una tarde de otoño, mientras el mar rugía contra el acantilado, aquel viejito, una botella de licor, dos vasos y yo, dieron paso a esta historia...
"... dicen que nadie supo como, ni cuando llegó. Una mañana, sin más, apareció en el pueblo, preguntó por esta casa y por su local, puso el dinero encima de la mesa, y se instaló.
Se le veía cada tarde, casi al anochecer bajar a la playa con uno o dos libros, se sentaba en la arena aún caliente y allí se quedaba horas y horas. Algunas mañanas cuando los pescadores volvían al alba le veían recoger sus libros, y volver a su casa. Decía que le encantaba estar allí, en aquel silencio sólo mecido por el rumor de las olas, mirando las estrellas buscando los cometas, las estrellas fugaces...
Al poco tiempo abrió una tienda, la llenó de flores y libros, algunos los vendía otros los prestaba, y los domingos tomaba uno en sus manos, bajaba a la plaza del pueblo, y lo leía a los niños. Dicen que nos quería, yo sólo sé que se hizo querer.
En su mirada siempre había un pozo de nostalgia, de soledad, nunca contestó a nuestras preguntas sobre su pasado, cuando se las hacíamos sonreía y callaba, pero yo alguna vez vi una lágrima en sus ojos.
En la tienda, sobre la estantería principal depositó una botella de cristal, dentro de ella, como por arte de magia flotaban unas letras, si no recuerdo mal, eran:
" V, O, M, A, E, M, L, R, E, D, D, A, I, I"
Nos contó que hacía tiempo esas letras las guardó, allá donde vivía, en una pequeña frasca de las que aún se echa el vino añejo. Un día alguien entró y formó con aquellas palabras una frase, las dejó sobre la cama, y allí permanecieron, hasta que sin más, una tarde, se encontró las frasca echa añicos y las letras esparcidas por el suelo. Las recogió, juntos a los pedacitos de su corazón, cogió su ropa, sus libros, sus recuerdos, sus sonrisas y sus lágrimas y se fue.
Llegó hasta aquí, y un día puso la botellita en la tienda.
Quizás no fuera su intención, o quizás en el fondo era que sí lo deseaba, pero la gente al ver aquella botella intentaba formar palabras y frases...
"mar, remo, adivinar, al mar me di, volar, dame rima...."
Y él miraba.
Les dejaba hacer.
Luego recogía las palabras y las volvía a meter en el botella, sin decir nada, sólo una sonrisa. Quizás esperando que alguien formara de nuevo aquella frase.
Un día que estaba en su habitación, oyó la campanilla de la puerta de la tienda, unos pasos, unas manos que abren la botella, letras que caen como lluvia sobre la madera... silencio...
Suena la campanilla, se cierra una puerta.
Corrió, pero ya no había nadie en la tienda.
Sobre la mesa la botella yacía como un barco en la mar.
Las letras esparcidas.
Dibujan una frase en la madera.
Una frase. Aquella frase…
No volvimos a saber de él.
Cerró la casa esa misma tarde, cerró la tienda, dejó en ella sus libros, más la botella no estaba.Dicen que siguió las huellas de aquella que formó la frase."
Y esa es la historia de la tienda.
- Pero, y la frase ¿cual es la frase?
- La frase... nadie sabe cual es la frase, sólo esas letras la forman.
Ahora bajo todas las tardes a la playa y dibujo en la arena esas letras esperando que alguien me ayude a encontrar la frase.
Su playa, larga como un camino que lleva a ninguna parte.
Y sus gentes amables, abiertas, deseosas de que algo nuevo rompa la monotonía de sus vidas.
Buscaba eso, de alguna manera perderme entre el azul del mar y el verde de sus campiñas, aligerar mi mochila, cansada de tanto viaje. Quizás entre aquella paz, podría encontrarme, quizás sólo fuera un punto más en mi camino.
Necesitaba olvidarme en un pueblo olvidado, recuperar las palabras que se habían desparramado entre mis sábanas frías, y volver.
Volver...
Debajo de mi habitación, había un local.
Pero antes dejadme que os ubique un poco, por suerte elegí la casa de una anciana del lugar, la tenía cerrada a pesar de estar en unos de los lugares más privilegiados del pueblo. Sus hijos marcharon para la ciudad y ella prefería vivir en lo que fue el caserío de sus padres, antes de sus abuelos, ¡ cómo podría ella romper con una tradición así ¡
La casa estaba a las afueras del pueblo, ni muy lejos para que nadie viniera, ni lo suficientemente cerca como para pertenecer al pueblo. Se situaba sobre un promontorio desde el que se veía el horizonte despejado, el pueblo a la izquierda, el faro a la derecha y de frente un acantilado. Se podía acceder a la playa por un camino recortado a las rocas, como si una mano gigante hubiera cogido unas tijeras.
Era el lugar ideal.
Sólo me inquietaba aquel local, sus maderas crujían con el viento del atardecer, a veces me recordaban a un llanto lúgubre y solitario. Cuando pregunté en el pueblo, nadie quiso decirme nada, las respuestas eran evasivas, o bien me respondían con un: "antes había una tienda pero se cerró".
Vi como se miraban unos a otros, intentando que sus respuestas tuvieran la coherencia suficiente para acallar mis dudas.
Aquello sólo hizo que se acrecentaran.
Y como en cada pueblo, este también tenía su viejito borracho, fácil encariñarse con él, fácil soltarle la lengua.
Y así fue como en una tarde de otoño, mientras el mar rugía contra el acantilado, aquel viejito, una botella de licor, dos vasos y yo, dieron paso a esta historia...
"... dicen que nadie supo como, ni cuando llegó. Una mañana, sin más, apareció en el pueblo, preguntó por esta casa y por su local, puso el dinero encima de la mesa, y se instaló.
Se le veía cada tarde, casi al anochecer bajar a la playa con uno o dos libros, se sentaba en la arena aún caliente y allí se quedaba horas y horas. Algunas mañanas cuando los pescadores volvían al alba le veían recoger sus libros, y volver a su casa. Decía que le encantaba estar allí, en aquel silencio sólo mecido por el rumor de las olas, mirando las estrellas buscando los cometas, las estrellas fugaces...
Al poco tiempo abrió una tienda, la llenó de flores y libros, algunos los vendía otros los prestaba, y los domingos tomaba uno en sus manos, bajaba a la plaza del pueblo, y lo leía a los niños. Dicen que nos quería, yo sólo sé que se hizo querer.
En su mirada siempre había un pozo de nostalgia, de soledad, nunca contestó a nuestras preguntas sobre su pasado, cuando se las hacíamos sonreía y callaba, pero yo alguna vez vi una lágrima en sus ojos.
En la tienda, sobre la estantería principal depositó una botella de cristal, dentro de ella, como por arte de magia flotaban unas letras, si no recuerdo mal, eran:
" V, O, M, A, E, M, L, R, E, D, D, A, I, I"
Nos contó que hacía tiempo esas letras las guardó, allá donde vivía, en una pequeña frasca de las que aún se echa el vino añejo. Un día alguien entró y formó con aquellas palabras una frase, las dejó sobre la cama, y allí permanecieron, hasta que sin más, una tarde, se encontró las frasca echa añicos y las letras esparcidas por el suelo. Las recogió, juntos a los pedacitos de su corazón, cogió su ropa, sus libros, sus recuerdos, sus sonrisas y sus lágrimas y se fue.
Llegó hasta aquí, y un día puso la botellita en la tienda.
Quizás no fuera su intención, o quizás en el fondo era que sí lo deseaba, pero la gente al ver aquella botella intentaba formar palabras y frases...
"mar, remo, adivinar, al mar me di, volar, dame rima...."
Y él miraba.
Les dejaba hacer.
Luego recogía las palabras y las volvía a meter en el botella, sin decir nada, sólo una sonrisa. Quizás esperando que alguien formara de nuevo aquella frase.
Un día que estaba en su habitación, oyó la campanilla de la puerta de la tienda, unos pasos, unas manos que abren la botella, letras que caen como lluvia sobre la madera... silencio...
Suena la campanilla, se cierra una puerta.
Corrió, pero ya no había nadie en la tienda.
Sobre la mesa la botella yacía como un barco en la mar.
Las letras esparcidas.
Dibujan una frase en la madera.
Una frase. Aquella frase…
No volvimos a saber de él.
Cerró la casa esa misma tarde, cerró la tienda, dejó en ella sus libros, más la botella no estaba.Dicen que siguió las huellas de aquella que formó la frase."
Y esa es la historia de la tienda.
- Pero, y la frase ¿cual es la frase?
- La frase... nadie sabe cual es la frase, sólo esas letras la forman.
Ahora bajo todas las tardes a la playa y dibujo en la arena esas letras esperando que alguien me ayude a encontrar la frase.
lunes, enero 25, 2010
Sin título
Sentía el frío de las sábanas donde antes habia un cuerpo que las calentaba.
El crepitar del la vela jugaba con las sombras reflejadas en los cristales del armario.
Afuera llovía.
Las gotas golpeaban los cristales como si llamasen para entrar.
El frió se deslizo por su piel. Abrió los ojos.
Miró a su alrededor, por un instante sintió mas vació en su interior que en aquella casa.
Se puso una camiseta y encendió la cafetera.
Sobre la mesa un lápiz, en sus manos un papel.
"Extraño tus ojos y tu forma de sonreir.
extraño tus manos y la forma en la que me acaricias.
Extaño tu olor y tu presencia llenándolo todo.
Extraño tu calor apagando el frío de mi cama.
Extraño tu música y la forma en la que me miras.
Extraño tu sentido de humor y la forma que me haces reir.
Extraño pelearme contigo, por que extraño la forma que tienes de reconciliarte.
Extraño leer cada letra que coses en palabras.
Extraño tu fortaleza y la forma con que encaras la vida.
Extraño los vioajes de los que hablabamos a lugares nunca visitados.
Extraño tu forma de mirar a los niños, y como juegas con ellos.
Extraño tus días cuando son mis días.
Extraño tu presencia aún cuando estas, poque sé que algún día te irás."
Dejó la hoja de papel sobre la almohada.
Afuera llovía.
Las gotas seguían llamando en la ventana.
El papel estaba sobre las sábanas, lo tomó y leyó:
"Ójala te convirtieras en la protagonista sin fín de mis sueños.
Ójala fueras el humo de mis cigarros.
Ójala pudiera dibujarte con la yema de mis dedos.
Ójala me supieras a mar, un mar verde tan intenso que es azul esmeralda.
Ójala me acunes en los vaivenes de tu cintura.
Ójala anides entre mis labios, acarciandolo con tus palabras
Ójala pudiera guardar tus caricias para luego arroparme con ellas.
Ójala alquiles un rincón de mi corazón de renta vitalicia.
Ójala te quedaras para siempre al final del arco iris.
Ójala fueras principio y final.
Ójala..."
Sus ojos llovian.
las gotas llamaban a la puerta de su corazón.
El crepitar del la vela jugaba con las sombras reflejadas en los cristales del armario.
Afuera llovía.
Las gotas golpeaban los cristales como si llamasen para entrar.
El frió se deslizo por su piel. Abrió los ojos.
Miró a su alrededor, por un instante sintió mas vació en su interior que en aquella casa.
Se puso una camiseta y encendió la cafetera.
Sobre la mesa un lápiz, en sus manos un papel.
"Extraño tus ojos y tu forma de sonreir.
extraño tus manos y la forma en la que me acaricias.
Extaño tu olor y tu presencia llenándolo todo.
Extraño tu calor apagando el frío de mi cama.
Extraño tu música y la forma en la que me miras.
Extraño tu sentido de humor y la forma que me haces reir.
Extraño pelearme contigo, por que extraño la forma que tienes de reconciliarte.
Extraño leer cada letra que coses en palabras.
Extraño tu fortaleza y la forma con que encaras la vida.
Extraño los vioajes de los que hablabamos a lugares nunca visitados.
Extraño tu forma de mirar a los niños, y como juegas con ellos.
Extraño tus días cuando son mis días.
Extraño tu presencia aún cuando estas, poque sé que algún día te irás."
Dejó la hoja de papel sobre la almohada.
Afuera llovía.
Las gotas seguían llamando en la ventana.
El papel estaba sobre las sábanas, lo tomó y leyó:
"Ójala te convirtieras en la protagonista sin fín de mis sueños.
Ójala fueras el humo de mis cigarros.
Ójala pudiera dibujarte con la yema de mis dedos.
Ójala me supieras a mar, un mar verde tan intenso que es azul esmeralda.
Ójala me acunes en los vaivenes de tu cintura.
Ójala anides entre mis labios, acarciandolo con tus palabras
Ójala pudiera guardar tus caricias para luego arroparme con ellas.
Ójala alquiles un rincón de mi corazón de renta vitalicia.
Ójala te quedaras para siempre al final del arco iris.
Ójala fueras principio y final.
Ójala..."
Sus ojos llovian.
las gotas llamaban a la puerta de su corazón.
jueves, enero 14, 2010
Mi viejito
Domingo.
Diciembre.
El centro de mi ciudad hierve bajo el frío de este invierno, las nubes bajan a acariciar el asfalto, y yo intento esconderme en mi abrigo mientras subo hacia la Puerta del Sol.
Aún hay puestos en el rastro a medio montar, los más madrugadores se calientan las manos frotando una contra otra, no muy lejos de allí, un puesto de castañas asadas, que ya no tiene nada que ver con los del pasado, deja su aroma inconfundible, hasta aquí llega la globalización.
A pesar de la hora ya hay decenas de ojos escrutando los puestos, ávidos por encontrar los regalos de navidad, pero la crisis hace mella y son más los que miran que los que compran.
hace tiempo sentía un cosquilleo interior cuando llegaban estas fechas, ahora solo veo espacios vacios, marketing, y recuerdos envueltos entre el mazapán y el turrón.
La Plaza Mayor estalla en colores, sus puestos iluminan los adoquines mojados, alguien me toca el hombro.
Es él. Mi viejecito.
La enfermedad ha dejado su huella, le veo demacrado, ha perdido algo de aquel brillo de sus ojos, pero su sonrisa es la misma que siempre.
Me toma del brazo y con un simple movimiento me indica que le acompañe.
Entramos en el café de San Ginés, pide por mi, dos chocolates y una ración de churros.
Me mira por si digo algo, pero no no abro la boca, me basta la satisfacción que recorre las arrugas de su rostro.
- Estaba deseando verte, - me dice- tengo que pedirte perdón.
- ¿Perdón, por que?
- Por que desde que enfermé y me hospitalizarón no he querido que me vieras, me he mostrado muy egoista contigo, sé que has pasado por el hospital, pero has respetado mis deseos y te lo agradezco, pero ...
- No debe pedirme perdón por nada, la mejor noticia que tengo de usted, es verle aqui, de nuevo.
- Bueno, pero quiero dártelas, y quiero contarte el motivo, si quieres...
- Si así lo desea.
Y empezó a contarme sus motivos.
- ... cuando me dijeron que aquellas manchas eran un tumor, y que debían hacerme una biopsia, me asuste, aunque pensé que aún era pronto para temer lo peor, esperé a los resultados y cuando se confirmó que eran malignos pero que podían operarme, todo cambió para mi.
Los recuerdos aquellos que deje encerrados, yaciendo, a la espera, despertaron, y me abracé a ellos, en aquellos días eran lo que me mantenía a flote, aunque dolieran, aunque terminara llorando por ellos en cada rincón, era lo que me hacia sentir que seguía vivo, vivo para desear la muerte, para que ese dolor desapareciera de una vez para siempre, y volver a ella.
Contaba los días para la operación, la vida no tenía ya sentido para mi, pues esperaba que aquello sólo fuera la puerta que me devolviera a sus brazos, que los recuerdos dejaran de serlo, para sentirla de nuevo, para estar con ella, allá donde ella quiera que esté. La vida pasó de ser lo mas hermoso a una jaula que me axfisiaba. Sólo me importaba morir.
Recuerdo el día que me bajaron a quirófano, sonreia, iba feliz, los camilleros y las enfermeras me miraban con extrañeza, una operación así no era cuestión de tomarsela a broma, como yo hacía, pero no sabían mis motivos, no sabían que yo veía su sonrisa esperandome una vez más.
Cuando desperté de la anestesia y los médicos me dijeron que la operación había sido todo un éxito, me eché a llorar, los odié como nuna antes había odiado a nadie. Y me cerré al mundo exterior, no quise verte a ti, no quise recibir visitas, sentía que la gente me quería pero me negué a sentir ese amor, hubo personas que al poco tiempo se cansaron, se cansaron de darme, de quererme, de dejar todas sus fuerzas en mi, y recibir a cambio amargura y desilusión.
Yo los veía llegar cargados de sonrisas y de cariño, pero rebotaban en aquel muro que me había levantado, no quería sufrir más dolor que el físico. Y de alguna manera los fuí echando de mi vida. como te eché a ti.
- Pero a mi no me echaste, creía...
- No creas nada, es así como te lo cuento. Una noche, ya en casa , en la soledad de mis sueños, me vi en una poza, hundido, mirando la luz que se veía desde abajo, me era imposible alcanzarla, me fuí haciendo a esa oscuridad, y cuando alquien me tendía sus manos para alzarme las rechazaba una y otra vez.
Aquel sueño duró varias noches, al principio me alteraba, luego terminé acostumbrándome a el. Hasta que una noche, ella volvió a mis sueños, mi esposa estaba allí, me acerqué a ella, le dije que sentía no estar a su lado, que aquellos maltidos médicos nos habían vuelto a separar, y ella se echó a llorar. Pensé que era por la soledad de no estar juntos de nuevo, pero levantó sus ojos, y sin decir nada me abofeteó. Me quedé sorprendio, en silencio, hasta que ella me habló:
"Te quiero. Sólo yo sé cuanto te he querido, pero ahora no te reconozco, no sé quien eres, aquella persona que me sonreía y corria a besarme. Me llegaba tu amor, tanto, que a veces sentía que me iba a explotar dentro, y eso hacia que cada vez más me enamorase de ti, de la forma en que me acariciabas el pelo, de la manera que tomabas mis manos, o me besabas. Ahora ¿quien eres? rechazas a las personas, has secado todo lo que cultivamos, ya nadie llega a tu corazón, no les dejas, y se van cansados y agotados, y ese no eres tú. No eres la persona a la que espero."
Me desperté sobresaltado, empapado en sudor, llorando, y en silencio le prometí que volvería a ser aquel que ella conoció. Aún deseo encontrarme de nuevo con ella, con su sonrisa, con el brillo de sus ojos, con sus labios, pero ese día llegará mas tarde o más temprano, pero no lo adelantaré, ahora quiero sentir todo lo que me dan, sin condiciones y en la medida de lo posible devolverlo, por eso quiero pedirte disculpas, y espero que este café, bueno esta vez chocolate, sea el principioi, de nuevo, de muchos más.
Mis ojos se habían hunmecido, sólo pude abrazarle estar asi junto a él y dejar que lo que sentiamos en ese momento fluyera.
Hablamos de muchas cosas, de política, de la crisis, de la navidad, de la vida...
Y cuando volvía a casa, en este domingo de Diciembre, pensé en cuan alto era el muro que yo tambien había construido.
Diciembre.
El centro de mi ciudad hierve bajo el frío de este invierno, las nubes bajan a acariciar el asfalto, y yo intento esconderme en mi abrigo mientras subo hacia la Puerta del Sol.
Aún hay puestos en el rastro a medio montar, los más madrugadores se calientan las manos frotando una contra otra, no muy lejos de allí, un puesto de castañas asadas, que ya no tiene nada que ver con los del pasado, deja su aroma inconfundible, hasta aquí llega la globalización.
A pesar de la hora ya hay decenas de ojos escrutando los puestos, ávidos por encontrar los regalos de navidad, pero la crisis hace mella y son más los que miran que los que compran.
hace tiempo sentía un cosquilleo interior cuando llegaban estas fechas, ahora solo veo espacios vacios, marketing, y recuerdos envueltos entre el mazapán y el turrón.
La Plaza Mayor estalla en colores, sus puestos iluminan los adoquines mojados, alguien me toca el hombro.
Es él. Mi viejecito.
La enfermedad ha dejado su huella, le veo demacrado, ha perdido algo de aquel brillo de sus ojos, pero su sonrisa es la misma que siempre.
Me toma del brazo y con un simple movimiento me indica que le acompañe.
Entramos en el café de San Ginés, pide por mi, dos chocolates y una ración de churros.
Me mira por si digo algo, pero no no abro la boca, me basta la satisfacción que recorre las arrugas de su rostro.
- Estaba deseando verte, - me dice- tengo que pedirte perdón.
- ¿Perdón, por que?
- Por que desde que enfermé y me hospitalizarón no he querido que me vieras, me he mostrado muy egoista contigo, sé que has pasado por el hospital, pero has respetado mis deseos y te lo agradezco, pero ...
- No debe pedirme perdón por nada, la mejor noticia que tengo de usted, es verle aqui, de nuevo.
- Bueno, pero quiero dártelas, y quiero contarte el motivo, si quieres...
- Si así lo desea.
Y empezó a contarme sus motivos.
- ... cuando me dijeron que aquellas manchas eran un tumor, y que debían hacerme una biopsia, me asuste, aunque pensé que aún era pronto para temer lo peor, esperé a los resultados y cuando se confirmó que eran malignos pero que podían operarme, todo cambió para mi.
Los recuerdos aquellos que deje encerrados, yaciendo, a la espera, despertaron, y me abracé a ellos, en aquellos días eran lo que me mantenía a flote, aunque dolieran, aunque terminara llorando por ellos en cada rincón, era lo que me hacia sentir que seguía vivo, vivo para desear la muerte, para que ese dolor desapareciera de una vez para siempre, y volver a ella.
Contaba los días para la operación, la vida no tenía ya sentido para mi, pues esperaba que aquello sólo fuera la puerta que me devolviera a sus brazos, que los recuerdos dejaran de serlo, para sentirla de nuevo, para estar con ella, allá donde ella quiera que esté. La vida pasó de ser lo mas hermoso a una jaula que me axfisiaba. Sólo me importaba morir.
Recuerdo el día que me bajaron a quirófano, sonreia, iba feliz, los camilleros y las enfermeras me miraban con extrañeza, una operación así no era cuestión de tomarsela a broma, como yo hacía, pero no sabían mis motivos, no sabían que yo veía su sonrisa esperandome una vez más.
Cuando desperté de la anestesia y los médicos me dijeron que la operación había sido todo un éxito, me eché a llorar, los odié como nuna antes había odiado a nadie. Y me cerré al mundo exterior, no quise verte a ti, no quise recibir visitas, sentía que la gente me quería pero me negué a sentir ese amor, hubo personas que al poco tiempo se cansaron, se cansaron de darme, de quererme, de dejar todas sus fuerzas en mi, y recibir a cambio amargura y desilusión.
Yo los veía llegar cargados de sonrisas y de cariño, pero rebotaban en aquel muro que me había levantado, no quería sufrir más dolor que el físico. Y de alguna manera los fuí echando de mi vida. como te eché a ti.
- Pero a mi no me echaste, creía...
- No creas nada, es así como te lo cuento. Una noche, ya en casa , en la soledad de mis sueños, me vi en una poza, hundido, mirando la luz que se veía desde abajo, me era imposible alcanzarla, me fuí haciendo a esa oscuridad, y cuando alquien me tendía sus manos para alzarme las rechazaba una y otra vez.
Aquel sueño duró varias noches, al principio me alteraba, luego terminé acostumbrándome a el. Hasta que una noche, ella volvió a mis sueños, mi esposa estaba allí, me acerqué a ella, le dije que sentía no estar a su lado, que aquellos maltidos médicos nos habían vuelto a separar, y ella se echó a llorar. Pensé que era por la soledad de no estar juntos de nuevo, pero levantó sus ojos, y sin decir nada me abofeteó. Me quedé sorprendio, en silencio, hasta que ella me habló:
"Te quiero. Sólo yo sé cuanto te he querido, pero ahora no te reconozco, no sé quien eres, aquella persona que me sonreía y corria a besarme. Me llegaba tu amor, tanto, que a veces sentía que me iba a explotar dentro, y eso hacia que cada vez más me enamorase de ti, de la forma en que me acariciabas el pelo, de la manera que tomabas mis manos, o me besabas. Ahora ¿quien eres? rechazas a las personas, has secado todo lo que cultivamos, ya nadie llega a tu corazón, no les dejas, y se van cansados y agotados, y ese no eres tú. No eres la persona a la que espero."
Me desperté sobresaltado, empapado en sudor, llorando, y en silencio le prometí que volvería a ser aquel que ella conoció. Aún deseo encontrarme de nuevo con ella, con su sonrisa, con el brillo de sus ojos, con sus labios, pero ese día llegará mas tarde o más temprano, pero no lo adelantaré, ahora quiero sentir todo lo que me dan, sin condiciones y en la medida de lo posible devolverlo, por eso quiero pedirte disculpas, y espero que este café, bueno esta vez chocolate, sea el principioi, de nuevo, de muchos más.
Mis ojos se habían hunmecido, sólo pude abrazarle estar asi junto a él y dejar que lo que sentiamos en ese momento fluyera.
Hablamos de muchas cosas, de política, de la crisis, de la navidad, de la vida...
Y cuando volvía a casa, en este domingo de Diciembre, pensé en cuan alto era el muro que yo tambien había construido.
jueves, diciembre 31, 2009
FELIZ 2010

Para los que están
para los que estuvieron
para los que me leen
para los que me escriben
para los que me leen y no dicen nada
para los que me quieren
para los que quiero
para los que quise
para los que querré
para los que se fueron
para los que volveran
para ti, para mi, para todos
quisera que este año nos mojásemos de felicidad y atrapasemos de una vez ese sueño.
... desde el corazón...
domingo, diciembre 20, 2009
Feliz Navidad

Me gustaría pensar que aún existe un hada o un angel, que lleva en sus manos una botella de cristal.
Me gustaría pensar que puede verterla sobre nosotros.
Me gustaría pensar que de esa botellita caen los sueños como si fueran copos de nieve.
Me gustaría pensar que mientras eso pasa, uno cierra los ojos y baila...
Feliz navidad y un año con los sueños envueltos en lazos de realidad
jueves, diciembre 10, 2009
Arco iris
Sus ojos rojos, como dos pequeños tomates cherry.
Secos de tanto llorar.
Por los sueños rotos.
Por las ilusiones perdidas.
Por el vacio sentido.
Por el camino no encontrado.
Sobre la mesa de madera un pequeño charquito que habían formado sus lágrimas.
Ella fue a su cajón, sacó una cajita, la abrió y desenvolvió aquel paquete que nunca llegó a enviar.
Los rayos de sol salieron de su encierro, corrieron por la habitación y se fueron a bañar en el charquito de lágrimas.
Un arco iris lo inundó todo.
Y ella supo que de sus lágrimas tambien podia nacer algo bello.
Secos de tanto llorar.
Por los sueños rotos.
Por las ilusiones perdidas.
Por el vacio sentido.
Por el camino no encontrado.
Sobre la mesa de madera un pequeño charquito que habían formado sus lágrimas.
Ella fue a su cajón, sacó una cajita, la abrió y desenvolvió aquel paquete que nunca llegó a enviar.
Los rayos de sol salieron de su encierro, corrieron por la habitación y se fueron a bañar en el charquito de lágrimas.
Un arco iris lo inundó todo.
Y ella supo que de sus lágrimas tambien podia nacer algo bello.
miércoles, noviembre 25, 2009
Una vela
Una vela.
Chiquitita, encendida.
Sobre la mesa.
Su pequeña llama ilumina la estancia.
En la pared escrito con susurros: "las luces siempre prenden en el alma"
Él mira el crepitar de la llama, todas las noches permanece encendida, nunca la apaga y sin embargo la vela no se consume.
Tiene miedo.
Miedo a las noches.
Piensa que esa luz acallará sus silencios, esos que gritan dentro de su cabeza.
Silencios que gritan.
Observa el baile de la llama sobre sus sábanas, y las sombras de los besos, las caricias, de la piel sobre piel, brazos y piernas anudados en figuras imposibles, sexo de amor, amor con sexo, se esconden en cada pliegue de la ropa.
Tiene miedo.
Miedo a las noches.
Enciende la vela.
A la espera que su humo dibuje cuentos con los que poder conciliar el sueño.
Hay noches que pasea por la habitación, arriba y abajo, pendiente de esa llama para que no se apague, pendiente de un último cuento, de meterse bajo las sábanas en busca de las sombras que se esconden en cada pliegue.
Piel sobre piel, brazos y piernas anudados, sexo de amor, amor con sexo, silencios de risas.
Tiene miedo.
Miedo a las noches.
Y acerca la vela a la ventana.
Afuera la oscuridad.
La oscuridad y su vela.
Lucha entre la noche y la luz.
Se imagina como hace mucho tiempo, cuando en los pueblos costeros las gente se echaba a la playa prendiendo fogatas para avisar, entre la tormenta, a los barcos de la proximidad de la costa... ¿o era por que quizás querían que embarrancasen...?
Él pone la vela en la ventana, un pequeño punto de luz en una playa desierta, y piensa, que así, quizás los barcos de sus sueños embarranquen en su playa.
Tiene miedo.
Miedo a la noches.
Chiquitita, encendida.
Sobre la mesa.
Su pequeña llama ilumina la estancia.
En la pared escrito con susurros: "las luces siempre prenden en el alma"
Él mira el crepitar de la llama, todas las noches permanece encendida, nunca la apaga y sin embargo la vela no se consume.
Tiene miedo.
Miedo a las noches.
Piensa que esa luz acallará sus silencios, esos que gritan dentro de su cabeza.
Silencios que gritan.
Observa el baile de la llama sobre sus sábanas, y las sombras de los besos, las caricias, de la piel sobre piel, brazos y piernas anudados en figuras imposibles, sexo de amor, amor con sexo, se esconden en cada pliegue de la ropa.
Tiene miedo.
Miedo a las noches.
Enciende la vela.
A la espera que su humo dibuje cuentos con los que poder conciliar el sueño.
Hay noches que pasea por la habitación, arriba y abajo, pendiente de esa llama para que no se apague, pendiente de un último cuento, de meterse bajo las sábanas en busca de las sombras que se esconden en cada pliegue.
Piel sobre piel, brazos y piernas anudados, sexo de amor, amor con sexo, silencios de risas.
Tiene miedo.
Miedo a las noches.
Y acerca la vela a la ventana.
Afuera la oscuridad.
La oscuridad y su vela.
Lucha entre la noche y la luz.
Se imagina como hace mucho tiempo, cuando en los pueblos costeros las gente se echaba a la playa prendiendo fogatas para avisar, entre la tormenta, a los barcos de la proximidad de la costa... ¿o era por que quizás querían que embarrancasen...?
Él pone la vela en la ventana, un pequeño punto de luz en una playa desierta, y piensa, que así, quizás los barcos de sus sueños embarranquen en su playa.
Tiene miedo.
Miedo a la noches.
domingo, noviembre 15, 2009
Las puertas del tren se abren.
Su espacio abierto es como el marco de un lienzo.
En el, como un cuadro de Modigliani se dibuja una chica, a su lado, un chico la abraza, sus ojos centellean como si la noche hubiera vertido todas sus estrellas.
Se despiden con un beso.
Sus labios se quedan pegados un instante, ella cierra los ojos, como si sus parpados fueran persianas echadas en una tarde de verano.
Echa a correr y sube al tren.
Las puertas se cierran.
El cuadro se apaga.
Y dentro de mi, algo abre las compuertas de una presa, sus aguas liberadas de su jaula corren veloces, ascienden y en una catarata infinita rebosan por mis pupilas.
A mi izquierda una vieja teje un minúsculo jersey, "para mi nieto", parece escrbir con sus manos.
En el vientre de su hija un pequeño pececito aletea, ella siente el movimiento y una descarga de felicidad la recorre.
Mi corazón se vuelve árbol, un árbol de cuyas ramas no cuelgan hojas, sino páginas de calendario.
La mecánica del corazón no puede funcionar sin emociones.
Su espacio abierto es como el marco de un lienzo.
En el, como un cuadro de Modigliani se dibuja una chica, a su lado, un chico la abraza, sus ojos centellean como si la noche hubiera vertido todas sus estrellas.
Se despiden con un beso.
Sus labios se quedan pegados un instante, ella cierra los ojos, como si sus parpados fueran persianas echadas en una tarde de verano.
Echa a correr y sube al tren.
Las puertas se cierran.
El cuadro se apaga.
Y dentro de mi, algo abre las compuertas de una presa, sus aguas liberadas de su jaula corren veloces, ascienden y en una catarata infinita rebosan por mis pupilas.
A mi izquierda una vieja teje un minúsculo jersey, "para mi nieto", parece escrbir con sus manos.
En el vientre de su hija un pequeño pececito aletea, ella siente el movimiento y una descarga de felicidad la recorre.
Mi corazón se vuelve árbol, un árbol de cuyas ramas no cuelgan hojas, sino páginas de calendario.
La mecánica del corazón no puede funcionar sin emociones.
lunes, noviembre 09, 2009
Dos ancianos
Se odian.
Pero tienen un punto en común.
Ese punto se llama Aurora.
Viven en el mismo edificio, en la calle ronda de Atocha en Madrid, cuando se cruzaban en el portal o en el ascensor un "buenos dias" surgía de sus labios, se saludaban con el afecto que da ser vecinos en una ciudad de asfalto y cristal, un saludo frío, de cortesía.
Embuídos en sus problemas, una pequeña pensión que poco les dejaba más que para pagar sus gastos, en un caso, fotos amarillas de un amor que le acompañó casi toda la vida. Ocho años hacía que, como él decía le habia abandonado, dejándole solo en este mundo, simplemente a la espera de volver a encontrase con ella, su vida era una sala de espera. El otro caso, un solitario empedernido, a veces huraño, cuando le daba por hablar de él, en muy contadas ocasiones, decía que la vida lo había convertido en eso, que él antes no era así, pero que un amor lejano le partió el corazón en tantos trozos que nunca hubo nadie capaz de juntarlos de nuevo.
Asi eran aquellos dos ancianos, juntos en un mismo edificio, pero separados por sus vidas.
Hasta que llegó ese punto en común. Ese punto en común llamado Aurora.
Quiso el destino que el Ayuntamiento por las fiestas del barrio organizara una cena-baile "para mayores", en el buzón sobresalía la invitación.
En aquella colmena que eran los buzones dos sobres sobresalían.
Y como si el destino quisiera jugar con ellos, dió la casualidad, que a las 11:13 minutos de una mañana, ni un minuto menos ni un minuto más, los dos coincidieron enfrente de sus respectivos buzones.
Uno abrió el sobre, el otro también.
Leyeron la invitación.
Uno esperó que el otro dijera algo.
Un silencio.
- "Pues habrá que ir" - soltó de pronto sin convencimiento.
- "Pues habrá que ir" - corroboró el segundo, pensando para sí mismo que si aquel iba, él no iba a ser menos.
Y allí estaban ellos, puntuales, por que ¡cómo iba a llegar uno antes que el otro!. Se sentaron separados, mirándose de reojo, como si aquello fuera una competición, no hablaron mucho ,cenaron tranquilamente mientras observaban el local y al resto de las demás personas.
Cuando la cena acabó, pasaron a otra sala más grande, una pequeña orquesta amenizaba la noche, algunos, los más atrevidos ya habían empezado a bailar, otros buscaban el mejor sitio para sentarse, ver si ser vistos.
Ellos hicieron los mismo, cada uno por su lado, el más atrevido de los dos pidió un whisky con coca cola, el otro se limitó a una cerveza.
La música no dejaba de sonar, a veces era un pasoble, otras, se atrevian con alguna version moderna de algún éxito del verano, cuando entre la gente apareció ella, Aurora. No era muy guapa, pero su rostro aún conservaba una belleza serena, lo que más llamaba la atención era su estilo, su forma de andar, su elegancia.
Alguién se le acercó invitándola a bailar pero ella educadamente rechazó la proposición, miró a uno de los viejecitos, en su mirada parecía preguntar por qué no se animaba a probar suerte. El viejo bajó los ojos, bebió un trago largo de la cerveza y se quedó mirando. El otro aprovechó la indecisión, se acercó y sin esperar una contestación de ella, la sacó a bailar.
Desde lejos él vió como ambos reían, bailaban, se lo estaban pasando realmente bien, y sin embargo él se acercó a la barra pidió otra cerveza y entre la espuma ahogó sus recuerdos.
Al poco rato ella se acercó a pedir algo, el otro anciano había ido al lavabo, cuando pasó a su lado, ella se presentó:
- "Hola, me llamo Aurora" - Le tendió la mano. Él le devolvió el saludo.
- "Esperaba que me sacaras a bailar, tu amigo es muy simpático".
- "... Él no es mi amigo, ¿por que lo dice?....".
- "Bueno, así me lo ha indicado, cuando me dijo que eras un poco timido y que no serías capaz de sacar a nadie a bailar".
Aquello rebosó su paciencia, dejó el vaso de cerveza sobre la mesa, la cogió por la cintura y se deslizó con ella hasta el centro de la pista. Cuando el otro anciano salío del cuarto de baño, buscó con su mirada a Aurora, al verla allí bailando, sintió un calor interior, una rabia como hacía años no sentía.
La noche para Aurora pasó entre los bailes de uno, y de otro, aquello se convirtió en una lucha silenciosa, por ver quien bailaba y pasaba más tiempo con ella.
Aurora disfrutaba con ello, no había maldad en sus actos, pero sentirse como una jovencilla "perseguida" por dos hombres, le encendían sus mejillas.
Aquello sólo fué el comienzo, unas tardes las disfrutaba en el cine con uno, otras se dejaba invitar por el otro en un café de los Austrias. No les ocultó que quedaba con los dos, no pretendía hacerles daño, y en alguna ocasión intentó quedar con ambos a la vez, pero ellos se negaron en redondo, aquellos momentos que pasaban con ella eran un llama encendida en sus vidas.
El tiempo pasó, volando, como pasa el tiempo cuando uno no está pendiente de esperar a que llegue nada, sólo vive.
Pasó el otoño, alfombrando de amarillo y naranja las calles de Madrid, abriendo la puerta a un invierno frío y seco.
Aurora enfermó.
Y allí delante de la puerta de la habitación del hospital, dos ancianos con un ramo de flores cada uno en la mano, se pelearon.
Volaron por el pasillo las margaritas y los claveles, los enfermeros casi no podudieron sujetarlos.
Afuera el cielo desprendía bolas de algodón.
Esa fué la primera ver que le llevaron flores a Aurora, pero no sería la última.
Los dos ancianos ya no volvieron a hablarse, si se cruzaban de camino al hospital uno esperaba a que el otro se fuera.
Y sin embargo algo, que ni ellos mismos sabían. les unía, la esperanza de que Aurora saliese pronto del hospital.
Una noche aquel punto en común se difuminó, como esos que dibujan degradados de un color a transparente, ella se fué.
Cuando uno de los ancianos llegó al hospital, y subió a la habitación, vió al otro sentado en una silla en el pasillo con la cabeza entre sus manos, maldijo para sus adentros no haberse podido levantar antes para llegar más temprano.
Cumpliendo con el trato no hablado de esperar "su turno", recorrió el pasillo en dirección de la salida, pero al pasar por la puerta de la habitación, vió la cama vacía, se giró, el otro anciano no estaba esperando en la silla, estaba... estaba llorando. De su mano cayó lentamente aquellos dulces que tanto gustaban a Aurora, sus piernas temblaron, y sin saber por qué se acercó a la silla, puso su mano en el hombro de aquel viejo, el otro levantó la vista entre sus lágrimas y sólo pudo ver a un ser tan triste como él se sentía , se levantó y los dos se fundieron en un abrazo.
La segunda vez que llevaron flores a Aurora, no lo hicieron por separado, juntos fueron a su entierro, juntos se despidieron de ella.
Hoy los he visto otra vez, son las 8 y cuarto de la mañana, voy camino de mi trabajo, y al entrar en la estación de Atocha, en su invernadero, veo a los dos viejecitos, uno apoyado en el otro, uno ayudando a caminar al otro.
Entran en la estación y se sientan en el café enfrente de las palmeras y las plantas tropicales.
- "Hoy me toca invitar a mi al desayuno"
- "Vale, pero esta vez me dejaras que te enseñe mis fotos"
- "Pero si ya me las has enseñado mil veces"
- "Ya pero yo también he oido como te rompieron el corazón mil veces y sigo escuchando la misma historia"
Sobre la mesa de mármol, se desparraman las fotos amarillentas juntos los pedacitos de un corazon roto, y entre el café,dos ancianos sonrien y en silencio piensan... piensan en un punto en común.
Ahora se tienen uno al otro.
Se odian.
Pero tienen un punto en común.
Ese punto se llama Aurora.
Viven en el mismo edificio, en la calle ronda de Atocha en Madrid, cuando se cruzaban en el portal o en el ascensor un "buenos dias" surgía de sus labios, se saludaban con el afecto que da ser vecinos en una ciudad de asfalto y cristal, un saludo frío, de cortesía.
Embuídos en sus problemas, una pequeña pensión que poco les dejaba más que para pagar sus gastos, en un caso, fotos amarillas de un amor que le acompañó casi toda la vida. Ocho años hacía que, como él decía le habia abandonado, dejándole solo en este mundo, simplemente a la espera de volver a encontrase con ella, su vida era una sala de espera. El otro caso, un solitario empedernido, a veces huraño, cuando le daba por hablar de él, en muy contadas ocasiones, decía que la vida lo había convertido en eso, que él antes no era así, pero que un amor lejano le partió el corazón en tantos trozos que nunca hubo nadie capaz de juntarlos de nuevo.
Asi eran aquellos dos ancianos, juntos en un mismo edificio, pero separados por sus vidas.
Hasta que llegó ese punto en común. Ese punto en común llamado Aurora.
Quiso el destino que el Ayuntamiento por las fiestas del barrio organizara una cena-baile "para mayores", en el buzón sobresalía la invitación.
En aquella colmena que eran los buzones dos sobres sobresalían.
Y como si el destino quisiera jugar con ellos, dió la casualidad, que a las 11:13 minutos de una mañana, ni un minuto menos ni un minuto más, los dos coincidieron enfrente de sus respectivos buzones.
Uno abrió el sobre, el otro también.
Leyeron la invitación.
Uno esperó que el otro dijera algo.
Un silencio.
- "Pues habrá que ir" - soltó de pronto sin convencimiento.
- "Pues habrá que ir" - corroboró el segundo, pensando para sí mismo que si aquel iba, él no iba a ser menos.
Y allí estaban ellos, puntuales, por que ¡cómo iba a llegar uno antes que el otro!. Se sentaron separados, mirándose de reojo, como si aquello fuera una competición, no hablaron mucho ,cenaron tranquilamente mientras observaban el local y al resto de las demás personas.
Cuando la cena acabó, pasaron a otra sala más grande, una pequeña orquesta amenizaba la noche, algunos, los más atrevidos ya habían empezado a bailar, otros buscaban el mejor sitio para sentarse, ver si ser vistos.
Ellos hicieron los mismo, cada uno por su lado, el más atrevido de los dos pidió un whisky con coca cola, el otro se limitó a una cerveza.
La música no dejaba de sonar, a veces era un pasoble, otras, se atrevian con alguna version moderna de algún éxito del verano, cuando entre la gente apareció ella, Aurora. No era muy guapa, pero su rostro aún conservaba una belleza serena, lo que más llamaba la atención era su estilo, su forma de andar, su elegancia.
Alguién se le acercó invitándola a bailar pero ella educadamente rechazó la proposición, miró a uno de los viejecitos, en su mirada parecía preguntar por qué no se animaba a probar suerte. El viejo bajó los ojos, bebió un trago largo de la cerveza y se quedó mirando. El otro aprovechó la indecisión, se acercó y sin esperar una contestación de ella, la sacó a bailar.
Desde lejos él vió como ambos reían, bailaban, se lo estaban pasando realmente bien, y sin embargo él se acercó a la barra pidió otra cerveza y entre la espuma ahogó sus recuerdos.
Al poco rato ella se acercó a pedir algo, el otro anciano había ido al lavabo, cuando pasó a su lado, ella se presentó:
- "Hola, me llamo Aurora" - Le tendió la mano. Él le devolvió el saludo.
- "Esperaba que me sacaras a bailar, tu amigo es muy simpático".
- "... Él no es mi amigo, ¿por que lo dice?....".
- "Bueno, así me lo ha indicado, cuando me dijo que eras un poco timido y que no serías capaz de sacar a nadie a bailar".
Aquello rebosó su paciencia, dejó el vaso de cerveza sobre la mesa, la cogió por la cintura y se deslizó con ella hasta el centro de la pista. Cuando el otro anciano salío del cuarto de baño, buscó con su mirada a Aurora, al verla allí bailando, sintió un calor interior, una rabia como hacía años no sentía.
La noche para Aurora pasó entre los bailes de uno, y de otro, aquello se convirtió en una lucha silenciosa, por ver quien bailaba y pasaba más tiempo con ella.
Aurora disfrutaba con ello, no había maldad en sus actos, pero sentirse como una jovencilla "perseguida" por dos hombres, le encendían sus mejillas.
Aquello sólo fué el comienzo, unas tardes las disfrutaba en el cine con uno, otras se dejaba invitar por el otro en un café de los Austrias. No les ocultó que quedaba con los dos, no pretendía hacerles daño, y en alguna ocasión intentó quedar con ambos a la vez, pero ellos se negaron en redondo, aquellos momentos que pasaban con ella eran un llama encendida en sus vidas.
El tiempo pasó, volando, como pasa el tiempo cuando uno no está pendiente de esperar a que llegue nada, sólo vive.
Pasó el otoño, alfombrando de amarillo y naranja las calles de Madrid, abriendo la puerta a un invierno frío y seco.
Aurora enfermó.
Y allí delante de la puerta de la habitación del hospital, dos ancianos con un ramo de flores cada uno en la mano, se pelearon.
Volaron por el pasillo las margaritas y los claveles, los enfermeros casi no podudieron sujetarlos.
Afuera el cielo desprendía bolas de algodón.
Esa fué la primera ver que le llevaron flores a Aurora, pero no sería la última.
Los dos ancianos ya no volvieron a hablarse, si se cruzaban de camino al hospital uno esperaba a que el otro se fuera.
Y sin embargo algo, que ni ellos mismos sabían. les unía, la esperanza de que Aurora saliese pronto del hospital.
Una noche aquel punto en común se difuminó, como esos que dibujan degradados de un color a transparente, ella se fué.
Cuando uno de los ancianos llegó al hospital, y subió a la habitación, vió al otro sentado en una silla en el pasillo con la cabeza entre sus manos, maldijo para sus adentros no haberse podido levantar antes para llegar más temprano.
Cumpliendo con el trato no hablado de esperar "su turno", recorrió el pasillo en dirección de la salida, pero al pasar por la puerta de la habitación, vió la cama vacía, se giró, el otro anciano no estaba esperando en la silla, estaba... estaba llorando. De su mano cayó lentamente aquellos dulces que tanto gustaban a Aurora, sus piernas temblaron, y sin saber por qué se acercó a la silla, puso su mano en el hombro de aquel viejo, el otro levantó la vista entre sus lágrimas y sólo pudo ver a un ser tan triste como él se sentía , se levantó y los dos se fundieron en un abrazo.
La segunda vez que llevaron flores a Aurora, no lo hicieron por separado, juntos fueron a su entierro, juntos se despidieron de ella.
Hoy los he visto otra vez, son las 8 y cuarto de la mañana, voy camino de mi trabajo, y al entrar en la estación de Atocha, en su invernadero, veo a los dos viejecitos, uno apoyado en el otro, uno ayudando a caminar al otro.
Entran en la estación y se sientan en el café enfrente de las palmeras y las plantas tropicales.
- "Hoy me toca invitar a mi al desayuno"
- "Vale, pero esta vez me dejaras que te enseñe mis fotos"
- "Pero si ya me las has enseñado mil veces"
- "Ya pero yo también he oido como te rompieron el corazón mil veces y sigo escuchando la misma historia"
Sobre la mesa de mármol, se desparraman las fotos amarillentas juntos los pedacitos de un corazon roto, y entre el café,dos ancianos sonrien y en silencio piensan... piensan en un punto en común.
Ahora se tienen uno al otro.
lunes, noviembre 02, 2009
Un día amaneció, con el cielo de un azul que recordaba a la mar, en esos días que invitan a echarse a nadar y nadar, sin parar, sin volver la vista hacia la playa.
Bajó a la acera, y a pesar de ser de día, sintió que en el cielo las estrellas estaban ardiendo.
Sobre el camino se dibujaron unas vias de tren, en linea recta, como aquel teorema en el cual las líneas rectas sólo se cortan en el infinito, así eran aquellas vías , dibujadas en línea recta... sin fin... y él se echó a andar , y anduvo... anduvo..., hasta que su alma le dijo "parate".
Cuando se dió la vuelta, simplemente se encontró perdido, con la sensación de que en alguna estación de tren todo se perdió.
Y volvió a caminar, porque como decía aquella canción.. "es mejor caminar que parar y ponerse a temblar".
Simplemente vagó por ciudades de rascacielos hechos de cristal, de desiertos donde la arena llegaba a cubrirte el alma.
Vagó por bosques repletos de flores aunque no recordase sus nombres, por valles dónde fué tentado a quedarse, pero al poco de pararse, las vías del tren volvían a aparecer y él vovía a echarse a andar.
A pesar de su viaje,cada noche de cada día, escribía, escribía una carta de amor, sin destinatario, sin nombre, por que en el fondo él sabia que cuando su viaje terminara, entregaria esas cartas, y de sus labios sólo una frase saldría: "las escribí por y para ti".
Hasta que un día siguiendo aquellas vías su alma le dijo "Párate", y él, ¿quién era él para no asentir a su alma?, se paró.
Y sobre aquellas vías se desparramaron sus recuerdos, el camino andado, las letras de aquellas cartas, las canciones, y se les quedó mirando, en silencio y quieto, como aquellas vías que seguían sin fin en línea recta y que... quien sabe quizás se juntaran en el infinito.
Recogió las palabras las depositó de nuevo en las cartas, y dejó lo demás sobre aquellas vías, "es hora de volver", se dijo y el alma asintió, "es hora de volver".
Y volvió a vagar por bosques repletos de flores cuyos nombres nunca llegó a recordar, por desiertos donde la arena cubría hasta el alma, por ciudades de rascacielos hechos de cristal.
Hasta que regresó.
A las casas blancas, a las calles por donde solía pasear, al café que olía a tiempo antiguo, y sin embargo tenía la sensación de que todo había cambiado, que aquellas ya no eran las calles, ni el café, ni su pueblo, incluso cuando bajó a ver el mar, su mar, tenía un color diferente.
Allí sentado en la arena entendió que a veces no es bueno volver al lugar donde se ha sido feliz.
Un figura se aproximó a él, se sentó ni muy cerca ni muy lejos, y le miró a la cara.
- Creo que adivinaras quien soy.
- Si, creo que si, me he dedicado a perderte más de una vez, y siempre que he vuelto a ti tu mirada era diferente.
La figura guardó silencio.
- Dueles, dueles mucho, un dolor que a veces creo que no llegaré a soportar.
La figura abrió sus brazos, y él cobijo su cabeza en el regazo de ella.
Sollozó.
Ella le acunó por unos instantes.
- ¿Vida?.- preguntó él.
- ¿Si?.- contestó ella.
- ¿Sabes que vendrá después?, A veces se me cansan las palabras.
La figura volvió a callar.
Sobre la arena de la playa aparecieron las vías de un tren, en línea recta, infinitas como si al final se uniesen para siempre.
Él se levanto, la figura ya no estaba allí.
Y comenzó a andar sobre las vías.
Bajó a la acera, y a pesar de ser de día, sintió que en el cielo las estrellas estaban ardiendo.
Sobre el camino se dibujaron unas vias de tren, en linea recta, como aquel teorema en el cual las líneas rectas sólo se cortan en el infinito, así eran aquellas vías , dibujadas en línea recta... sin fin... y él se echó a andar , y anduvo... anduvo..., hasta que su alma le dijo "parate".
Cuando se dió la vuelta, simplemente se encontró perdido, con la sensación de que en alguna estación de tren todo se perdió.
Y volvió a caminar, porque como decía aquella canción.. "es mejor caminar que parar y ponerse a temblar".
Simplemente vagó por ciudades de rascacielos hechos de cristal, de desiertos donde la arena llegaba a cubrirte el alma.
Vagó por bosques repletos de flores aunque no recordase sus nombres, por valles dónde fué tentado a quedarse, pero al poco de pararse, las vías del tren volvían a aparecer y él vovía a echarse a andar.
A pesar de su viaje,cada noche de cada día, escribía, escribía una carta de amor, sin destinatario, sin nombre, por que en el fondo él sabia que cuando su viaje terminara, entregaria esas cartas, y de sus labios sólo una frase saldría: "las escribí por y para ti".
Hasta que un día siguiendo aquellas vías su alma le dijo "Párate", y él, ¿quién era él para no asentir a su alma?, se paró.
Y sobre aquellas vías se desparramaron sus recuerdos, el camino andado, las letras de aquellas cartas, las canciones, y se les quedó mirando, en silencio y quieto, como aquellas vías que seguían sin fin en línea recta y que... quien sabe quizás se juntaran en el infinito.
Recogió las palabras las depositó de nuevo en las cartas, y dejó lo demás sobre aquellas vías, "es hora de volver", se dijo y el alma asintió, "es hora de volver".
Y volvió a vagar por bosques repletos de flores cuyos nombres nunca llegó a recordar, por desiertos donde la arena cubría hasta el alma, por ciudades de rascacielos hechos de cristal.
Hasta que regresó.
A las casas blancas, a las calles por donde solía pasear, al café que olía a tiempo antiguo, y sin embargo tenía la sensación de que todo había cambiado, que aquellas ya no eran las calles, ni el café, ni su pueblo, incluso cuando bajó a ver el mar, su mar, tenía un color diferente.
Allí sentado en la arena entendió que a veces no es bueno volver al lugar donde se ha sido feliz.
Un figura se aproximó a él, se sentó ni muy cerca ni muy lejos, y le miró a la cara.
- Creo que adivinaras quien soy.
- Si, creo que si, me he dedicado a perderte más de una vez, y siempre que he vuelto a ti tu mirada era diferente.
La figura guardó silencio.
- Dueles, dueles mucho, un dolor que a veces creo que no llegaré a soportar.
La figura abrió sus brazos, y él cobijo su cabeza en el regazo de ella.
Sollozó.
Ella le acunó por unos instantes.
- ¿Vida?.- preguntó él.
- ¿Si?.- contestó ella.
- ¿Sabes que vendrá después?, A veces se me cansan las palabras.
La figura volvió a callar.
Sobre la arena de la playa aparecieron las vías de un tren, en línea recta, infinitas como si al final se uniesen para siempre.
Él se levanto, la figura ya no estaba allí.
Y comenzó a andar sobre las vías.
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